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viernes, 23 de diciembre de 2011

Cocido escocés

No es el que preparan en Malacatín, ni tampoco el que sirven en La Bola, este cocido es mucho más personal y lo ha cocinado Juan José Millás. Que lo disfrutéis.


(Esta historia, de Juan José Millás, fue publicada en El País el pasado viernes)

Aquella chica venía de llorar como otros vienen del trabajo. Coincidíamos en el metro, cuando yo volvía a casa de la oficina. Me pasaba el viaje observándola disimuladamente, fantaseando sobre las razones por las que había llorado esa jornada, en el caso de que no llorara siempre por las mismas. Ella permanecía abstraída en un rincón, siempre el mismo, ajena a todo, a todos, hasta que una voz interior la avisaba de que había llegado a su estación. Entonces abandonaba el tren y se diluía entre la gente como la columna de humo de un Camel. Tuvo un abrigo gris que le duró seis inviernos y una falda escocesa que solo se ponía los viernes, el día en el que en mi casa se hacía cocido para comer, de modo que los cocidos me saben aún a falda de cuadros y las faldas de cuadros a cocido. Cuando cambió de abrigo, yo le di la vuelta al mío, que tenía cinco años, porque me pareció que era el momento de renovarse o de morir y no tenía una pistola a mano, ni siquiera un maldito frasco de somníferos. Creo que nunca reparó en mí ni en mi pena, mi pena por ella y por todos los que veníamos a aquellas horas (las nueve de la noche) de ganarnos la vida, o de perderla. Cómo saber si aquello era esto o lo otro, aún no lo sé.

Un día dejó de aparecer y no volví a verla, aunque la busqué por todo el convoy, por si hubiera cambiado de vagón, que es como cambiar de costado cuando no coges el sueño. En cuanto a mí, también la vida me condujo a otras líneas del metro y así pasaron los años. La semana pasada, volví a encontrarla, en la línea 5. Pese a los años transcurridos (30 o más), la reconocí al primer golpe de vista, pues de cara al menos no había cambiado demasiado. Noté que también venía de llorar, lo que me proporcionó una desazón enorme. Me pareció que llevábamos los dos toda la vida en el metro, casi con los mismos abrigos.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Pánico


Para empezar bien este fin de semana -¿Ya es fin de semana o llevamos toda la semana de fin de semana?- os dejo con este artículo de Juan José Millás publicado hoy en El País.

Dios mío, esta semana llena de domingos, saturada de tardes, parece una sopa de pelos, una estación de tren de ningún sitio, un huevo podrido de dos yemas, un parto de septillizos prematuros, parece una muerte con moscas retroactivas, un entierro sin deudos, una noche polar, una hora eterna, una madrugada inoxidable, unos pantalones de tergal, una vajilla de duralex, un descampado con condones, una tienda de muebles de la periferia de Valladolid, un establecimiento de lámparas de un suburbio de Atenas, parece un alma de repetición, un temor cerebral, un tanatorio continuo, un hotel de tres estrellas de provincias, una floristería cerrada por defunción, parece un almacén de enciclopedias afligidas, esta semana llena de domingos, saturada de tardes, es como el departamento de contabilidad de una funeraria, como la sala de espera del fracaso, como la víspera de una biopsia, como una esquela desplegable, como una adolescencia infectada, como una mano con seis dedos o un ojo con 18 dioptrías, en eso ha devenido esta semana llena de domingos, saturada de tardes, en un cuarto de baño de hospital, en un corazón con el doble de sístoles que de diástoles, en una de maleta que pesa más cuanto más vacía, en un bidé a plazos, en un pánico con intereses, en una carta con matasellos del infierno, en una familia a su pesar, en un sexo sin ganas, en una citación judicial, en una bragueta de botones, en una idea opaca, en una derrama por obras, en unas sábanas con olor a ganado, en una reunión de vecinos de Seseña, en un desahucio, un desalojo, un ascensor sin espejo, un zumo de albañal, unos parientes de Zamora, un parchís sin fichas, un pasillo de la muerte, un libro leído y releído, un poema agotado, una reencarnación, un bulto en el pecho, una caída. Esta semana llena de domingos, saturada de tardes, es una verdadera mierda.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Los mil y un olores de Madrid

"Madrid huele a Gran Vía y labranza celestial, al cuerpo aldeano e incorrupto de San Isidro, a romería eneolítica de los yacimientos del Manzanares, a laureles heráldicos, a tranvías dejando un rastro de electricidad en el puente de Segovia, serenísima geometría de Herrera, al mudéjar de San Pedro, a cartografía y gambas a la plancha, a los perros llagados de Alfonso XI, a árabes podridos en la cuesta de la Vega, a madrileño mísero, a códice donde las letras son ya termitas, a 1346, a alcázares con cenefas de moros, a camisa de reyna Isabel en viernes, a luto tintorero de Felipe II, a óleo de Pantoja, puesto esquinero de la Plaza Mayor, viento con sol de la Plaza de Oriente, caserío manchego, tinta pútrida de Teixeira, que nunca acaba el plano,…"

Estos son sólo algunos de los muchos olores que nos presenta Francisco Umbral en su libro Trilogía de Madrid. ¿Y a ti, a qué te huele Madrid?


martes, 20 de septiembre de 2011

En Madrid nadie da los buenos días

Para empezar la semana os dejo con este artículo titulado "Buenos días, pongamos que hablo de Madrid" que casualmente he encontrado en un periódico mexicano llamado Milenio. El artículo está firmado por un tal Alberto Peláez y en él nos da una imagen de Madrid bien distinta a la que siempre pregonamos.


Nací en la Guindalera, uno de los barrios más castizos de la capital española. Me crié en el barrio de Chamartín cuando más allá, no había nada y más acá, el estadio Santiago Bernabeu.

El norte de Madrid, hoy corazón financiero, era un gran paraje por donde pasaban las ovejas trashumantes o donde los niños de los 60´s jugábamos al futbol entre pelotas y piedras. Eso fue hace cuarenta y siete años, cuando ir al aeropuerto resultaba una excursión de un día entero para ver cómo despegaban y aterrizaban los Caravelle de la época.

