jueves, 16 de abril de 2009

En el Cementerio de la Almudena

Siguiendo con el monográfico de la Almudena, hoy llega una historia del Jardinero de las Nubes, autor del blog con el mismo nombre. En su perfil podemos leer: "Amo a Dios sobre todas las cosas. Amo a mi gente, la literatura y a mi pueblo, Aldea del Rey (Ciudad Real). Soy amado por la soledad". "Debido a una promesa que hice en mi juventud, me leo la Biblia completa, de una sentada, cada tres años. Un año para el Padre, otro para el Hijo y otro para el Espíritu Santo... Este año me toca volver a leerla. Suelo tardar unas siete semanas".


Un viernes de marzo, ya muy atrás en el pasado, me levanté con la comezón de hacer algo que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza: ir al cementerio de la Almudena para buscar la tumba de un amigo que quise mucho y que entonces llevaba ocho años en el reposo de Dios; falleció en extrañas circunstancias.

Llovía a cantaros pero no me eché atrás en mi decisión: siempre me he sentido más a gusto bajo la lluvia que bajo el sol justiciero. Cogí el metro hasta Ventas y allí un autobús que me condujo avenida de Daroca arriba.


Iba atento a las paradas y me bajé donde supuestamente estaba la entrada de la necrópolis. Pero yo no la vislumbraba. Le pregunté a un hombre bajito que tenía unos mostachos de color trigo. Debí inspirarle algo de lástima (un muchacho tan joven haciéndole esa pregunta), pues sus ojos azules brillaron con una cierta humedad de emoción. Me preguntó si iba al cementerio civil, y le respondí que no, que iba al religioso. Me orientó adecuadamente.

Una vez allí me di cuenta que debía preguntar, a pesar de mi timidez, la ubicación de la tumba, pues sabía que de otro modo sería como buscar una aguja en un pajar, y más con el chubasco que estaba cayendo. En las oficinas me dieron un papel con el cuartel y el número de la tumba de mi amigo, el cual no me sirvió para nada. Un vigilante tuvo la gentileza de prestarme un plano y allá que me encaminé. Soplaba un vigoroso vendaval y la lluvia avibaba frescas fragancias en las ramas de los árboles con sus hojas a estreno.

Llegué a mi meta, no sin antes haber leído cientos de inscripciones. En ese momento se abrió en las nubes un hombro de sol. Una tumba de piedra, un corazón sufriente. Un árbol en cuya copa estaba refugiado un gorrión que dejaba oír su aterido canto. Yo no sabía si eran lágrimas o gotas de lluvia las que rodaban por mis mejillas; para mí eran la misma cosa. El hombro de sol trazó el arco iris en las alturas, y mi pecho se estremeció de emoción.

Entonces no lo sabía, y ahora que lo intento contar tampoco sabría explicarlo. Era una emoción sin más, era un deseo de intercambiar papeles en el drama de la existencia.

El hombro de sol se cerró. La lluvia recrudeció. Poco a poco el follaje de los jardines circundantes fue agrupándose en tupidos mechones de gris opaco. Había llegado el momento de marcharme. Mi mano se posó sobre la lápida, y sentí que mi corazón no quería alejarse de allí. Pero lo hice. Subí unas escaleras, y, desde la altura de una colina, abarqué la extensión del camposanto, cuya superficie aventaja en mucho a la del casco urbano de nuestra Aldea.

Cuando le devolví al vigilante su plano, éste me atrapó la mano impulsivamente y sentí la misma emoción que cuando la puse sobre la lápida de mi amigo.

Otras historias del Cementerio de la Almudena
- El enterrador del cementerio
- La llamada del pasado
- Paseando entre tumbas y flores

miércoles, 15 de abril de 2009

La llamada del pasado

Continúo la semana de cementerios. Hoy toca un relato de Alicia, autora del blog "The dark sunrise", creado según sus propias palabras "como terapia para no autocensurar pensamientos". Ajena al miedo o respeto que puedan infundir estos lugares, Alicia es la "culpable" de que esta semana esté llena de tumbas, nichos y panteones. Y es que como ella misma comenta, cuando realmente se siente miedo es al subir el murciano Puerto de la Cadena, famoso por sus desprendimientos y su imposible trazado. En fin, basta de presentaciones, y a disfrutar de esta historia ficticia (o real ¡quién sabe!).

