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martes, 11 de septiembre de 2012

En el metro


Para hoy os dejo con un relato de Toni Negre en el que podréis leer cómo es uno de esos viajes en el, a menudo, atiborrado metro de Madrid. Para el que no conozca al escritor del texto os dejo un enlace a su rincón literario, en el que podréis seguir disfrutando de su sentido del humor. ¡Sin duda alguna...VALE!


En el metro 

Hace poco que he llegado de Madrid. En la capital me muevo en metro. Hora punta. Entre los pasajeros no cabe un alfiler ni un papel de fumar. No puedes hablar. A duras penas, respirar. ¡Ding, dong, dang, ding! Voz de hombre, "próxima parada...". Voz de mujer, "Nuevos Ministerios" ¡Ding, dang, dong, ding! El metro desacelera de forma brusca pero nadie se desplaza porque doblamos el aforo permitido y aquella cosa llamada inercia no puede actuar. Desde la ventanilla observo un bulto en el arcén. El bulto se vuelve más grande a medida que nos vamos acercando. Preocupante. Bueno, no. No subirá porque no cabe. ¡Briiiii! Sonido chirriante que hacen las ruedas del metro cuando se frenan. ¡Zasssss! Se abren las puertas. El bulto enorme del arcén resulta ser una señora de raza portentosa. Inmensas tetas. Inmenso culo. Grandes y fornidos brazos. Enfundada en unos vaqueros imitación D&G con dibujo de lentejuelas a juego en los bolsillos traseros. Morritos pintados color rojo pasión. Pelo recojido y bolsito en bandolera al gusto. Zapatos deportivos para la ocasión. ¡Es imposible que suba! Estaba esperanzado. Error. La señora de raza portentosa y última versión del Homo Hábilis entra con dificultad por tamaño y por espacio. No bajó nadie pero entró ella. ¡Por Dios! 

Del primer empujón mi persona física se vio transportado desde la entrada del vagón hasta el lado opuesto. Maleta de viaje incluida. Éramos una masa compacta de gente impenetrable. Como sardinas en lata. Del segundo empujón intentó lo mismo con un abuelo octogenario. No lo consiguió. Todavía recuerdo la mirada agonizante en busca de ayuda que no le pude prestar por más que quise. El representante de la tercera edad avanzada se quedó en medio del vagón literalmente empotrado contra una barra vertical que hace las veces de agarradera. La señora de raza portentosa de grandes tetas y culo inmenso. Brazos y manos fornidas y morritos pintados color rojo pasión siguió empujando con fuerza hasta conseguir que el octogenario agonizante -casi en fase terminal- y la barra vertical se fundieran en una misma cosa a modo de pintxo de cocina de autor. No puedo olvidar su mirada. Me persigue a todas partes y a todas horas. No puedo cerrar los ojos porque me aparece una y otra vez hasta provocarme pesadillas. No he sabido más de él. 

Ella sólo estuvo un trayecto. De Nuevos Ministerios a Gregorio Marañón de la línea diez del metro de Madrid. Su efecto fue devastador. He buscado aproximaciones literarias para mejor entendimiento y comprensión de la mujer que describo. La mejor referencia es la que aparece en el Quijote cuando traza el perfil de Aldonza Lorenzo. Hija de Lorenzo Corchuelo. Señora del universo. Tan forzuda como el mejor zagal del pueblo. Moza de chapa, hecha y derecha, y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante que la tuviera por señora. Qué rejo que tiene y qué voz. Nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana, con todos se burla, y de todo hace mueca y donaire. Gastada la faz de andar por el campo, el sol y el aire. Toda una princesa. A esto me refería. Calcada a Aldonza Lorenzo que igual grita encima del campanario, rastrilla lino en las eras o viaja en el metro de Madrid. 

Nadie podía agarrarse por falta de espacio lo que provocaba que estuviéramos a merced del vaivén caprichoso y monótono. En un descuido, la señora de raza portentosa. De manos y brazos fornidos levantó uno de ellos para agarrarse a una barra horizontal puesta en lo alto del vagón. Se cogió a ella. A partir de este momento todo me resulta confuso y lo escribiré más o menos como creo que ocurrió. Mi nivel de conciencia y el del resto de pasajeros fue disminuyendo hasta marearnos. Era un olor hipnótico y sedante de sobaco de temporada alta estival. Casi mejor así. Con las facultades mentales mermadas y un punto de semi inconsciencia el sufrimiento fue menor. Me estoy recuperando. Gracias. 

Estoy en casa y quiero olvidar esta terrible experiencia y este olor anestésico que desprendía. Ya he pedido hora a mi psicoterapeuta para empezar el tratamiento cuanto antes. Los privilegiados que viajaban sentados en lugares destinados a minusválidos y que tenían libro abierto para leer...lo cerraron al tiempo que los ojos y se obnubilaron. 

¡Ding, dong, dang, ding! Voz de hombre, "próxima estación...". Voz de mujer, "Gregorio Marañón". ¡Ding, dang, dong, ding! El metro vuelve a desacelerar bruscamente y otra vez la inercia no puede con la masa de gente y no actúa. Nadie se mueve. Ni siquiera te puedes caer desmayado por falta de espacio. Te tienes que desmayar de pié. ¡Briiiii! El vagón se para. ¡Zasssss! Se abren las puertas y la señora de raza portentosa. Grandes tetas. Culo inmenso. Cabello recogido. Brazos fornidos. Morritos pintados color rojo pasión y zapatos deportivos...¡bajó! Más de la mitad de los pasajeros hicieron lo propio con la mirada perdida. Alguno bajaría por necesidad, otros por equivocación y otros seguirían trayecto por no estar recuperados del todo. Desde el arcén pude ver al octogenario representante de la tercera edad avanzada que seguía empotrado en la barra vertical. Pobre hombre. A su edad. A partir de ahora me desplazaré a pié. Callejear será bueno y, de paso, a mirar escaparates. Salud.