Han pasado cuarenta y siete años y hoy, Madrid, mi ciudad, se ha convertido en una de las urbes más cosmopolitas del mundo. Es un enorme rastro donde todo se compra y se vende, hasta las almas; donde se visitan las mejores exposiciones, donde se comen con diferentes paladares sobre múltiples cocinas de todo el planeta amalgamadas en una sola ciudad.

Me encanta correr en El Retiro y coger el taxi para que el conductor —que son todos muy chismosos y actuales— me ponga al día.

Me gusta comer en los distintos restaurantes, en unos más que en otros. Disfruto de un Gin Tonic en los antros actuales, antes de las ocho de la noche, antes de volver a casa. Madrid me gusta y me gusta mucho. Incluso su detestable tráfico forma parte del mobiliario castizo.

Pero hay algo que me desagrada enormemente. Tal vez sea lo único. El madrileño es seco, demasiado. A veces roza la mala educación. Si entras en un restaurante pueden pasar horas hasta que te atiendan. Después de batallar para que te den la carta, llega el capitán con cara de estreñido y dice con voz grave:
—Bueno, qué, ¿han decidido ya? No tenemos todo el día.

Y entonces, al ver lo que me cuesta cada platillo, al ver lo que me cuesta la comida, me dan ganas de levantarme. Claro que uno tiene mejor educación.

Pero lo mismo ocurre con los grandes ejecutivos de la capital. De sus celulares echan chispas vendiendo y comprando, haciendo caja después de haber pasado por las más conspicuas universidades del mundo; después de tener postgrados y MBAS en las grandes escuelas de negocios. Son señores rectos y cultos o, eso parece.

Hace poco me invitó un amigo a un gimnasio muy nice de Madrid; de esos que no quieres ni pisar porque quisieras tenerlo así, de adorno como la novena maravilla del mundo. Cuando se abrió la puerta del elevador, me encontré a quince señores encorbatados con sacos azules, callados, sin mirarse entre ellos. Olían a exquisita colonia. Los treinta ojos me miraron como si fueran a hacerme una OPA.
—Buenos días —dije risueño.

Nadie contestó. Ni tan siquiera emitieron un sonido gutural. Parecían quince fantasmas forrados de dinero pero sin pizca de educación. Ocurre lo mismo con los porteros de las fincas, o los quiosqueros o los taxistas o los meseros o los vecinos. Pareciera que costara diez euros decir un buenos días.

Es muy sencillo y uno se va más contento a trabajar después de decirlo y escucharlo. Tan fácil como eso.

Y me molesta mucho a pesar de ser madrileño; sencillamente porque es exclusivo de Madrid. En otras Comunidades Autónomas, serán más o menos simpáticos, más o menos cordiales, pero a uno le dan los buenos días porque educación, con educación se paga.

Yo creo que Carlos III, conocido como el alcalde de Madrid, además de mandar construir La Puerta de Alcalá, debería haber instruido los buenos días como un emblema más. Por eso, porque es una norma de educación.

martes, 31 de mayo de 2011

Mejorar Madrid

Para hoy os dejo con este artículo publicado ayer en el 20 minutos, y escrito pora Jaime Jiménez. En él este periodista nos da las claves para mejorar nuestra ciudad. Anímate y da tú también las tuyas.

Demolición del Vicente Calderón, soterrar la M-30 en esta zona, hacer más carriles-bici en la almendra central, rehabilitar plazas cercanas a la Gran Vía, reformar la plaza de España... Grandes proyectos prometidos por el alcalde de Madrid para los próximos cuatro años. Pero Madrid no solo es escaparate, ni zona centro ni ladrillo ni cemento. El Madrid que más me gustaría es este que quiere Gallardón y en el que además desaparecieran los pequeños problemas que pasan casi desapercibidos: aceras minadas de cacas de perros, parques infantiles obsoletos y destrozados, lugares oscuros y peligrosos en los que las farolas brillan por su ausencia, centenares de calles imposibles de reconocer porque no tienen la placa con su nombre, gorrillas que cobran un impuesto revolucionario... Solucionar todo esto también es mejorar Madrid.

viernes, 6 de mayo de 2011

Hecha la ley, hecha la casa

Ya está aquí el deseado viernes así que ya queda menos para que el trabajo se tome un descanso. Mientras que espero a que el reloj vuele y que el fin de semana no nos regale de nuevo lluvias a diestro y siniestro os dejo con este artículo de Adolfo Suárez, autor del blog Cosechadel66, publicado esta semana en Madridiario. Merece la pena que lo leáis.

Llaman a la puerta y es un tipo del Ayuntamiento. Eso, ahora y en los tiempos de los Reyes Católicos, sólo puede significar una cosa: que te van a pedir algo. En este caso, lo que te pide es entrar, se da una vueltecita por tu casa como si se llamase Pedro, apuntando en su libreta. Tras la visita, te comenta, así como quien no quiere la cosa, que la mitad de tu casa acaba de ser requisada para que el Consejero de Tornillería de Villa Estamostodos, Don Séptimode Caba Llería, la ocupe durante su visita a Madrid para tratar asuntos en la Villa y Corte. Antes de que puedas decir esta casa es mía, el hábil funcionario, ducho en estas lides, te ha colocado a dos palmos de los ojos un documento legal en el que puedes leer algo así como "Regalía de Aposento". Donde hay Rey, no manda marinero, o algo así. Te toca cambiar a los niños de cuarto y colocar a la suegra, otra vez, en el trastero.

Esto, que ahora nos parece como de cuento absurdo, pelín kafkiano, sucedió en nuestro Madrid desde 1561, año en el que Felipe II decidió que fuéramos capital de ese imperio en el que dicen que nunca se ponía el sol, hasta casi finales del siglo XIX. Madrid, como casi siempre que le pasa algo gordo, no estaba preparada para aquello. Uno de los problemas consistía en que no tenia una infraestructura suficiente para albergar a toda la población, tanto permanente como de visita, que acarreaba ser el centro de un entramado imperial de unas dimensiones tan globales. El papel que en nuestro pequeño cuento esgrime el funcionario municipal ante nuestra ojiplática mirada contiene, en efecto, una ley llamada Regalía de Aposento, tradición medieval convertida en disposición fija con la llegada de la capitalidad a Madrid.