Siempre me daba frío en el tren. Además, se me estaban marchitando las flores que llevaba. Por suerte tenía un estupendo compañero de viaje. Se llamaba Manuel y ya no cumplía los setenta años. Ya desde que revisamos el número de los asientos, Manuel empezó a contarme anécdotas de su vida. Como otros muchos murcianos, había tenido que emigrar a Madrid durante la posguerra para poder sobrevivir, y viajaba de vez en cuando para visitar a sus sobrinos y para disfrutar de los encantos del Mediterráneo. Lo cierto es que Manuel me había conquistado ya por Albacete, cuando preguntó cómo una niña de quince años como yo viajaba sola en el tren. Cuatro horas de viaje dan para muchas historias y sólo las pudo interrumpir su curiosidad por saber qué era lo que me atraía a la capital y por qué mi equipaje eran unos claveles rojos. Así que, sin más, me lo preguntó. Me quedé mirando la ventana del tren sin decir nada. El paisaje se encadenaba en mis retinas como una tira de fotogramas que alguien pasa demasiado aprisa. No sabía si contarle que, justo el día anterior, había recibido una extraña llamada a mi trabajo.

La recepcionista me explicó que el interlocutor se había presentado como uno de mis primos de Madrid. Supuse que tenía parientes en la capital, porque dos hermanos de mi abuelo emigraron e hicieron su vida allí, pero jamás mantuve contacto con ninguno. Es curioso como, en ocasiones, nos cruzamos por la calle con personas que podrían ser más cercanos a nosotros de lo que pensamos, y ni siquiera les dedicamos una sonrisa. El muchacho, que se presentó como Enrique, me dijo que tenía 29 años y me comunicó que sus padres y abuelos habían fallecido y tanto él como sus hermanos estaban buscando a su familia. Sin saber muy bien cómo reaccionar, mi primer impulso fue invitarlos a Murcia, pero Enrique insistió en que fuese yo a conocerlos. En ese momento quería preguntarle muchas cosas, sobre todo, y aunque sonara egoísta, por qué me llamó precisamente a mí. Pero Enrique sólo me dijo: el viernes, a las ocho de la tarde, en el pórtico del Cementerio de la Almudena y colgó.

Ale, ni un teléfono, ni un nombre, ni una referencia. Sólo las coordenadas de la cita; lo tomas o lo dejas. ¿Y qué hacía yo? Aquello era tan extraño. Bueno, lo primero que pensé es que si me lo pensaba, no iría. Además, sólo perdía un día de mi tiempo y podía ganar una familia. Sí, definitivamente, merecía la pena. Pedí el viernes libre en el trabajo y seleccioné los claveles rojos más bonitos de mi pequeño jardín particular. Qué menos que llevar flores ya que nos habíamos citado en un cementerio. Mi abuelo siempre contaba que su casa estaba adornada con claveles. A sus parientes también deberían gustarles, aunque ya no pudiesen verlos ni olerlos. Decidí no alertar a mi familia con esa información, por si era una falsa alarma y porque, al fin y al cabo, era una locura.

… Nada… que estoy haciendo la tesis doctoral y tengo que mirar unos libros en Madrid… le contesté a Manuel, no sé cuánto tiempo después de su pregunta. ¿Es que no hay libros en Murcia?, preguntó sorprendido el anciano. Me eché a reír volviendo la vista a ese paisaje que se sucedía como una lluvia de estrellas fugaces.