lunes, 27 de febrero de 2012

La víspera fue La Paloma

Para empezar la semana os dejo con este microrrelato de Carmelo Jiménez, al que tuve la suerte de conocer hace una semana en una quedada de microrrelatistas, y me ha dejado esta historia para compartirla con vosotros. Su blog, por si queréis echarle un vistazo se llama Descontrato y este es el enlace: http://descontrato.blogspot.com/ 


LA VÍSPERA FUE LA PALOMA 
El motivo por el que el barquillero tenía, siempre, tan horrible suerte con su propia ruleta, estaba irremediablemente ligado a su popularidad entre el público infantil. Lo habitual de esta circunstancia eliminó, en gran medida, el factor sorpresa cuando los agentes, dejando atrás la castiza estampa de chotis y churros, encontraron, apilados en la humilde y hedionda estancia de tan típico personaje, aquellos pequeños cadáveres. 

P.D. Por si acaso alguien se la perdió os dejo el enlace a una entrada: "Al rico barquillo" que publiqué sobre los barquilleros hace ya tres años

viernes, 13 de enero de 2012

Amor y desamor en el metro


Para variar hoy subo un microrrelato que no es mío. Lo he encontrado por casualidad en el Blog de los lunáticos doloridos en verso, se titula "Pis pas love" y está escrito por Paco Conde. Espero que os guste esta historia de amores y desamores en el metro.


Ella subió en Banco de España. Él la miró. Cuando llegaron a Sevilla se habían contado sus vidas vacías. De Sevilla a Sol hicieron el amor envueltos en las miradas del resto de los viajeros. Algunos dijeron que eran la pareja perfecta, otros que no durarían ni dos paradas. De Sol a Callao se casaron. Músicos peruanos amenizaron la ceremonia con charangas y zampoñas. Hicieron trasbordo y se fueron de luna de miel a la Línea 5. Entre Ópera y La Latina fueron las personas más felices del vagón. Próxima estación: Puerta de Toledo. Era el destino de él, pero no el de ella.

jueves, 11 de febrero de 2010

Alergia de Madrid

Con la entrada de hoy retomo una sección que desde hace un tiempo tenía algo aparcada. En este caso la entrada llega de la mano de Javier Redondo, autor del blog A vuela pluma, en el que Javier nos muestra todo aquello cuanto le acontece y le pasa por la cabeza en su día a día. Desde hace un tiempo Javier tiene escrito el libro "Crónicas de la India" que está pendiente de encontrar editorial. Así que ya sabes, si tú que estás leyendo esta entrada, trabajas en alguna, ahí tienes tu libro.

11 de febrero. Día primero de alergia. Anoche empezaron a irritárseme los ojos y hoy, en el transcurso de la mañana, las tuberías de mi nariz sufrían una fuga de mucosidades que iba cada vez a más. Resulta patético mantener una conversación en el trabajo cuando tienes un surtidor de fluidos transparentes encima del bigote.

Ya es primavera, pues; aunque el planeta esté a poco menos de la mitad del camino hacia su equinoccio. Lo que ocurra en las estrellas me trae sin cuidado. Me fío más del aroma de los brotes en las ramas de los árboles y de las flores en agraz, de la brisa fresca que prende las mejillas de las muchachas, del rumor de los gorriones en las plazas de la Villa, del fulgor del sol sobre los bulevares de la Castellana.

Las calles de Madrid se me antojan un lugar acogedor para vivir. Eso lo dice alguien que duerme bajo techo cada noche, aunque también alguien que ha dormido más de una vez al raso y que ha pasado alguna madrugada lluviosa al amparo de los soportales de las plazas. Puedo asegurar que los riñones sufren igual tras un sueño desvelado sobre un lecho de cemento desnudo que de mármol pulido. Y, en verdad, para uno, que a fuerza de algunos años de recorrer las mismas calles diariamente conoce a los habitantes de las aceras, las esquinas y los bajos de los edificios, su mera presencia supone un destello de la calidez del hogar.

El mundo gira sin freno. Otra vuelta más, pero quienes surcamos sus calles seguimos siendo los mismos, como si Madrid fuese el eje de giro y no le afectara su impulso centrífugo. Quienes antes mendigaban en las escaleras de los cines, ahora acostumbran hacerlo en la calle del Carmen, cerca de donde un músico viejo cimbrea la tarde al contacto de su arco con el chelo. A otros los veo, cuando paso a su lado, leyendo The Sun con sumo interés, y me pregunto de dónde lo habrán sacado. Los trileros se turnan con los magos para hacer desaparecer billetes de veinte euros ante el asombro de los viandantes curiosos de Preciados; junto a ellos, los músicos agitanados del Este se menean al compás frenético de un número de swing, mientras, en una bocacalle aledaña, un padre y su hijo afinan sus dulcémeles para la jornada que comienza cuando las sombras se alargan.

Verlos todas las tardes en el mismo lugar, año tras año, ejerce en uno cierta sensación de arraigo y solidez de la realidad. Como si necesitara uno la presencia de ciertos pilares rutinarios y esenciales bajo los que cobijarse cuando todo a su alrededor se derrumba. Que estos mendigos, magos y músicos callejeros existan es la única prueba que tiene uno de que la medida del tiempo es igual para todos, de que pertenecemos a la misma realidad. Sus barrigas engordan, les crecen las guedejas y se reúnen entre ellos, conspirando tramas oscuras, creando frágiles alianzas. Contemplar sus devenires día tras día es contemplar la propia existencia desde la perspectiva ajena. A mí al menos me sirve para convencerme de que no vivo en un sueño, de que la vida corre igual para todos.