Cuando los Reyes eran como los de baraja, no tenían una capital fija, e iban en una especie de Tour Veraniego todo el año por las poblaciones de su reino. Hoy aqui, que tienen unas fresas estupendas, decía la Reina. Y allí plantaban el Pitoste. Al mes siguiente, lo mismo se acercaban a Talavera, que necesitaban un poco de menaje. Y así iban los chiquillos. Con la Conquista de América, el engrandecimiento de la Corona y sus recursos y burocracia, aquel sistema no podía continuar. Y se decide que Madrid sea la capital permanente, pero también que esa Regalía de Aposento, que regulaba que las casas de las ciudades y pueblos donde llegaban los monarcas debían ceder la mitad de su espacio para uso de los integrantes de la Corte, se haga tan permanente como la capitalidad.

De esta manera, se intenta subsanar la carencia en Madrid de tabernas y locales donde albergar a todos los personajes que acarreaba la Corte Imperial. Un tal Lope de Vega, por ejemplo, disponía de su hogar para tales menesteres. Aunque no lo parezca, no se trató sólo de una imposición de Felipín, sino que fueron las mismas fuerzas vivas del Foro las que decidieron acatar la Regalía para poder obtener los supuestos beneficios de ser capital de las Españas. De aquellos polvos vienen estos atascos.

Pero hecha la ley, hecha la casa. Y es que los madrileñitos con posibles, aquellos que por esos siglos vieron las orejas a la Regalía, comenzaron a hacer uso del coco para saltársela como Gatos que eran. Tejados imposibles, establos que sólo eran tales cuando venia el funcionario, fachadas que eran eso, pura fachada. Todo valía con tal de que no llegaran a tu casa y te colocaran a un tío que vaya usted a saber de que pie cojeaba. A aquellas muestras de arquitectura "picaresca" se les denominó "Casas de Malicia". Llegó a haber por lo menos un millar en Madrid, y aun quedan algunas como muestra. La mejor conservada se encuentra en la esquina de la Calle Redondilla con la de los Mancebos. Y en el museo de la ciudad se pueden ver maquetas de algunas de estas singulares construcciones. Uno de los lugares de mayor concentración de este tipo de casas era la Ribera de Curtidores, especialmente favorable para ello dada su pendiente.

No es nada probable que la historia vuelva a repetirse, pero como madrileño prevenido vale por dos, el día que me aparezca un funcionario llamándome a la puerta, no le dejo pasar de la alfombrilla.

martes, 26 de abril de 2011

Con dinero público

Para hoy os dejo con este artículo del periodista Jaime Jiménez, publicado ayer en el 20 minutos, en el que nos ofrece su punto vista sobre el funcionamiento de Telemadrid.

Pregunto. ¿Puede un médico de un hospital público cerrar la herida de una operación sin ningún cuidado, dando más puntos de los necesarios o sabiendo que va a dejar una cicatriz horrorosa? Puede, pero no debe.

¿Puede un maestro de un colegio público enseñar a los niños que los argumentos del machismo son adecuados para la sociedad en la que vivimos? Puede, pero no debe.


¿Puede un conductor de una empresa municipal de autobuses saltarse semáforos en ámbar, ir a toda velocidad o pegar frenazos a diestro y siniestro? Puede, pero no debe.


¿Puede una cadena de televisión autonómica pública decir en su página web que tiene un "informativo" nocturno "que analiza de forma plural la actualidad"? Puede, pero no debe.

No se puede decir que analizas lo que ocurre de manera plural cuando los propios presentadores solo comentan la actualidad desde su punto de vista; un punto de vista siempre sesgado hacia el mismo lado. Me da igual lo que opinen estos presentadores, están en su derecho.

Pero no pueden decir que es un informativo cuando lo que se emite es un programa de opinión. Pueden decirlo pero no deben hacerlo... al menos hasta que la cadena pública Telemadrid sea privatizada.

jueves, 10 de marzo de 2011

Mamá


Para hoy os dejo con un microrrelato que nos da una visión bastante real de ese barrio multicultural llamado Lavapiés. En esta ocasión no es mío sino del periodista y escritor Javier Puebla.

Cae la noche. La noche. Y todas las cabinas telefónicas de la plaza de Lavapiés se comienzan a ocupar.
El viejo cantante de boleros que ahora vende cocaína por los bares.
El mafioso marroquí que se casó con una española y por amor se transmutó en guardia de seguridad.
La coreana que hace un rato te vendió una cerveza en el Deli.
El punki cuarentón que se sigue soñando Peter Pan.
El poli que ha estado toda la tarde patrullando por la plaza para evitar disturbios.
La estudiante de Bellas Artes a quien aterra tener que regresar a Alemania.
El escritor de guiones que acaba de tomarse una caña en el Pakesteis después de gastarse una fortuna en el pipsou de la calle Atocha.
La mujer que espía a las parejas desde su balcón y se imagina que ella es la chica a quien hacen el amor.

Cada uno en un teléfono, en una cabina, de la plaza de Lavapiés. Cuando cae la noche. La noche. Y si se pudiera apagar el ruido de los motores, el murmullo de los televisores y las plegarias de los que rezan, podría escucharse, saliendo de sus bocas pegadas al auricular, y en muy diferentes idiomas: ruso, español, chino, árabe, alemán, serere, una palabra repetida más que ninguna otra: Mamá.

viernes, 25 de febrero de 2011

Mis calles de Madrid

Hoy me alegra traer hasta aquí este artículo publicado hace un mes en Madridiario, medio digital encargado de informarnos sobre todo lo que se cuece en Madrid. La alegría me viene porque está escrito por Adolfo (Cosecha del 66) uno de los seguidores incondicionales de este blog en sus comienzos. Espero que la relación entre Adolfo y Madridiario sea duradero ya que todos los que amamos Madrid saldremos ganando.