Eran casi las ocho y allí estaba yo, bajo ese impresionante pórtico. Aquel campo santo era espectacular. Bastaba con saber que acogía más de cinco millones de almas para aplicarle ese calificativo. Todavía me preguntaba por qué había atendido tan extraña llamada y miraba con rabia los claveles que, tras la espera, estaban ya hechos una pena. No es que hubiese mucha gente, pero la intuición me ayudó a distinguir perfectamente a Enrique en aquel escenario tan peculiar.

Nos paramos el uno frente al otro y comenzamos a observarnos sin hablar. El corazón se me iba a salir del pecho. Yo estaba tan nerviosa que me dio la risa y Enrique sonreía, como para acompañarme en lo incómodo del momento. De pronto cogió mis manos, llenas de claveles, y sus ojos comenzaron a humedecerse. No reunía el aliento para hablar. Yo no sabía cómo consolarle. Es más, no sabía nada de él. Para cortar el hielo sólo se me ocurrió decir: “Me habría encantado conocerte antes”. Muy al contrario, Enrique se quedó congelado tras mi comentario. Sorprendido, palideció. Comenzó a tensarse. Parecía que le iba a dar algo. No sabía bien qué había dicho, pero seguro que había metido la pata.


Se recompuso como pudo y me agradeció que hubiese acudido. Me indicó la ubicación exacta de sus familiares dentro del Cementerio de la Almudena. Teníamos muchas cosas que contarnos pero, antes de hacerlo, me dijo que él también quería ir a por flores. Me pidió que fuese entrando, que él se reuniría conmigo en cinco minutos. Insistí en acompañarlo, pero era incluso más testarudo que yo. Estaba claro que ambos compartíamos ese gen familiar, pero como era la invitada, creí que era mi obligación ceder. Llegué justo a la ubicación y reconocí los apellidos de mi abuelo. Era un panteón de mármoles grises, no muy grande, pero decorado al detalle. Era precioso. Decidí esperar a Enrique, para que abriera las puertas del panteón y así yo pudiese dejar en los distintos nichos las flores que tan cariñosamente traía desde mi jardín. Pero Enrique no vino…

Pasaron las horas y me sentía como la víctima de una broma muy pesada y macabra. Seguro que ahora ese muchacho me miraba desde otro sitio y se reía de mí. Y seguro que me estaba grabando y mañana sería famosa en Youtube. Estaba tan enfadada que tiré una piedra contra el panteón y la puerta se abrió. Ya por curiosidad, entré a ver si aquellos eran en realidad mis familiares. Había muchas inscripciones, pero una de ellas llamó mi atención. Me acerqué y pude leer el nombre de un tal Enrique que, si las matemáticas no me engañaban, contaba 29 años el día que falleció. Todavía habría pensado que era una broma, hasta que, apenas sin respiración, leí el epitafio del nicho Enrique: “Me habría encantado conocerte antes”.

Otras historias del Cementerio de la Almudena
- El enterrador del cementerio
- En el Cementerio de la Almudena
- Paseando entre tumbas y flores

martes, 14 de abril de 2009

Paseando entre tumbas y flores

Terminada la Semana Santa llega a este blog la semana de los cementerios. Para ser más exactos, en realidad debería decir del cementerio, y es que durante estos próximos días las cuatro entradas que aparecerán por aquí tienen como nexo común el cementerio de la Almudena.

En esta primera haré un repaso sobre los aspectos más destacados de este lugar; las otras tres, son historias contadas por otras personas, que se desarrollan en el cementerio más grande de la ciudad. Y es que aunque su capacidad original era de unas 62.000 sepulturas, el número de personas inhumadas aquí a lo largo de la historia (unos cinco millones) sobrepasa al de los habitantes de Madrid.

De toda la vida aquel que moría recibía sepultura en las iglesias, y aunque Carlos III, por razones higiénicas, intentó acabar con esta costumbre y construir cementerios fuera de la ciudad, no pudo hacerlo por la firme oposición eclesiástica. Por ello habrá que esperar a José Bonaparte para que se ponga en marcha la construcción del Cementerio General de Norte (1809) y el del Sur (1810).