Son pensamientos que me obsesionan desde niño. Nuestras vidas, las suyas y la mía, se exponen brevemente a los ojos del otro en los segundos que emplea uno en doblar la esquina cada día y se antojan independientes unas de otras. Si para mí representan la vida de la calle como una metáfora del tiempo real, para ellos yo no seré más que ese tipo que pasa por allí al atardecer siempre sobre la misma hora. Estoy seguro de que, si algún día me decidiera a acercarme y saludar a cualquiera de ellos, no harían falta presentaciones, pues todos los que poblamos el centro de Madrid nos conocemos ya de sobra. Uno de los violinistas, sirva de ejemplo, el único que nunca falta a la cita vespertina en la calle Preciados, es húngaro. Lo sé porque una vez le eché unas monedas en la funda del violín y aproveché para intercambiar un par de frases con él. Se llama Stefan, y me sorprendió que apenas chapurreara el español, porque en ocasiones lo he visto charlar con sus colegas. Esa breve conversación sólo sirvió para acicatear mi curiosidad. Un atrayente halo de misterio lo envuelve, y a veces me pregunto qué le habrá traído tan lejos de Hungría. Un verde de éstos que acosan a los peatones de Preciados me contó una vez que circulaba la leyenda de que había sido el violín solista de la Orquesta Filarmónica Nacional Húngara. Nadie sabe muy bien qué hace aquí entonces, tocando al relente cada tarde, solo o acompañado del cuarteto de cuerda, el mismo repertorio de cinco o seis piezas tristes en la calle. Tal vez huyó del yugo comunista. O quizá fuese una mujer quien alentara su periplo. Sería un buen personaje de novela, en cualquier caso.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Donde una calavera

La entrada de hoy nos llega gracias a Jesús Gómez autor de Malasaña en pruebas. Este blog no es nada recomendable para todos aquellos que visitan internet de forma alocada, sin tener tiempo para gozar de la lectura. Si tú no eres de los anteriores, y sí eres de aquellos a los que no les importa dedicar unos cuantos minutos a disfrutar leyendo buenas historias, éste es tu sitio, y si no aquí dejo una prueba.

La Plaza del Cordón está vacía, como siempre a estas horas. Llego por la calle del mismo nombre y me detengo unos segundos, antes de doblar a la izquierda, porque este silencio de ecos distantes y esquinas que prometen misterios y quizás problemas cuenta tantas historias y alguna más como todas estas casas, pero sin piedra, sin renacimiento, sin barroco, sin luna.

A pocos metros de aquí hay otra plaza; es el solar situado entre las calles de Sacramento, Duque de Nájera, del Rollo y Madrid. En su día, según dicen, hubo en él una manzana de donde surgieron tres de las leyendas más conocidas de la ciudad: la leyenda del guardia de Corps, la leyenda de la cruz de palo y la leyenda de la casa de los gatos. No hace mucho, a principios de verano, pasé por delante; tres o cuatro felinos, blanco uno, pardos el resto, comían alrededor de una persona arrodillada que naturalmente me recordó a la anciana de la tercera leyenda. Me acerqué y descubrí que, en efecto, era una mujer; pero no de edad avanzada, sino joven.

Para entender mi sorpresa posterior, hay que cambiar de fecha, de hora y de lugar, aunque la distancia a recorrer es corta: Traviesa, Mayor, San Nicolás y, por último, la Calle del Biombo, que suelo coger para salir a Factor y acercarme a la Plaza de Oriente por ese espacio casi secreto, entre árboles, que se oculta de la mirada de Bailén. Eran poco más de las once menos cuarto, y aún quedaba puesta de sol más allá de Sabatini. Tenía prisa y tropecé con la silla de una terraza, que sonó metálica y aguda. Cuando alcé la vista, vi a una mujer nada común; me pareció la María Magdalena de Piero di Cosimo, pero con la actitud remota, la piel clarísima y el cabello leve de la Magdalena Penitente de Antonio Canova. Si me miró a mí, me atrevesó; si miraba detrás, me vio como un fantasma.

Fue ese detalle único, el de ser súbita e inesperadamente un fantasma, incorpóreo, apenas un velo, y el de serlo ante una aparición fugada de un lienzo o del mármol, lo que me detuvo en seco y me mantuvo en el sitio hasta que ella se giró sin el menor movimiento de telas y desapareció. Di por sentado que habría entrado en alguno de los portales de Factor y me marché. Humana o sobrenatural, se estaba haciendo tarde.

La mujer del solar era la misma; con la piel manchada, el pelo enmarañado y la ropa sucia, pero la misma. Es una vagabunda de los Austrias, y que de hecho, a base de cruzarnos y de intercambiar saludos y comentarios breves, me resulta más que familiar. Puede que la luz del crepúsculo cambiara su aspecto en mi imaginación; o puede que yo la viera, cosas que pasan, como es, como fue o como sería en una realidad menos implacable. Esta vez no me miró, no levantó la cabeza; mantuvo los brazos estirados, con las palmas hacia arriba. Yo me incliné y dejé unas monedas en su gorra. Justo a un lado, donde una calavera acaricia la rodilla de la Magdalena Penitente.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Por los pasillos del Metro

La entrada de hoy llega gracias a Angel, autor del blog Scriptoria, que funciona como una una fábrica en la que nos intenta mostrar todo lo que no se puede tocar: recuerdos, cuentos, sueños. Es un lugar altamente recomendable para todos aquellos a los que le guste disfrutar leyendo. Por cierto, si alguno es editor o conoce a alguien que se dedique a ello, Angel en su página os ofrece la novela En ángulo muerto y el cuento titulado El hombre sin tildes.