Os dejo el enlace a su blog: "Cosecha del 66", así como a su último artículo publicado: "Que nos den Candelas"

Madrid me gusta por sus calles. Son sus miradas y sus sonrisas, sus maneras de caminar y seducirme, son sus besos. Plazas, calles, cavas, carreras y paseos. Son lugares marcados con las x del pirata. Tesoros. Y tengo tantos. A puñados.

Tengo la Calle de los Primeros Besos. La de aquellas farolas que hacían que mis dedos hicieran sombra sobre la tela de tu vestido, y asustados de sí mismos, quisieran buscar refugio un poco más cerca de tu piel secreta. Tengo la Plaza del Banco de los Sueños, la de los partidos con paredes a los muros y regates a columpios de metales oxidados. La de “en la nochevieja del 2000 quedamos en Sol”, la de miradas de lado y poemas en papel de cuaderno arrugadas en el bolsillo. La Plaza de Quedamos después de Fama. También estaba el Parque de las Birras y de Oir a Gomaespuma, el de los Cien Duritos Entre Todos. El Césped de Iros Yendo Que Nosotros Nos Quedamos.

También tengo cariño al Paseo de las Primeras Copas esquina con la Calle de Os Quiero a Todos, con salida al Callejón del Asturias, Patria Querida. Y como no amar a esa Avenida de los Amaneceres, aunque tantas veces la hayan cambiado de sitio. O al Mercado de la Chapa del Che, o de la Cinta Pirata, o quizás de Los Polluelos de Colores, que más que cambiar de sitio, lo que cambiaba era de nombre según fuera el sueño que fueras a comprar. Y no quiero olvidar la Glorieta del Chocolate con Churros, un poco más abajo del Callejón de los Bocatas de Calamares que te Cagas.

He puesto nombre y he inagurado todas estas calles. Con amigos, miradas, deseos, amantes. Con sueños y esperanzas, tristezas y derrotas. Con días de Madrid está bajo mis pies y noches de todo está demasiado oscuro y llueve. Sólo tú y yo hemos recorrido el Paseo del Atardecer de que Azul está el Cielo, o la Calle de la Terraza del Calorcito de Finales de Marzo. Madrid me pone lugares y yo les pongo nombres. Una vez tenía una calle larga que llamé la Carrera de los Programas Dobles. Que narices Gran Vía, si yo se que se llama Avenida de Mirar a Todos Sitios.

Es mi Foursquare de los recuerdos, mi google maps privado lleno de #hastags de sonrisas y momentos. Madrid es a veces mi Cuarto de Estar, mi Biblioteca gigantesca, mi Salón de Baile, mi Palacio. Mi Terraza, mi balcón, mi ventana, mi despacho. Madrid soy yo en sus calles. Y sus calles, sus calles son todas mi casa.

lunes, 7 de febrero de 2011

Sin rastro

Para empezar la semana os dejo con este artículo, de Moncho Alpuente, publicado el pasado día 2 en El País. En él podréis ver su particular versión de El Rastro.

Ponerle puertas al campo (Campillo del Mundo Nuevo) y diques a la Ribera de Curtidores para canalizar la corriente, siempre tumultuosa y caótica, del Rastro madrileño ha sido, y parece que sigue siendo, el sueño de los ordenancistas munícipes de la capital. Madrid desemboca en el Rastro; desde su pedestal el héroe de la batalla de Cascorro dirige el tráfico municipal y peatonal. Eloy Gonzalo, héroe y mártir inclusero, inventor del cóctel Molotov y patriótico suicida, fue rápidamente adoptado por el pueblo madrileño que vio en él a uno de los suyos, soldadito de a pie, miembro de la sufrida, desnutrida y mal pertrechada tropa de infantería, carne de cañón de las guerras coloniales que se perdió en Cuba defendiendo las lejanas fronteras de un Imperio decrépito y corrupto.

En su entorno bulle los domingos un enjambre de afanosos clientes, avispados comerciantes y vendedores de ocasión que rematan los restos de sus respectivos naufragios. Hace tiempo que no frecuento este mercadillo castizo y cosmopolita regido por las leyes no escritas de la compraventa transformadas en arte menor, arte del birlibirloque, retórica del regateo y oratoria de charlatán, feria popular y Patio de Monipodio, aliviadero de turistas incautos y ruta de los buscadores de míticos tesoros en pos de la leyenda urbana que tejió una urdimbre de fantásticas adquisiciones, un Goya por cuatro duros o una exquisita pieza de cerámica a precio de ganga por estar algo desportillada. Hace tiempo que no le tomo el pulso a este zoco inmutable y al mismo tiempo en continua transformación que recoge y exhibe las mutaciones que va sufriendo la urbe.


Los puristas del imposible casticismo madrileño llevan muchas décadas predicando que el Rastro ya no es lo que era, que se ha transformado en un mercadillo de ropa y artículos de primera mano y ha perdido su carisma marginal y peculiarísimo. Ya lo decían cuando, a finales de los años sesenta del pasado siglo, hippies greñudos, vendedores de incienso y otras hierbas extendieron junto a la Ribera sus tenderetes de artesanía y cuando a mediados de los setenta confluyeron allí los abigarrados punkis y otras tribus del underground con sus fanzines precursores de todas las movidas: el Carajllo Vacilón, Alucinio, Mandrágora, Bazofia o Katakumba. Ceesepe y García Álix se acodaban en la barra de La Bobia, birra en mano y por allí irían pasando en años posteriores los más conspicuos talentos de la posmodernidad rampante, de la Movida primigenia.