En la década de 1860, debido al gran incremento de población, surge la idea de construir dos grandes necrópolis municipales (del Este y del Oeste) aunque sólo llega a concretarse la primera: Nuestra Señora de la Almudena. Durante 1884 y 1885, estando todavía en construcción, una tremenda epidemia de cólera provoca que este lugar sea habilitado como cementerio provisional “de epidemias” por lo que habrá que esperar a 1925 para su inauguración oficial.

El actual cementerio repleto de tumbas, panteones, flores y senderos de arena, puede dividirse en tres partes: la necrópolis, el cementerio original y la ampliación de 1955. Como no podía ser de otra forma, se trata de un lugar tranquilo en el que, a diferencia del resto de la ciudad, no debes agobiarte por pisotones, empujones y carreras.

Aunque hay bastantes leyendas sobre este cementerio, lo que no puede obviarse es el triste protagonismo que tuvo durante los duros años de la guerra civil y la posguerra. En sus tapias acabaron sus días muchas personas, fusiladas por el gobierno republicano durante el asedio "nacional" a Madrid. Al finalizar la guerra y entrar las tropas nacionales a Madrid, continuaron con el mal ejemplo, y siguieron con los paseíllos y la brutal carnicería.

Espero que nadie se tome a mal estas entradas ya que están hechas desde el máximo respeto a todos los que allí descansan. De hecho, en algunas ciudades europeas la visita a los cementerios es otro atractivo más que se ofrece a los visitantes. Aquí, ya hay en marcha iniciativas que buscan fomentar el turismo en este santo lugar. La idea es diseñar rutas que recorran todos aquellos monumentos relacionados con personajes del mundo de la política, la medicina, o las artes, que están diseminados por sus 120 Hectáreas.

Quedan para futuras entradas el curioso cementerio civil, separado de este por la avenida Daroca, así como otros cementerios con bastante atractivo como el de San Isidro o el de los Ingleses.

Otras historias del Cementerio de la Almudena
- El enterrador del cementerio
- La llamada del pasado
- En el Cementerio de la Almudena

domingo, 12 de abril de 2009

viernes, 10 de abril de 2009

Ortigosa de Cameros

Como no todo en la vida es Madrid, Madrid y más Madrid, he aprovechado unos cuantos días libres que tenía antes de que llegara la Semana Santa, para cambiar de aires y buscar un lugar ajeno a todo lo que esté relacionado con Madrid. En este caso la elección ha sido una casa rural de un pequeño pueblo de La Rioja, Ortigosa de Cameros, situado entre Soria y Logroño.

Como excepción a la norma habitual de este blog, pongo esta entrada que no está relacionada con Madrid, para que todo aquel que no haya podido salir de vacaciones en estos días se recree con estas fotografías de este precioso pueblo, que hasta hace unos días era completamente desconocido para mí. Y si más adelante tenéis algún día libre, ya sabéis.

miércoles, 8 de abril de 2009

De nuevo...

La entrada de hoy nos llega de la mano de Javier autor del blog La piel de las mareas. El, que no es un gran admirador de las ciudades, ha decidido escribir esta historia en plan abogado del diablo. Para acompañar sus palabras he colocado ocho fotos que recogen distintos momentos de dos de sus lugares favoritos de Madrid: el Retiro (las cuatro primeras) y el Rastro (las cuatro últimas).

De nuevo Madrid…caótico…ruidoso…impersonal.

Madrid devorando la paciencia de los transeúntes que buscan un refugio en el nombre de una calle.

Aquí Caín no necesita excusas para enfrentarse a un Abel despistado y pitar, maldecir o agredir con una simple mirada saturada por esas razones que se esgrimen con salivilla y puñetazo en la mesa.

Madrid mentira, blasfemia, tumulto, hormiguero, riada.