Por esos pasillos he reído, he corrido, he llorado, he leído, he soñado, he temido...
He mirado a gente guapa, a gente rara, y me han mirado como si fuese extraño, único.
He respirado un submundo literario y real de personajes fascinantes.

He escrito cuentos y párrafos novelescos. Y en siete años de trayectos subterráneos tan sólo la pasada tarde me paré a oír las caricias que le daba una chica a un clarinete mientras apoyaba su espalda en una de las paredes del metro.

Ocurrió así. Así de triste: Yo iba perdido por los pasillos del suburbano, mirando al suelo, y ella se había puesto en una intersección donde apenas pasaba gente, y la música sonaba mientras yo miraba las preocupaciones y la soledad que algunos habían dejado huérfanas en el suelo, a rastras. Pasé de largo.

Unos pasos más adelante paré en seco, me di la vuelta y la miré. Ella seguía tocando. Tocaba como si hubiese una multitud enfrente. No me pregunté si era guapa, si era extraña. Sólo la miré. Y recordé que nunca le había dado nada a los músicos del metro. Cerré los ojos y por debajo de ellos, a oscuras, pasaron todos ellos tocando sus instrumentos.

Me lamenté en silencio.
Desanduve mis pasos hasta donde estaba la chica y le di algo por todos esos años.
Ella paró de tocar el clarinete y me dedicó una sonrisa. Luego di unos pasos hacia atrás y ella continuó dándole caricias a su instrumento.
Y esa fue la historia más triste que me ha pasado en mucho tiempo.


domingo, 11 de octubre de 2009

Una particular visión del día de la Fiesta Nacional

La entrada de hoy llega gracias a Conde Duque, autor del blog Los evangelios de la risa absoluta. Se trata de una historia titulada "El día del desfile coñazo" en la que Conde Duque nos da su particular visión sobre el día de la Hispanidad y todo lo que le rodea.

Amanece lloviendo. El cielo está oscuro. Me apetece caminar con paraguas y zapatos gruesos por el suelo mojado y pienso que estaría bien pasarse un rato por la Feria del Libro Antiguo de Recoletos, que este año ha llegado con retraso. Me gusta ir cuando llueve porque hay menos gente, el aire está más limpio y relucen más los colores de todas las cosas (algo que, cuando apartas la mirada de la letra impresa y giras la cabeza para descansar la vista, es muy de agradecer). Demoro un par de horas la salida, desayunando y curioseando por internet, y por fin me voy de casa.

Primer disgusto del día: el conductor del autobús dice que, a causa del desfile, sólo puede llegar hasta Velázquez. Coño, no me acordaba del desfile de las fuerzas armadas, pues sí que he elegido un buen día para pasarme por Recoletos: las casetas estarán cerradas o, en el mejor de los casos, rodeadas de una multitud asfixiante. Mejor ni intentarlo. Se me ocurre variar levemente el plan: puedo ir a Moyano, y así saciar un poco las ganas de manosear libros viejos.

Al bajar del autobús, cerca de la Puerta de Alcalá, veo la trastienda de la parada militar. Algunos grupos ya han terminado de desfilar y se dirigen a sus autobuses: camina un ejército de soldaditos de plomo, con sus espadas brillantes; detrás va un grupo de militares vestidos de caqui, con metralletas y pinta de golpistas; más atrás, varios militares extranjeros desperdigados, cada uno con la bandera de su país. Ante panorama tan pintoresco, me arrepiento de no haberme traído la cámara de fotos.

Por Alfonso XII desfilo al ritmo de los regulares de Ceuta y Melilla. Como por aquí ya no hay público (supongo que el desfile termina en Cibeles), pasan a un metro de distancia y camino a su lado. Me gusta el ruido de los tambores, como en Semana Santa. Me fijo y, para mi sorpresa, veo que no hay mucho moro. Creía que tenían que ser todos moros, pero la verdad es que no tengo mucha idea de estas cosas. Ha salido el sol y los soldados van sudando como cerdos. Me llama la atención un escuálido con ojeras, un bajito barrigudo y otro gigantón como un armario ropero, que lleva andares de patoso, con las rodillas hacia fuera. Llevan la barbilla alta y se les ve muy metidos en su papel, como meritorios de ballet pero sin tutú. Unos chicos de la Marina les hacen fotos.


En la acera de la izquierda, junto a las verjas del Retiro, han dispuesto un montón de cabinas-meaderos. En la otra acera hay una barra improvisada en la que regalan latas de refrescos. Supongo que serán para los soldados, que vienen acalorados y sedientos. Primero se tomarán una coca-cola y después la mearán enfrente, digo yo. Veo a una pareja de turistas guiris langostinos merodeando por la barra con cara de gorrones. Son franceses, creo. Su sonrisita de felicidad ante la perspectiva de una bebida gratis me pone malo. Qué tacaños rastreros… Me entran ganas de decirles algo, de darles una colleja, pero, en fin, paso. Sigo mi camino mientras ellos rapiñan unos botes de Nestea.

Pasan los de Montaña con sus uniformes blancos que brillan y los esquíes a la espalda. Son graciosos, parecen de juguete. Se cruzan por delante de mí dos legionarios canijos, de unos 50 años. Uno lleva barba pelirroja y el otro unas patillas gordísimas de cantaor flamenco que le cubren casi toda la jeta. Están perdidos y van buscando su autobús con la mirada. Parecen sacados de un chiste. En la calle Antonio Maura la Guardia Civil está subiendo sus caballos a los carromatos (o como se llame ese artefacto en el que transportan a los caballos).