En estos tiempos críticos el Rastro tiene que recuperar su papel como mercado de reciclaje imprescindible, el Rastro resucita en los momentos difíciles, vía de escape, última salida, último recurso de los sin recursos, heteróclito bazar de oportunidades y saldos. El tumultuario Rastro madrileño siempre tuvo un tratamiento especial, un reglamento no escrito, el Ayuntamiento no arrendaba los espacios y los guardias de la porra se cobraban en multas cada domingo el precio del quimérico alquiler. Una vez abonada la multa correspondiente, el vendedor seguía con su puesto, había pagado su tributo semanal y los policías hacían la vista gorda que es lo suyo. La siguen haciendo hoy cuando por enésima vez, el Ayuntamiento y la Comunidad abordan un nuevo plan de ordenamiento, en esta ocasión para ajustarse a las recomendaciones europeas. "El Rastro en un limbo legal" titula su reportaje en estas páginas, María Porcel Estepa que da cuenta de las vicisitudes e inquietudes de sus comerciantes, el limbo está más cerca para ellos del infierno que del cielo porque para los burócratas europeos no existen excepciones límbicas ni peculiaridades históricas.


Las recomendaciones de la UE prestan una buena coartada para los inconfesados y latentes sueños de privatización que figuran en el horizonte de los responsables del Ayuntamiento y de la Comunidad. Los antiguos mercados de abastos, van siendo sustituidos, usurpados, por centros comerciales y franquicias, desplazando de la plaza a los pequeños comerciantes autónomos para imponer las rígidas pautas de las grandes superficies. La insaciable voracidad de los peces gordos acabará con los peces chicos y en los caladeros del Rastro se fragua la revuelta, todas las asociaciones de comerciantes de la zona se opondrían frontalmente a la privatización, avisa su portavoz. Perseverantemente enfermo el Rastro se resiste a una muerte pregonada.

martes, 25 de enero de 2011

Contaminación

Empiezo la semana con este artículo de David Trueba, publicado en El País el pasado jueves. Algunas partes no tienen desperdicio.

Madrid anda temporalmente sin autobuses turísticos. Estos vehículos son un recurso para las urgencias del visitante, que colecciona lugares como sellos en el pasaporte. Pero en estos días la supresión del servicio en Madrid es casi una exigencia sanitaria. Los índices de contaminación son tan elevados que no sería raro que algún turista, después del paseo por la ciudad, se fuera directo a presentar una denuncia por intoxicación de dióxido. Ahora las querellas han sustituido a la sastrería a medida y cualquiera puede presentar sus querellas favoritas, como mi amigo íntimo, que quería ponerle un pleito a Frank Sinatra porque a causa de los vapores románticos de Strangers in the night contrajo matrimonio.

Madrid le está fumando encima a sus ciudadanos. Lo hace cada día en índices que la comunidad europea ha calificado de ilegales. Mientras tanto, nadie avisa de que hacer deporte en la ciudad es como correr la maratón fumándose un habano. No parece sencillo que la ciudad que celebró hipotecarse a cambio de la accesibilidad en coche tenga ganas de cambiar de modelo. Capital del asma y las alergias, Madrid es una ciudad hospitalaria hasta con el enfisema, somos así.


Los medios, en cambio, se han hecho eco y altavoz de las protestas de los ciudadanos por contaminar con las lenguas del Estado el Senado, esa Cámara que tanto nos apasiona. La idea inmarchitable de que todo idioma de nuestro país distinto al castellano es un invento o una esmerada estrategia para fastidiar, regala a los nacionalismos las lenguas para tejer con ellas su dinámica acogedora frente al desprecio ajeno.


Siempre aparece la bendita excusa, más en tiempo de crisis, de que el dinero no hay que malgastarlo. Pero solo nos informan al detalle de lo que cuestan algunas cosas, no todas. Siempre ese dedo señalador del dispendio apunta contra la lengua o las expresiones artísticas. Por eso la ciudadanía preferirá gastar mil millones en un túnel para coches que 1.000 euros en un traductor.

La prensa jalea las indignaciones populares. Yo hoy no me sumo, me resto, pero si hace falta juro usar el mismo método que Mariano Rajoy con las opiniones más atrevidas de su partido: por la mañana las arropo y por las tardes me distancio.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Poema antinavideño

Como estos días estoy de vacaciones tengo que aprovechar para estar con la familia, que a lo largo del año la tengo algo abandonada. Por eso no me da tiempo a actualizar tanto como quiero, ni tan siquiera puedo dedicarme a preparar entradas nuevas. Por ello os dejo para hoy con un poema de Joaquín Sabina, publicado hace tres años en Interviú, que nos da una versión distinta de la Navidad. El poema se titula "A Belén pastores".

No me trago el espíritu navideño,
vomito si me endosan un villancico,
el niño grande es viejo, bobo y pequeño
y el ángel de la guarda se mete un pico.

La nieve es de garrafa y la nochebuena
mala para las putas y los camellos.
La estrella de Belén… menuda faena
para los palestinos con alzacuellos.

Los mejores deseos y el alma negra,
la ternura peor que el mejor pecado,
qué espanto el arbolito y el matasuegras,
la zambomba, el turrón, la nuera, el cuñado.

Y el Gordo que tampoco toca este año
y el niño que te mete un dedo en el ojo.
Para comer las uvas del desengaño
mejor solo en la trena como el pantojo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El viajero en la Gran Vía

Para acabar la semana de forma tranquila os dejo con dos historias, "El Viajero" y "El Regreso". El autor de la primera es Angel José Pérez y fue el ganador del tercer concurso de microrrelatos de las Bibliotecas Públicas Municpales, organizado por el Ayuntamiento de Madrid, cuyo tema central era la Gran Vía, mientras que la autora de la segunda historia es Mª del Consuelo Padilla y fue la finalista de dicho certamen.
Espero que os gusten.


El viajero

Salió de la consulta médica con el fatal diagnóstico bajo el brazo y una idea fija en la cabeza: viajar, conocer mundo.
Recibido el consuelo de sus hijos, empezó a organizar rutas en la soledad de su casa y, aunque débil, pensó que tampoco tendría que alejarse mucho: alrededor de la Gran Vía estaba el Mundo. Así fue como con unos cuantos billetes y las pastillas necesarias que había conseguido del comprensivo médico, esa misma tarde visitó tres países. Recorrió el delta del Níger y aspiró el olor a mar en los brazos de la oscura Amina, su vista se perdió en las grandes llanuras ucranianas y acarició sus trigales en el pelo de Iryna y en la piel de Wei Ling apreció la delicadeza de la porcelana china y el aroma del cerezo en flor. A la noche, agotado, pensó en los viajes del día siguiente.