La tarde se precipita sobre el reloj mientras la sombra de una pequeña criatura perfila murmullos sobre las paredes como si fuera el carmín de unos labios, de unos labios que, en un intento de sonrisa, ¿aprenden? ¿Intentan? ¿evitan? decir que ni la distancia es lejanía ni la espera es tiempo…ambas cosas podrían ser la plata que recubre el envés de los espejos y nadie lo sabría jamás…ambas cosas podrían ser los argumentos que embriagan con dolor la respiración de los sueños y nadie tendría derecho a despertarnos.

No puedo pensar que lo único cierto sea el trayecto que caminamos como una indolente tangente hasta la siguiente espera…hasta la siguiente cita sin fecha…hasta ese instante… indeterminado… al que acudimos cargados de nuestras verdades a medias, de nuestras mentiras sin enhebrar , de los silencios que disuelven la felicidad y así mientras aguardamos la llegada de la lluvia inventamos nombres para las madejas que forman parte del decorado en un escaparate, para las flores de plástico made in Japan, para las caras que visten contra su voluntad los rostros de los transeúntes.

-“¿Me dice la cuenta, por favor”-
-“Hoy pago yo”- intentas abrir el monedero.
-“Deja que invite siempre”-

Deja que invite siempre…déjame…total aquí me conocen, aquí me fían…esta calle y sus cafés me abrigan cada noche mientras busco esas huellas… tuyas… esas huellas que me recuerdan quien eres cuando te alejas sin mirar atrás, sin dejar que hable tu inquebrantable silencio.

También a mi me duelen los imposibles que sucumben dentro de la gabardina.

Nunca supe construir puentes que unieran tormentas con bosques, solo entiendo de adobes que se agrietan cuando la tierra esta sedienta de esas palabras que abandonas, que no dejas marchar, solo entiendo de Icaros presos de su cobardía que estrellan sus quejas contra el techo del comedor mientras otras son las manos que ponen la mesa, solo entiendo de espejos que ocultan sus heridas para que la mala suerte no repare en ellas.

Cada día, como un ritual mas, abro esta extraña ventana y busco tu presencia o tu ausencia y en ocasiones ambas cosas aun sabiendo que nunca estarás.

Buscar es muy sencillo cuando sabes de antemano el resultado.

Te busco aun sabiendo que no te encontrare incluso en ocasiones creo que intento no encontrarte para que así sean los recuerdos de ese último paseo los que ocupen el molde de tus pasos.

Y al final…siempre estas, aunque tú pienses lo contrario.

Crees que no…pero te observo desde los ojos del maniquí cuando pasas frente al escaparate y te detienes para ¿pedirme ?…para pedirme sin pedirme nada.

Crees que no…pero te toco… soy cada una de las gotas que resbalan sobre tu sombra acompañando con mi tacto el tacto que encierras en tu silencio.

- Siempre tu silencio-

Crees que no…pero sonrió… estoy dentro del coche que se detiene dejando paso a tu dubitativo caminar mientras suena tu móvil por enésima vez.

Y continúo esperando que tu mirada desvele aquellas palabras tibias que serán sangre o desierto, que serán temblor o certidumbre, que traerán dulzura o sombras sobre una ciudad que se agota entre plásticos y ruidos.

Y al final…de nuevo en ese Madrid caótico…ruidoso…impersonal intentaremos guardar ese tiempo que a nadie pertenece , ese tiempo que vivimos siempre al borde de una despedida , ese tiempo que se consume entre mis palabras perdidas y tu íntimo silencio.

lunes, 6 de abril de 2009

Pontejos: cremalleras, historia y bostezos

Cuando era pequeño más de una vez escuché a mi madre decirme: "Voy a Pontejos con la vecina". Se trataba de una cita ineludible que se cumplía varias veces al año; después de la compra, las dos se entretenían dándole al hilo y al dedal. El famoso Pontejos, constituido por la calle Marqués Viudo de Pontejos y la Plaza de Pontejos, era y es una zona especializada en hebillas, cremalleras, automáticos, botones, hilos, y todo aquello que tenga relación con coser, zurcir y bordar.

