Hoy se asoma a este blog Tamara, la autora del blog El mundo incontable, en el que nos deleita con sus intensos relatos, que no tienen nada que envidiar a los que puedas ver publicados por cualquier autor de campanillas.
El relato que nos regala está ambientado en el metro de Chamberí, en la que fue durante muchos años considerada la "estación fantasma". Lo que nos cuenta Tamara es fruto de un sueño de un familiar suyo, aunque curiosamente, y sin saberlo, todo lo que en él ocurre le sucedió realmente a otra persona cercana.
En realidad el mundo es incontable
En todo caso es provincia de ti"
Las sirenas la sorprendieron acostando al pequeño. Chete se encogió como animal herido y se abalanzó sobre su madre. Volvían las bombas. Los aullidos alertando de la llegada de la aviación enemiga azuzaron su maltrecho corazón. El pequeño ronroneó incómodo, le asustaba el sonido estridente de las alarmas.
-¡Venga, mamá, tenemos que irnos! ¡Venga, vámonos al metro!
La voz de Chete la impulsó como un resorte. Arropó al bebé con la mantilla de lana más fuerte que encontró, y guardó unos trozos de pan duro en un pequeño atado. Las sirenas ahogaban su desagradable ulular ante el rápido avance de los aviones. Sus motores rasgaban el aire empañándolo de sones de guerra, desolación y muerte.
La calle desbordaba confusión. La gente corría por Eloy Gonzalo hacia el metro de Iglesia en busca de refugio desesperado. Mujeres, hombres, niños y ancianos atropellándose por alcanzar un lugar seguro. A la altura de Juan de Austria, Chete se le escapó de la mano y vio aterrada cómo la multitud se lo tragaba en un tornado de pánico, ruinas y edificios derruídos, paredes agujereadas forradas de sacos de tierra que formaban barricadas improvisadas, por las que se filtraba toda la angustia y desgarro que la muerte puede arrastrar.
Comenzó a gritarle, a llamarle desesperadamente por su nombre, ese nombre que había inventado para su hijo en las noches sin sueños que el hambre les entregaba. Mientras el frío arañaba, había inventado un lenguaje para acunar a sus hijos y abrigarles en noches de espesa desesperanza.
Su voz se perdió con el estallido de las primeras bombas. La onda expansiva de una de ellas la arrojó al suelo, pero logró caer sobre su hombro y proteger del impacto al bebé que bramaba entre sus brazos. Polvo, cascotes, piedras y metralla la rodearon con furia y estremecedor alarido, pero ella se había quedado sorda.
Se incorporó como pudo, y apretando firmemente al bebé contra su pecho, se adentró por la calle donde había perdido a su hijo mayor. Una niebla espesa de metralla y ceniza la cegaba por completo, y a tientas bajó por una acera donde ya se apilaban los primeros cadáveres. La bomba había caído muy cerca, en la plaza de Olavide.
De un portal salieron varias caras sucias, donde la infancia había borrado su rastro y sólo quedaba espacio para la angustia y el temor al mañana. Una de ellas se colgó de su brazo.
-¡Mamá!
El grito de Chete no le llegó a los oídos, se le encajó en las entrañas y le pellizcó la esperanza. Pero no había tiempo para alegrías, la celebración del reencuentro podía esperar. La pequeña familia se agarró fuertemente de la mano y se lanzó calle abajo hasta el metro de Chamberí, mientras las bombas seguían rugiendo en el Infierno.
En el metro se apiñaban familias enteras, fragmentadas, la mayoría sin fuerzas, todas de duelo. Bajaron al andén esquivando cuerpos y el silencio más profundo que describirse pueda: un silencio denso, oscuro, sonoro y compacto. Los azulejos de las paredes del andén refulgían en un estallido de brillo y colores. Ocupando toda la extensión de las paredes en pequeños mosaicos, los azulejos hablaban de productos de belleza, salud y futuro. Eran rostros hermosos, bien nutridos, como parodias de un mundo que ya no podía recordarse. Había quedado arrasado por las bombas y el odio.
La visión de la belleza que mostraba la publicidad de las paredes la sobrecogió, y tomando sitio en una esquina con sus niños, dejó que las lágrimas desbordaran sus flacas mejillas. Las paredes desprendían la irrealidad, la seguridad de un mundo de confianza, de promesa, de noches de sueños y mañanas sin hambre.
El bebé parecía descansar en su regazo, y Chete se había acurrucado a su lado con el dedo pulgar en la boca. Lo meció con suavidad, y comenzó a hablarle en su lenguaje inventado hasta que el niño se quedó dormido. Sólo entonces apoyó la cabeza en un saco, y dejó pasear la vista por cada uno de los azulejos que cubrían las paredes del andén. Los colores y la belleza de sus imágenes se le colaron entre los párpados como un bálsamo, justo antes de quedar profundamente dormida, mientras fuera los aviones se alejaban como cuervos hambrientos.
















