El regreso

En la calle de Alcalá con Gran Vía se había formado un gran revuelo. Un anciano, medio desnudo y desorientado, pretendía a toda costa entrar en un edificio. La policía acordonaba la zona, mientras dos agentes trataban de impedírselo. El hombre, forcejeando, juraba y perjuraba que aquella era su residencia y que una mujer alada le había echado de su casa, ocupando su vivienda. Los agentes se compadecieron. Sin duda, su avanzada edad le había afectado la razón. Le pidieron el DNI para comprobar su domicilio, pero iba indocumentado. Con infinita paciencia trataron de explicarle que aquel edificio siempre había pertenecido a una compañía de seguros y que nunca había albergado inquilinos, pero él insistía, vociferando y profiriendo amenazas contra aquella imaginaria mujer. Uno de los viejos porteros que vigilaban el edificio, al reconocerle, le saludó efusivamente: "¡Hombre, Ganímedes! ¿de vuelta a casa?"

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un hombre feliz

El texto de hoy apareció publicado en el periódico "Madrid cómico" en 1895. En él, el escritor Sinesio Delgado, nos demuestra que lo de la crisis no es algo de ahora, y que siempre ha habido y habrá gente que si en los tiempos buenos lo pasa mal, en los malos mucho peor no lo puede pasar. Todo ello visto con el toque de humor de la época.

La cosa está muy mala, Guerra en Cuba
miseria en el país, baja en el crédito,
irregularidades y chanchullos,
desdichas y carencia de dinero...

Yo no he tenido nunca dos pesetas,
como con apetito... lo que encuentro,
me visto con los trapos que otros tiran,
junto al pilón de la Cibeles duermo.

Me importan tres cominos los apuros,
del país, de la Hacienda y del Gobierno;
los médicos mejores de la villa
me asistirán si enfermo
y en un coche gratis
me llevarán al cementerio

Dicen que será malo el año próximo:
¡yo apuesto la cabeza a que no pierdo!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Madrid va a reventar

Aunque las entradas relacionadas con la política no son muy comunes en este blog hoy os voy a dejar con un artículo del periodista Enric Juliana, publicado en el periódico catalán La Vanguardia, en el que podemos hacernos una idea de cómo se ve fuera de la capital lo que estos días está ocurriendo en las relaciones Ayuntamiento-Gobierno central.


Madrid va a reventar
La profecía del taxista fitipaldi se ha cumplido. Una noche, hace cuatro años –lo recuerdo bien porque faltaba poco para las elecciones municipales–, cogí un taxi un tanto especial. El tipo corría como un loco por la calle Velázquez, filosofando en voz alta sobre el destino de Madrid. Durante un cuarto de hora, desde María de Molina hasta las estribaciones del Bernabeu, bien agarrado al asidero, me sentí protagonista de Noche en la tierra, la película de Jim Jamrusch que retrata el mundo desde cinco taxis nocturnos. (Roberto Benigni, desternillante paseando a un cardenal por las callejuelas de Roma) Aquel era el sexto capítulo. Don Latino de Hispalis al volante. Un Valle-Inclán de Vallecas saltándose los semáforos en rojo en los confines del distrito de Chamartín.

–Le aseguro que Madrid va a reventar. Está cantado que Madrid va a reventar. El pufo será impresionante.
–Perdone, ¿por qué cree que va a reventar Madrid?
–Este tío nos ha endeudado hasta las cejas. Le aseguro que Madrid va a reventar, pero yo a este alcalde le pienso votar. Los tiene bien puestos.
–¿Cómo?
–Oiga, este hombre lleva cuatro años abriendo agujeros bajo tierra; el soterramiento de la M-30, oiga, es espectacular; lo ha puesto todo patas arriba, nos ha endeudado a tope, pero le aseguro que este alcalde acaba las obras a tiempo. Vamos a reventar, pero yo le voto. Sí, señor, a este alcalde yo le voto.

Fue una carrera alucinante. Al bajar en Alberto Alcocer me temblaban las piernas, pero había aprendido algo interesante sobre el alma de la ciudad. La potencia. La bravura. La determinación. La desfachatez. Y esa instintiva convicción de que todo sigue siendo posible en las proximidades del Estado.

En Madrid, las cosas no se diseñan, no se debaten más de la cuenta, ni se cuestionan a la barcelonesa manera –aquí una audiencia vecinal, allá el Foment de les Arts Decoratives, más allá una carta en La Vanguardia; un tema del día en el programa de Josep Cuní y una pancarta en un balcón del Eixample–, en Madrid, las cosas se dictan y ocurren. Ese es su orden.

Madrid, como profetizaba el taxista castizo y visionario, está a punto de reventar. El alcalde Alberto Ruiz-Gallardón acudió ayer a la Moncloa para que el Estado le ayude a refinanciar la monumental deuda del municipio, cifrada en 7.200 millones de euros, cuatro veces lo que deben Barcelona y Valencia juntas.

Zapatero, según la versión oficial, le dijo que no, alegando el riesgo España en los mercados, reactivado estos días por el derrumbe irlandés y el fado triste de Portugal. El rescate de Madrid en el Financial Times tendría su impacto. (Y el PSOE, no lo duden, quiere que las deudas del Partido Popular queden públicamente expuestas. Que se ventilen durante un tiempo. Ruiz-Gallardón sería temible como número dos de Rajoy en las generales.)

Hay tensión. El alcalde desmiente el rumor de que no queda dinero para pagar las nóminas. Los créditos puente crujen y hay unos bonos a devolver que están en manos de bancos alemanes.

Si usted ha comprado títulos del empréstito Castells –los bonos de la Generalitat a interés griego–, olvídese de las bravuconadas inútiles de la campaña electoral y no pierda de vista el agujero de Madrid. Se está fraguando una operación de Estado.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Madera de escritor

Hoy que para muchos es un día movido con todo el tema de la huelga general os dejo una entrada amable para olvidarnos por unos segundos de todo lo demás. Se trata de un microrrelato de Julio Llamazares en el que, para variar, no aparecen hechos históricos, ni monumentos, ni muertes, ni leyendas,... Espero que os guste.