El nombre de Pontejos se debe al militar y político coruñés, Joaquín Vizcaíno, que tuvo el honor de ser el primer alcalde constitucional de Madrid (años 1835 y 1836). Su título de marqués le viene gracias a su boda con Mariana de Pontejos y Sandoval, marquesa de Pontejos, y por tanto poseedora del titulo. Tras la temprana muerte de su esposa, Joaquín decidió incluir la palabra viudo antes de su título como homenaje a la fallecida.

Según los libros de historia, Joaquín Vizcaíno ha sido uno de los mejores alcades de la ciudad; este honor no le llega de regalo, sino gracias a las múltiples iniciativas que emprendió para conseguir que Madrid fuera una ciudad más moderna, menos caótica y menos sucia. Gracias a él se comenzaron a numerar las calles, situando los pares en la acera de la derecha y los impares en la izquierda, y se les puso nombre en sus dos extremos a cada una de de ellas

También instaló los primeros servicios públicos, mandó que se realizara un plano coherente de la capital, realizó importantes obras públicas de saneamiento y suministros y concluyó el tramo del Paseo de la Castellana que va entre Colón y Emilio Castelar. Además, fue uno de los fundadores de la Caja de Ahorros de Madrid, del Ateneo y del Casino Militar.

Tristemente su fulgurante carrera se vio frenada de forma drástica ya que un ataque cerebral le causó la muerte con sólo 50 años. Hoy en homenaje a este hombre se alza una estatua de cuerpo entero en la Plaza de las Descalzas, junto a la central de Cajamadrid. Además una fuente en la que aparece su busto se encuentra en la Plaza de Pontejos citada anteriormente.

Como se puede ver en alguna de las fotos, en cuanto llega el buen tiempo esta plaza es un típico lugar de reunión de gente con pocas cosas que hacer; que se dedican entre bostezo y bostezo a disfrutar del sol y de los transeúntes que pasan por la zona.

jueves, 2 de abril de 2009

Asfalto bohemio

Hoy me toca presentar un relato de Ana Belio, una de las primeras personas que en los inicios de este blog se atrevió a pasar por aquí y dejar un comentario. Autora del blog Esbozos, en el que entrada tras entrada nos deleita con su prosa llena de poesía, recientemente ha puesto en marcha el foro Agraba. Este foro busca ser un lugar de intercambio de ideas para todos los amantes de la literatura, y tiene como objetivo final el dar a conocer los textos de los participantes a las editoriales. En esta entrada nos habla de uno de sus rincones favoritos de Madrid, el Barrio de las Letras.

El silencio me habla con palabras entrecortadas que se mezclan en el viento de tu nombre. Hoy incluso consigo retener al silencio envuelto entre el ruido y palabras cotidianas. Cada instante es una nota, que va formando la melodía de todo aquello que se esconde en mi interior.

A veces, me gustaría ser ave libre que divisa el paisaje bajo sus alas en movimiento. Ver los mares libres en toda su superficie, acariciar las montañas suavemente en sus laderas, sentir fluir por mi sangre cerrando los ojos, el compendio de colores oro y bronce que a veces nos regala la naturaleza. Verde campo, celeste del océano, el dorado de los trigales, como el color del cabello de aquel amor que una vez me robo un beso.

En la ciudad siempre veo el gris a través de mis ojos viajeros. Paseando entre las calles de la urbe antigua, aún en alguna esquina encuentras un recuerdo de lo que fue la ciudad cuando era niña.


Ahora, aquí, me enamoro del barrio de las letras. Huertas por nombre, bohemia por tradición. Sus calles sostienen la urbe, donde el resto de la ciudad acude a una cita con el jazz, el piano y ver las letras prendidas en el aire de quien sabe oler la tinta, que flota de los pensamientos. Allí el deseo nace en una conversación compartida de letras, escuchas a los ojos el deseo de encontrar el amor donde no espera. Allí, secuestras los momentos del ahora, sin pensar que llegará mañana, pero sabes que después el amanecer será en tu boca.