Ya cerca de Moyano, una hilera de autobuses. Observo que hay una diferencia abismal entre unos autobuses y otros: los nuevos y relucientes son los de los oficiales; los viejos (algunos tartanas a punto de desmoronarse) para los soldados rasos. Un grupo del Ejército del Aire deposita sus municiones en un baúl blindado que tienen abierto junto al maletero del autobús. Algunos hablan con sus familiares, que se ríen, les abrazan y les dan besos (también llevan cámaras de fotos).

Hago la siguiente reflexión: vistos de lejos, en grupo, los soldados imponen y dan un poco de miedo. Son un número. Un número armado, potencialmente agresivo y peligroso. En eso consisten. En cambio, vistos de cerca, cara a cara, uno por uno, son gente que inspira simpatía o lástima, depende. Los hay que se ríen y bromean entre ellos a gritos, los hay que sudan abotargados, los hay que rebuscan en unas bolsas de plástico (en las que hay un bocadillo, una naranja y una chocolatina, o algún otro alimento triste), a algunos se les ve muy cansados y deprimidos ante la vuelta al cuartel, otros se nota que tienen buen humor y disfrutan de la fiesta. Se ve a personas presumiblemente de pocas luces, chavales sin recursos, oficiales serios y relamidos, paletos de pueblo, inmigrantes concienzudos, algún chulillo.

Llego a la Cuesta de Moyano, saludo a Baroja, que está de espaldas, y empiezo a curiosear por las mesas. El sol incomoda un poco la visión, pues da de cara, pero lo más molesto son las moscas que revolotean alrededor de los libros (y no me refiero a esos señores de posguerra mezquinos y carroñeros que acaparan la mesa del librero del guardapolvos azul y la voz aguardentosa: el viejo de los libros a 20 céntimos). Hacía tiempo que no veía moscas en Madrid, y parece que todas se han puesto de acuerdo para venir a Moyano. Son moscas enclenques y bisbiseantes, de vuelo atolondrado. Parecen medio muertas, curtidas a base de manotazos. Acabo comprando cuatro cosas absurdas de temas dispares sin demasiado interés. Lo único que tienen en común es el precio (muy barato). Un Simmel, un Habermas, una guía de Palma de Mallorca escrita por Valentí Puig y el Ragtime de Doctorow. Enseguida me arrepiento, no por el desembolso (entre 1 y 2 euros cada uno) sino por el espacio que van a ocupar en casa. Ya se sabe que donde entran unos no entran otros. Y éstos -me temo- no se lo merecían.

De vuelta por el Paseo del Prado tengo un extraño pensamiento: creo que nunca me habían apuntado tantas metralletas como hoy.

Me doy prisa en coger el autobús de vuelta, que hoy toca cocido en casa de los suegros.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Autorretrato madrileño

La entrada que hoy llega hasta aquí es obra de Merche, que nos regala este poema en el que refleja todo lo que sugiere esta ciudad, a la que llego hace un tiempo llena de ilusiones y expectante ante lo que se avecinaba. Hoy, unos cuantos años después ella ya es una integrante más de "esta jungla donde los camaleones pueden vivir felices".

Si no la conoces puedes disfrutar con sus textos en sus varios blogs donde nos muestra la madera de escritora que tiene. Anímate y pásate por allí, merecerá la pena. Tienes para elegir: Avellaneda, Pasión y Desencuentro, y Escenas de Vida

Atraqué en el puerto madrileño
antes del efecto dos mil
y le perdoné su falta de mar.

Desde el primer día
de paseos concéntricos
de miguitas de pan
para no perderme en su enormidad
en mi retina se matizaron
sensaciones conocidas y extrañas.

Mis ojos hasta entonces
abarcaban paisajes
demasiado tropezados.
Bendije encontrar
la diversidad, la diferencia.
Agradecí la bienvenida
sin muchas preguntas.

Salir a sus calles
es mantener abiertos
los sentidos más primitivos.
No sé por qué me ha ganado,
quizá es su color que no podría definir
es la frescura de un portal en verano
el abrigo de sus calles cuando hiberno.

Madrid me ha hecho egoísta
todo lo que observo me lo quedo
sus rincones me pertenecen
desde que mis pies
se hundieron en su perfil.



Madrid se me antoja cambiante
en su cotidianeidad.
Es una ciudad llena de pequeños pueblos
un cosmopolitismo a punto de explotar
inocencias disfrazadas de ambiciones
solidaridad silenciosa, sin nombres
transparentes que luchan por ser vistos
orgullo teñido de escepticismo
alberga guaridas de silencio
que hacen más sonoro el ruido
las esquinas, los cruces
la sorpresa de un encuentro
el descubrimiento de lo único
que siempre estuvo allí
sensaciones irrepetibles
llenas de transiciones.

Madrid
jungla que crece
donde los camaleones
pueden vivir felices.
Ciudad de contrastes
que acogió sin preguntas
mi saco de contradicciones.

viernes, 28 de agosto de 2009

Madrid y el desnudo anónimo

La entrada de hoy llega de la mano de Juan Rey, al que conocí en la web de tus relatos. Autodefinido como vago profesional, Juan tiene entre otras, aficiones como chapotear descalzo en los charcos, pensar en sexo, y comprarse los zapatos dos números más pequeños. Según él me comentó, las palabras con las que nos muestra su particular visión de Madrid le salieron una noche en la que el alcohol fue su principal inspiración. Veamos cómo quedó el combinado.


Madrid y el desnudo anónimo
que por delante el deneí y por detrás

el tapón de corcho.


Barbieri, Fuencarral,
el Polanas y el mariconismo.

El vicio, el tricio, el triciclo

y el pinchazo en la rueda de plástico

que tiene un niño

que abarca el océano con sus brazos.