"Cuando él vio el bosque que habían talado para publicar sus libros, el escritor dejó de escribir. De repente, tuvo una visión: Madrid era un gran libro lleno de personajes y cada ventana de sus edificios era una página"

Julio Llamazares, escritor

viernes, 10 de septiembre de 2010

La mujer que dio a luz un gato

Esta historia, contada por Ángel del Río, fue publicada en el periódico El Mundo hace unos cuantos años dentro de la sección "Misterios de la ciudad"


Se llegó a creer madre del felino. Vivía esta mujer, de salud muy quebradiza, en una calle del Rastro. Pasó dos días en estado de inconsciencia, hasta el punto de que sus vecinos la dieron por muerta. No hallando solución los médicos, se hicieron cargo del cuerpo de la mujer una serie de curanderos y parteras, que consiguieron devolverla a la vida. Según éstos, se hallaba embarazada y durante el tiempo que estuvo inconsciente, dio a luz un gato.La parturienta quedó convencida, hasta el punto de que empezó a tratar al felino como si fuera su hijo.

Lo cuidaba, mimaba, y confeccionaba sus ropas. Acudió a bautizar al animal y le puso por nombre Felipe. La mayoría del barrio creyó en tan sobrenatural parto, un misterio que nadie alcanzaba a desvelar. La madre hizo testamento a favor del gato, pero no resultaba válido, ya que ningún código de leyes admitía en aquellos tiempos que un animal fuera heredero de los bienes de un humano.

Al morir la mujer, se desata la polémica: es necesario cumplir su última voluntad y permitir que el felino se convierta en dueño de sus propiedades; otros pensaban lo contrario. En esas estaban, cuando un buen día el gato desapareció sin dejar rastro. Se acabó la polémica, pero no se aclaró el misterio, pues hubo quien afirmó que el felino había adquirido los mismos rasgos físicos de la mujer y que no había duda de que era carne de su carne.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Enamorado de mi banco

A continuación os dejo con "El Banco", un relato de Santiago Gil incluido en el libro “El Parque”. Quizás sea un poco largo, para aquellos que están acostumbrados a ir por los blogs casi de pasada, pero creo que merece la pena gastar unos minutos en leerlo.


Un banco, ese es mi banco, y es todo cuanto tengo en este mundo. Por el día me gusta estar cerca de él para que no le suceda nada. Me fijo bien en qué se sienta y en lo que hace la gente mientras está sentada. Por las noches ya estamos él y yo a solas, y en la confidencia de la oscuridad y el miedo, y un poco también por matar el frío o el calor, nos contamos lo que ha acontecido durante el día. Realmente hablo yo sólo, pero como si fuera dos. Soy capaz de darle al banco la voz que se merece, acogedora, algo solemne, sabia, y por supuesto cómplice y cercana. Me cuenta lo que hablan los viejos cuando están toda la tarde viendo pasar el tiempo antes de llegar a la muerte diaria de sus casas, también de lo que conversan los fumados de marihuana o los borrachos ocasionales, y a veces se pone cachondo y me pide que le acaricie las maderas y el espaldar cuando recuerda los arrumacos y las frases que se repiten los enamorados mientras se meten mano y apoyan las posaderas en sus tablas.

Sólo lo pierdo de vista cuando tengo que ir a buscar algo de comida a un restaurante cercando que me guarda los restos, y cuando me entran ganas de cagar o mear. El resto del tiempo estoy siempre al acecho, vigilante de lo que pase o deje de pasar en mi banco, que es como creo que ya he repetido, lo único que me queda en el mundo. Sí es verdad que cuando a veces me duermo por el día viene la policía y me levanta de malos modos, y también me dice que me vaya del Retiro, que no quieren volver a verme por aquí, pero yo hago como que me voy y luego vuelvo, y entonces lo vigilo más de lejos. Por las noches, en cambio, como mi banco está en medio de los árboles, nadie viene aquí a molestar y puedo dormir con él tan ricamente. Dormir y también hablar, que a él se conoce que le gusta que esté yo aquí sirviéndole de médium y dándole voz y carácter a su existencia.

Realmente, hoy por hoy, me preocupa más el futuro de mi banco que el mío propio, entre otras cosas porque del mío hace tiempo que ya está todo dicho, carne de cañón, borracho con problemas mentales, uno de los tantos mendigos miserables y hediondos que aparecerán muertos en los bancos de Madrid durante los próximos años. Él, sin embargo, mientras no haya una renovación del mobiliario del parque, está condenado a quedarse solo y otra vez en silencio para el resto de la eternidad, y encima aguantando el peso y las conversaciones de todos los que seguirán viniendo a ordenar su vida en estos bancos cada vez con más personas tristes o desequilibradas sobre ellos. A mí la vida me importa un pito, pero pensando en lo que va a ser de él sí me entra un reconcome que a veces no me deja ni dormir: yo se lo hago saber muchas veces, y él calla, y se queda como si no pasara nada, cuando yo sé que también está tan preocupado y tan acojonado como yo con la que se le puede venir encima. Cuando los días me vienen muy mal dados, y les puedo jurar que son casi todos los que el destino baraja en mi contra, me abrazo a mi banco y le digo entre sollozos de borracho llorón que no le dejaré nunca. Son, lo sé, las cosas que tiene la intemperie, pero yo las cuento por si acaso, a ver si cuando yo ya no esté alguien se puede hacer cargo de estas cuatro maderas que tanto y tanto me han querido todos estos años. Mi banco está, yendo en dirección a Vallecas, a unos quince metros a la derecha del camino que conduce del Paseo de Estanque a la estatua del Ángel Caído, en medio de un castaño y de un tilo enorme que sobrepasa al resto de los árboles que hay en esta parte del parque. Debajo de las maderas, si te agachas con cuidado, podrás ver que pone Ulises y una fecha de hace dos años. Ulises, no creo que haga falta aclararlo, soy yo, y ese banco es todo lo que me queda en el mundo. Si me muero, que lo haré a buen seguro un día de éstos, les pido que me lo protejan y que vengan a darle conversación y a acariciarle de vez en cuando. A lo mejor no consiguen que les hable, pero les aseguro que les quedará eternamente agradecidos. Y yo también.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Monólogos al lado del estanque

Este relato es del escritor Juan José Millás y apareció publicado en su libro Articuentos.