Allí deseo besarte, beber de tus labios el aroma de tu nombre, sentir en tus manos mi nombre enredado entre tus dedos.

Allí, paseando con tu mano buscando la mía, deseo recibirte sin pensar que muere el día.

lunes, 30 de marzo de 2009

A vueltas con el transporte público

Siguiendo con las quejas que suelen suscitar los transportes públicos, hoy traigo hasta aquí dos cartas publicadas en el periódico gratuito 20 minutos. En ellas aparecen reflejadas quejas sobre la propuesta del Metro de Madrid para hacer dieta siguiendo sus consejos, así como el trato que algún taquillero, en este caso de la Renfe, dispensa a algunos de los usuarios del tren.

Gimnasia en el Metro
Enrique Gutiérrez Trapero (13-marzo-2009)
Agradecería que no nos tomasen el pelo con la nueva publicidad de metro de Madrid donde nos invitan a hacer uso de las escaleras para hacer ejercicio. Por suerte o por desgracia, obligados nos vemos muy a menudo. Nos falta por oír que la próxima subida de transporte público sea por el servicio de gimnasio que tenemos en las estaciones de metro. Por favor no gasten el dinero en estas cosas, que estamos en crisis.

La burla del taquillero
Alberto del Valle
(19-marzo-2009)
Al viajar en Cercanías de Villaverde Bajo a Getafe el pasado sábado no había nadie en la taquilla de Renfe. Adquirimos los billetes de adulto en la máquina automática. Esperamos a que llegase el taquillero para que nos vendiese el billete de nuestra hija de 4 años. Al llegar, el taquillero nos dijo que la niña no tenía billete de niño, por lo que adquirimos uno de adulto.

En el viaje de vuelta, el taquillero de Getafe nos informó de que los niños no pagaban hasta los 6 años. De vuelta a Villaverde Bajo, tras esperar pacientemente a que apareciera, le pedimos explicaciones al mismo taquillero de lamañana. Nos dijo que le teníamos que llevar el certificado de nacimiento de la niña, y que él estaba para vender y no para informar. Nos negó el derecho a reclamar y nos envió
a atención al cliente de Atocha. Mi opinión es que no estaba en condiciones de trabajar. Me gustaría que los sindicatos de Renfe tomasen nota de estos comportamientos.

domingo, 29 de marzo de 2009

viernes, 27 de marzo de 2009

Esto no es Bélmez

En noviembre de 1971 fue noticia en todos los periódicos del país el caso de las Caras de Bélmez. Una mujer de este pueblo de Jaén, María Gómez Cámara, aseguraba que en el suelo de su cocina aparecían manchas con forma de rostro humano. Posteriormente esas manchas fueron poblando toda la casa, y hoy día casi cuarenta años después continúan los debates entre los partidarios de que allí se producían fenómenos paranormales, y los que afirman que todo ha sido un gran fraude.

Si vas caminando por la Plaza de San Ildefonso es inevitable que te encuentres con un edificio que se encuentre en proceso de rehabilitación. Si te paras frente a él e intentas observar a través de sus ventanas semitapiadas podrás descubrir que en la pared del fondo aparece una cara humana. En este caso no hay ni poltergeist, ni engaños de ningún tipo ya que la presencia de ese rostro tiene su explicación. Se trata de un retrato de unos 10 metros, realizado a carboncillo por el artista cubano Jorge Rodríguez Gerada, en el que aparece un chaval con el pelo largo, vecino del barrio.

Sorprendentemente el proyecto ha contado con el apoyo de la inmobiliaria encargada de la obra. Con este proyecto llamado Identidad, el artista pretende reflejar de forma temporal a la gente del barrio. Lógicamente el dibujo desaparecerá cuando finalmente se construyan los pisos proyectados, y es que como el autor afirma él intenta mostrar "obras efímeras que visitan un lugar para luego marchar, pero quedándose en la memoria de las personas".

Si tenéis tiempo ya sabéis, merece la pena.