Mientras,

la Virgen de Guadalupe le dice no

a la Nueva España

y manda al caimán

a convivir con cinco gatas.

El colilo se enfunda los dientes,
se traga las lágrimas.

Las cuencas y el Amazonas
en salazón...

como una anchoa.


Vermú de grifo y bocadillo de culomares.

Dieta mediterránea en el mar Caribe

pasando por Cantabria,
Córdoba

y todos los filos

de las ciudades cortantes.

( y luego dicen que las mejores navajas son las de Albacete...)


De Cabestreros a Castradores

dos restaurantes

de negros

con cinco tenedores.


Contenedores del humor

que mana de las piernas

de la Virgen de Guadalupe.

Félix y el caimán,

Rodríguez de la Fuente.

Huevos y mantequilla... ..
¡que en esta casa no hay aceite!

viernes, 21 de agosto de 2009

El pollo

La entrada de hoy llega gracias a TitoCarlos autor de Soy Tito Carlos, un blog "de un gato pucelano que regala historias". En esta entrada nos relata uno de sus recuerdos de su infancia cuando vivía en el madrileño barrio de Argüelles.

Todos los domingos por la mañana mi padre iba a visitar a su hermana y me llevaba con él. Me encantaba demostrarle que me conocía el camino de casa al metro y del metro a casa, pensando en que algún día lo haría sin compañía. Recitaba el nombre de las pocas calles por las que pasábamos y todas las estaciones de metro. Bajábamos por la calle de Galileo porque siempre se encontraba con amigotes y tomábamos Fernando el Católico hasta Magallanes, parando un ratito en Casa Ricardo, para saludar y eso; un poco a la derecha está la glorieta de Quevedo, y al metro.

Nos desplazábamos hasta Goya y andábamos hasta la salida de Metro de Velázquez, que era cuesta abajo y ahí vivía mi tía. A la vuelta tomábamos el metro en Velázquez, porque hasta Goya es cuesta arriba, y hacíamos el trasbordo. Saludaba a mi tía y me iba a la cocina; alucinaba en aquella cocina. Era tan grande como mi casa entera; su mesa era como la del comedor de mi casa y cabían cuatro sillas, cuando en la mía no cabía la banqueta y no había ni mesa. Pero lo que más me impresionaba era la nevera, de esas con curvas en las esquinas y ningún ángulo, dando la impresión de una cosa gorda, y con ese picaporte tan raro para abrir su puerta y que hacía “pfffssss!” cuando se cerraba…

Mi tía tenía cocinera; era muy simpática, y siempre me daba una pera de agua o melón fresquito que sacaba de la impresionante nevera. Creo que mi padre nunca se enteró que a media mañana tomaba esas cosas, porque él, que era muy listo, sabría por qué regresaba a casa con tanta hambre. Y es que con esas limpiezas de estómago, las ganas de comer que me entraban al medio día eran espantosas.

Me pasaba el camino de vuelta recordando a mi padre el hambre que tenía, y siempre, como un reloj, había la misma escena frente al bar ‘La Ría del Narcea’, sita en Fernando el Católico frente a lo que eran Galerías Preciados de Arapiles pero por la parte de atrás, antes de llegar a Escosura. Este bar tenía un cartel que decía ‘El pollo dorado’ y tenían la primera máquina asadora de pollos que he visto en mi vida, y estaba colocada de forma que se viera bien desde la calle, churruscándose, dando vueltas y chorreando grasa… a veinte minutos de la hora de comer. “¡Papaaa, cómprame un pollo!”, y a pesar de las negativas yo no me movía observando el girar de los pollos e insistiendo a gritos aquella petición, hasta que mi padre me cogía de la mano y me arrastraba mientras seguía gritando. “¡Jóoo, yo quería un pollo!”

Era así todas las veces, pero no pasaba nada, llegábamos a casa despotricando, comía y ya estaba, pero no se qué pasó aquel domingo, quizá mi padre se enfadó con su hermana y venía calentito, no sé. Me cogió por los brazos y me levantó a su altura, apretaba los labios como para decir algo espantoso, pero en vez de eso me metió en volandas en el bar y me sentó en una silla junto a una mesa. “¡Póngale un pollo al niño de los….!” Gritó a un camarero que se reía mucho, yo creo que es que ya nos conocía de otros domingos. Me plantaron un pollo en la mesa, un poco de pan y un vaso de agua.

Mi padre se quedó en la barra tomándose una cerveza y sin quitarme ojo observó como arrancaba los muslos y me los llevaba a la boca chorreando grasa por la comisura de los labios y por mis deditos, mis manos y mis muñecas; tras los muslos desmenucé las pechugas y me las comía en pequeños trozos acompañando con pan y agua que tuvieron que reponerme varias veces. Me comí la piel churruscadita y rechupé las alitas, deliciosas, antes de mordisquearlas y acabar con ellas, y pedí un plato para los huesos; tuve que insistir, no me lo querían dar, pero es que tenía que quitar todos los huesos y huesecillos, ya rechupados, para poder mojar el pan cómodamente. Una vez limpio el plato consumí un servilletero tratando de que desapareciera toda la grasa de mis manos y mi cara, y me puse en pie ante mi padre que iría por la tercera cerveza y dije mientras sacudía una mano sobre la otra “¡Ya está!”.