La crisis ha llegado al parque del Retiro en forma de maná para los echadores de cartas: controlo su clientela y me parece que ha aumentado en los últimos domingos. La gente no va a que le digan el futuro cuando es feliz, que la felicidad es muy absorbente y no deja hueco más que para la dicha.

La gente se sienta o se derrumba frente al astrólogo cuando no tiene nada que perder, cuando no pueden predecirle nada peor de lo que ya le pasa.
-Vas a conocer a un señor extranjero -oí que le decía un echador a una dama vestida de negro.


Parece que los señores extranjeros pueden volver a funcionar como príncipes rescatadores. Uno creía que el extranjero estaba desmitificado desde que nos habíamos convertido en emigrantes de nosotros mismos. Pero hay quien piensa que no, que la felicidad viene de afuera, sin darse cuenta de que se puede ser de fuera habiendo nacido dentro.


Ayer, en el Retiro, a la hora del crepúsculo, mientras los brujos echaban las cartas a las señoras de negro, las familias echaban miguitas de pan a los peces del estanque.

-Parecen ratas -dijo un niño.


Es verdad, el modo en que sus cuerpos grises hervían en torno a la comida evocaba un grupo de roedores despedazando una inmundicia. Al otro lado del estanque, entre las estatuas, se apreciaba una multitud de gente quieta, como a la espera de que el crepúsculo pasara para ponerse en movimiento.


Me senté en un banco, junto al tenderete de una pareja argentina que hace guiñol. A mi lado había un tipo en chándal comiéndose un helado y sonriendo. Tenía el cuello agrietado por alguna enfermedad e intentaba cubrirse las llagas con la mano libre.
-No puedo dejar de hablar conmigo mismo -dijo.

Compuse un gesto neutral, que no invitaba a hablar, aunque tampoco a callarse. Decidió seguir:
-O sea, empiezo a hablar cuando me levanto y ya no paro hasta la noche. Es agotador.

-¿De qué te hablas? -pregunté.

-De todo. El semáforo está rojo, por ejemplo, y me digo vaya, está rojo, a esperar tocan. Entonces se pone verde y digo bueno, vamos a cruzar, que para eso hemos realizado la inversión, la espera. Entonces me fijo en alguien y cambio de conversación. Ése es igual que mi padre, digo, mi padre tendría la edad de ése si viviera. Bueno, es todo el rato así, diciéndome cosas. Resulta agotador.


El sol se había puesto a nuestra espalda; las personas perdían identidad, transformándose en siluetas. Todo continuaba en movimiento, pero a la vez todo parecía quieto, como si la gente no avanzara a pesar de mover los pies.
-Por lo visto, le pasa a todo el mundo -continuaba el del cuello agrietado-; todo el mundo mantiene un coloquio permanente consigo mismo, lo que pasa es que no se dan cuenta. Yo me he dado cuenta desde lo de la enfermedad porque cuando vas a morir te enteras más de las cosas.

En esto observé que un tipo metía en el bolsillo de otro unas pinzas largas, de madera, extrayendo con sorprendente limpieza unos billetes que recogió un tercero. Vi pasar a la dama oscura destinada a conocer a un señor de fuera; movía la cabeza como si se diera la razón. De súbito, tuve el sentimiento de que yo era real, como todo cuanto sucedía a mi alrededor en aquel crepúsculo infinito.
-Sigue hablando -rogué al sidoso, y me hundí en ese modesto bienestar que sólo proporcionan las cosas reales.

viernes, 6 de agosto de 2010

La leyenda del cazador

Esta historia está escrita por Ángel del Río, cronista de la Villa y fue publicada en la edición digital del periódico Ya.

Cuenta una vieja leyenda, de esas que adornan la historia imaginativa de Madrid, que en tiempos remotos, una partida de cazadores salió a los entonces abundantes y frondosos bosques madrileños situados a extramuros de la Villa, con el ánimo de llevar a cabo una cacería de osos, de la que no obtendría carne para alimentarse, pero sí pieles para comerciar con los vecinos y rivales segovianos.

En uno de los parajes más recónditos, dos de la cazadores se dieron de bruces con una covachuela a cuya entrada andaba confiado un enorme y precioso ejemplar de oso. Los hombres se miraron y con un gesto de complicidad dispararon al unísono sus escopetas, abatiendo al plantígrado, que rodó por los suelos herido de muerte.

Mientras desollaban al animal, escucharon un doloroso rugido que procedía del interior de la cueva, donde hallaron a la osa envuelta en un desconsolado llanto, mientras cuidaba de dos pequeños oseznos. Los cazadores quedaron impactados por la escena, decidieron cuidar a la osa y para resarcirla del año que le habían producido, le otorgaron el privilegio de incorporarla al escudo de Madrid. De ahí que se diga, por esta leyenda y por otros argumentos más eruditos, que el animal que figura junto al madroño es una osa y no un oso.

La leyenda podría repetirse en estos tiempos, donde una partida de cazadores sale de montería; dos de ellos se separan del grupo para una caza más selectiva, se adentran en el bosque, que en la antigüedad pudieron ser los terrenos donde hoy se haya la plaza de Colón y la calle de Génova.

Ven sobrevolar el cielo una bandada de pájaros. A falta de presas mayores en su punto de mira, deciden disparar contra la bandada de aves, y abaten a una de ellas. Y se llevan la gran sorpresa cuando comprueban que se trata de una gaviota, un ave marina en pleno secano mesetario. Uno de los cazadores, sediento de caza mayor, justifica su frustración: “Ave que vuela, a la cazuela”. Y dan por finalizada la montería que se queda en caza menor, después de meterle plomo en las alas a la sorprendida gaviota.

Moraleja: si tiras como un idiota, en vez de cazar un oso, cazas una gaviota.