El camino a casa fue lento y me salió sin querer un eructo laaargo que incluso me asustó, más que nada por si recibía un coscorrón de mi padre, pero parecía cansado para eso. Mi padre era la autoridad de la familia, así que no pasó nada cuando llegamos a casa tarde para comer, y dijo que ese día ni él ni yo comeríamos. Me puse a jugar mientras mi padre se echaba una siesta. Recuerdo aquel pollo como el mejor que he comido en mi vida, pero no recuerdo la razón por la que dejé de exigir comerme otro; no lo volví a hacer. Pasábamos por el mismo sitio y saludábamos amigablemente a los camareros, pero no volví a entrar en aquel paraíso del pollo asado.

viernes, 14 de agosto de 2009

El hombre del cajero

La entrada de hoy nos llega gracias a Fran Pomares, autor del blog Calle Mayor en el que este periodista nos da su visión del otro Madrid, ese Madrid que se intenta ocultar pero que por desgracia está ahí, vivito y coleando.

Rolando echó el pestillo de la puerta. Era un sitio pequeño, iluminado por una luz blanca que más parecía la de un depósito de cadáveres que la de un cajero automático en el centro de Madrid.

La pantalla del dispensador de billetes mostraba un mensaje en constante parpadeo: "Hipoteca fácil". Rolando sonrió amargamente al leerlo.

Fuera del cajero, la calle era un hervidero de gente camino de casa tras un día duro de trabajo. El sol se había escondido hacía un par de horas tras la Casa de Campo. La ciudad estaba ya a merced de los faros de los coches, neones y farolas.

Rolando echó un último vistazo a través del cristal del habitáculo bancario. Se giró y se tendíó de nuevo sobre el suelo arropándose con una sucia manta a la espera de que de nuevo el sol o la señora de la limpieza de la sucursal le despertaran.

Decenas de personas duermen cada noche en Madrid en cajeros automáticos.

lunes, 3 de agosto de 2009

Amores sangrientos

El responsable de la historia que hoy llega aquí es el polifacético Samsa, autor de Samsablog un lugar donde podrás disfrutar de multitud de textos, vídeos, viñetas, ... En este caso la historia que nos regala se desarrolla en el Metro de Madrid y tiene un final no apto para corazones sensibles. No digáis que no os avisé.

Apoyado contra aquella valla esperando que abriera el metro comprendió que las copas no curan la nostalgia. Al final los recuerdos encuentran un resquicio para arrugarte el alma. La plaza de Tirso estaba llena de cadáveres esperando a resucitar. El olor a orina, los panfletos de gente que compra oro, y los briks de vino se acumulaban en el suelo.

Con las manos en los bolsillos intentaba protegerse del frío del fin de la madrugada, mientras se maldecía por haberse tomado las últimas tres copas. Apenas podía articular palabras. Movía la cabeza con la flexibilidad de un pollo al que le han roto el cuello.

Los ruidos de los cierres de los quioscos advertían que la estación de metro abriría de un momento a otro.

Sus amigos se habían ido escabullendo a lo largo de la noche. Al final acabó con una copa de un falso ron añejo a precio de saldo mirando obsesivamente a las últimas supervivientes del local. La última esperanza tenía el pelo moreno y camiseta a rayas. Un par de besos. Trataba de acordarse del nombre mientras se abrían las puertas de un largo trayecto a casa. En vano, desistió de acordarse. Quizás empezase por eme.

Bajó las escaleras sujetándose de la barandilla. En cada paso se hundía como un bloque de hormigón en el océano hasta que su pie hallaba el siguiente peldaño. Superó con un asombroso automatismo el proceso de sacar el billete del abono, introducirlo en la estrecha ranura, sortear el torno, recoger al billete y volver a depositarlo correctamente en su abono. Se sentía como un muerto viviente arrastrando los pies, dirigido por una única neurona que le marcaba el camino de regreso a casa.

Al llegar al andén contempló que le quedaban catorce minutos aún hasta que llegase el metro. Se apoyó contra la pared y se dejó caer resbalando con poca suavidad hasta el suelo. Aquel repentino movimiento llamó la atención de un miembro de seguridad que adornaba su porra con una banderita de España.

Se miró los brazos y su color no le pareció muy diferente al de las paredes amarillas del andén. Se pregunto si había adquirido la habilidad de mimetizarse o si simplemente estaba enfermo.

El guardia de seguridad se acercó hasta él y se le quedó mirando. Intrigado por la persona que se había colocado justo en frente de él alzo la mirada y trató de reconocerle. No le conocía.
- Ahí no se puede estar.

Se quedó en silenció unos instantes, tratando de conectar adecuadamente las letras que se le acumulaban en su pastosa lengua.
- ¿Me oyes? Te he dicho que ahí no se puede estar.

Guiñaba los ojos tratando así de despejarse un poco y enfocar tanto la vista como las palabras que llegaban a sus oídos.
- ¡Que te levantes cojones!

Se levantó haciendo un movimiento inverso al anterior. Haciendo fuerza con la espalda contra la pared consiguió recuperar la verticalidad. El guardia se marchó con una sonrisa sádica en la boca.

Al llegar el metro se sentó en el sitio más alejado de todos los demás pasajeros y cerró los ojos. Calculó las siguientes paradas para asegurarse que se podía dejar vencer por el cansancio. Tirso de Molina – Sol - Gran Vía - Tribunal acudieron a su memoria con la cadencia propia de la canción y luego tuvo que esforzarse un poco más para recordar que seguía Bilbao, Iglesia, Ríos Rosas y por fin Cuatro Caminos.

Esa voz. Se despertó dudando si había escuchado su voz. Miró a los lados tratando de cerciorarse si solo había sido producto de su estado o de un sueño. No la vio, así que volvió a cerrar los ojos.

Esa risa. Volvió a recuperar la consciencia sobresaltado. Esta vez miró más detenidamente a la gente que ocupaba su vagón. La vio. Se había cortado el pelo. No estaba sola. Su corazón y su cabeza se alternaban en sus funciones. Sístole – Puta – Diástole – Puta – Sístole – Puta – Diástole – Puta. No le había visto. Estaba muy ocupada seduciendo al chico que estaba con ella. Esa risa de nuevo. Jodida puta.

El tren se encontraba parado en Iglesia. El amarillo del andén le hizo mirarse de nuevo los brazos. Tenía que estar enfermo.

Al llegar a Cuatro Caminos se quedó sentado. Clavaba los ojos con tanta fuerza en la pareja que los pasajeros que se percataron de su rabia alternaban la mirada como en un maldito partido de tenis.

La pareja se bajó en la siguiente parada, Alvarado. Iban de la mano. Reían. Se besaban. Se abrazaban. Se tocaban. Parecían tan felices.

Se tapó la cabeza con las manos con desesperación cuando toda esa información fue procesada por su sistema emocional.

Salió detrás de ellos. Al llegar a su altura cogió a la chica del cuello con el brazo derecho y haciendo fuerza con su pierna izquierda logró estamparle la cabeza contra la pared del andén. El resto del cuerpo cayó al suelo sin oponer ninguna resistencia. La cabeza se le ensangrentó en unas décimas. Unos pequeños espasmos hacían que sus pechos se movieran como si estuviera haciendo el amor con la muerte.

Apoyó la espalda contra el andén y se dejó caer de nuevo hasta el suelo. El chico empezó a gritarle algo y a golpearle en la cara. Golpeaba duro, con rabia. Sus ojos daban miedo. Debía estar loco. Empezó a sangrar. Notó como se le reventaban los labios y perdía uno de los dos palatales. El chico cesó y se acercó al cuerpo de ella pidiendo que alguien consiguiera ayuda. Gritaba mucho. Era molesto.

Sus sangres se habían encontrado en el suelo formando un reguero que se precipitaba gota a gota a la vía. Era bonito. Se miró preocupado una vez más los brazos, estaban completamente amarillos, apenas se podían diferenciar de las paredes del andén.

viernes, 24 de julio de 2009

El oxígeno de las palabras

Aprovechando la entrada anterior sobre el maltrato animal, hoy os traigo un cuento en el que de nuevo los protagonistas son ellos, los animales. Su autor es Carlos, coordinador de la Asociación de cooperación y educación Un Mundo Amigo, organización castellano-manchega que mediante iniciativas educativas, trata de potenciar un espíritu solidario y de compromiso social, sobre todo entre los menores.


El zoo de Madrid, siempre fue un sitio muy familiar para mi, podríamos decir que mi segundo hogar. Justo, mi abuelo, era el vigilante nocturno y mi madre y sus hermanos habían nacido y crecido dentro de él. Mis padres nos llevaban prácticamente todos los fines de semanas a ver a mis abuelos y yo aprovechaba aquellas visitas para ver a “mis amigos”.

Era como pasear por una selva o bosque animado, los animales parecían reconocerme y se comunicaban conmigo con gestos y peculiares sonidos que gracias a mi pueril imaginación logre descifrar en poco tiempo, e incluso responder con mi gran habilidad onomatopéyica. Hoy ya he olvidado el lenguaje de los animales, tan solo consigo reconocer el acento de alguno de ellos como los elefantes y los felinos. Lo que no he olvidado ni olvidaré es a Tobías, el chimpancé. Fue uno de mis mejores compañeros de la infancia. Él vivía en su pequeña habitación, una pequeña jaula con una caseta de madera y con un columpio consistente en una cuerda y un viejo neumático. Era Tobías, quien mejor me conocía, y sabia entender mis emociones cuando estaba triste o alegre. Pero lo que mas nos unió fue el hecho de que yo le contase historias.

Cuando con cinco años estaba aprendiendo a leer, descubrí al usar a Tobías como oyente de las torpes lecturas de mis cuentos, que le encantaba escucharlos, pues se quedaba inmóvil y atento mientras duraba la recitación de los mismos. Según fui mejorando mi vocalización y entonación, el efecto de las historias que le contaba, evolucionaron a emociones cuasi humanas como carcajadas en momentos cómicos del relato o ojos llorosos en las partes o finales dramáticos.

Y esta pasión o habito duró muchos años, en las que Tobías y yo compartimos la literatura que me mandaban en el colegio y otros libros que conseguía en la biblioteca de mi barrio. Pero como tantas relaciones, un día terminó. Con la adolescencia empecé a dejar de visitar el zoo, pues prefería salir con mis amigos y mis primeros amores me alejaron de Tobías. Una mañana me llamó mi abuelo, Tobías había muerto. Me contó que llevaba meses sumergido en una profunda melancolía, que ni siquiera la compañía de los niños y niñas que le visitaban le consolaban. Que había perdido el apetito y finalmente aquella noche dejo de respirar.

Fui al Zoo, vi la jaula de Tobías vacía, la puerta estaba abierta y entré en ella. Mire el otro lado del mundo a través de las barras, y entonces comprendí. Comprendí porque Tobías había enfermado, marchitando como una planta que dejas de regar, encerrado en su jaula, las historias que yo le leía le daban la oportunidad de conocer sitios, saber cosas y sentir emociones que jamás estarían a su alcance. Las palabras de los relatos eran el oxigeno para este inocente recluso que nunca cometió delito alguno. Me di cuenta que nadie ni espíritu alguno puede aguantar, sin que le alimenten con esos sentimientos que necesita, que van más allá de plátanos gigantes y una jaula de oro.

Hoy, ha pasado mucho tiempo, y creó que todo era parte de mi fantasía. Pero extrañamente, cuando leo cuentos a mis hijos, pienso que cuando sean mayores alguien les tendrá que seguir contando historias, no importa quien o como, ya sea un libro olvidado, una película de vidas ajenas o cualquier vehiculo que elijan las palabras para que sigamos respirando……