Viendo el fondo de la foto no es necesario decir que la foto no está tomada en Copenhague, sino mucho más cerca, en el Parque Europa de Torrejón.
Para los que no lo conozcáis, os dejo este enlace a la web del parque.
Las fotos que cuelgo en este blog son sólo una excusa para mostrar todos aquellos lugares y personajes que por un motivo u otro más me atraen de esta ciudad caótica llamada Madrid. Si quieres seguir leyendo mis historias puedes hacerlo aquí: http://en99palabras.blogspot.com.es/
De vez en cuando viene bien parar del ajetreo en el que te envuelve Madrid y tomar un momento de respiro. Es entonces cuando me dedico a pasear por el centro de la ciudad e intento descubrir cosas nuevas para colgar en el blog.
Pues bien, hace unas semanas al fin pude pasarme por el jardín de la Casa de América (en el célebre y misterioso Palacio de Linares) y aunque es bastante pequeño me sorprendió gratamente.
Os dejo unas cuantas fotografías que hice con el móvil para que os hagáis una idea y os invito a que si un día tenéis un momento libre os paséis por allí y, o bien recorraís el pequeño jardín, o bien os toméis un café en la cafetería que allí hay instalada.
Además siempre puede haber suerte y os podéis encontrar con alguno de los fantasmas que se supone que por allí habitan (lo de suerte es un decir)
Por cierto, si queréis saber un poco más sobre la historia de este jardín os invito a que visitéis el siguiente enlace del blog Arte en Madrid.
Situado en la Arganzuela, junto a la antigua estación de Delicias, se encuentra el Parque Enrique Tierno Galván. Desconocido para muchos, comenzó a diseñarse durante el mandato del alcalde, para intentar adecentar el antiguo basurero del Cerro de la Plata, llamado así de forma irónica por los restos de carbonilla que allí se acumulaban, procedentes de los trenes. Tras la muerte del "viejo profesor", en 1986, se decidió homenajearle dándole al parque su nombre.
Además de las zonas deportivas, en el parque destacan la estatua de Tierno, un auditorio al aire libre, el IMAX y el Planetario, siendo éste último el que más atracción de visitantes genera. Y es que, a diferencia de otros parques madrileños en los que la aglomeración de gente es la característica principal, aquí se puede pasear sin que una turba de turistas aparezca por sorpresa.
Pese al exceso de graffitis existentes, la paz y tranquilidad que transmite, así como sus magníficas vistas, hacen de este parque un lugar completamente recomendable para pasar un agradable día lejos del agobio diario que a pocos minutos destila la estación de Atocha. Y encima está dedicado al que dicen que ha sido uno de los mejores alcaldes de Madrid. ¿Quién da más?
Después de haber pasado al lado de él cientos de veces y no haberme enterado de que existía hasta hace poco tiempo, la semana pasada al fin vi el llamado Huerto de las Monjas y puedo decir que, a pesar de lo pequeño que es, no me decepcionó.
Si queréis llegar a él debéis tomar la calle Sacramento, y a la altura del número 7 pasar por una verja, que yo siempre he visto que está abierta, y bajar unas pocas escaleras. El jardín es pequeño, y algo sombrío, debido al gran número de árboles que le acompañan. Su encanto, además de por lo desconocido, lo da sobre todo una fuente en la que cuatro querubines se mojan y juegan con los chorros de agua.
Os aseguro que a pesar de estar en todo el centro la tranquilidad y la paz que allí se respira es altamente recomendable ya que allí sólo se escucha el sonido del agua. Este lugar nos demuestra que en Madrid sigue habiendo rincones repletos de encanto esperando ser disfrutados (aunque espero que tampoco demasiado ya que parte, o mucho, de su encanto se perdería).

Hoy, los niños corren y juegan por el parque ajenos al pasado, mientras que los mayores, enfrascados en sus partidas de brisca, tute y mus, prefieren no pensar en toda la historia que les rodea, sabedores de que en su caso las discusiones políticas no trajeron nada bueno.
Allí se guarece la aterrada población junto a las máximas autoridades de la ciudad, que conociendo la que se les avecina defienden con uñas y dientes sus posiciones para detener al invasor. Tras muchas súplicas les llega la ayuda divina en forma de epidemia de peste que comienza a diezmar a los almorávides. Estos, tras comprobar como las bajas van creciendo, deciden que habrá mejor ocasión para aplastar a los infieles y abandonan el asedio.
El lugar en el que se asentaron los invasores para su ataque a Madrid recibe actualmente el nombre de Campo del Moro, y estos jardines adornan, junto a los de Sabatini y los de la Plaza de Oriente, el entorno del Palacio Real.
Los jardines salvan un pronunciado desnivel, provocado por el barranco existente entre el Palacio y las riberas del vecino Manzanares. Ocupan unas 20 hectáreas y fueron adquiridos por la Corona Española durante el reinado de Felipe II.
Tiempo después, Felipe IV decidió utilizar este lugar para sus cacerías, y decidió embellecerlo construyendo fuentes y plantando diferentes árboles, pero hay que esperar al reinado de Isabel II para que estos jardines sufran su transformación más importante.
Durante esos años se instalaron las dos fuentes más famosas de estos jardines, la de los Tritones, y la de las Conchas, y además se construyó la gran avenida que comunica palacio y río, conocida como las Praderas de las Vistas del Sol.
Con esta avenida, rellenada con los escombros procedentes de las iglesias y viviendas demolidas al ampliarse la Puerta del Sol, se lograba salvar la fuerte pendiente existente, y además se embellecía la panorámica del Palacio.
Situado en el centro de Madrid, se trata de un lugar tranquilo, y poco concurrido, en el que destacan la gran cantidad de árboles existentes, los múltiples y sinuosos senderos, las fuentes citadas, así como unas casitas de madera, realizadas al estilo tirolés. Eso sin olvidar los patos o los pavos reales con los que te puedes topar por cualquier rincón.
Quizás no hayas estado nunca aquí, o bien porque eres de fuera o simplemente porque nunca ha surgido, pero si has tenido que sufrir el tostón de ver las fotos de boda de algún amigo o familiar, es más que posible que sus primeras fotos de casados estén hechas en este bello lugar.
Ajeno a todo lo que sucede en la interminable calle Alcalá, junto al metro de Suanzes, se encuentra la Quinta de los Molinos; un parque lleno de vida que sirve de pulmón, y como lugar de encuentro para los vecinos del Barrio del Salvador, en el distrito de San Blas.
Su aspecto actual se debe en gran medida al arquitecto César Cort, que adquirió el terreno en 1920 para vivir allí. Posteriormente compró unas fincas aledañas y poco a poco le fue dando forma llenándolo de todo tipo de árboles: almendros, pinos, olivos, eucaliptus...
En 1980, poco después de su muerte, sus herederos acordaron con el Ayuntamiento la cesión para uso público de tres cuartas partes del terreno de la Quinta (21,5 Ha) reservándose la parte restante para la edificación de viviendas.
Llama la atención la gran cantidad de agua, que brota por doquier; podrás encontrar disitintas fuentes, arroyos e incluso un pequeño estanque. De hehco el nombre del parque se debe a los dos molinos construidos para aprovechar el agua procedente de los pozos y manatiales diseminados por la Quinta.
En estas fechas destaca sobremanera el colorido que nos brindan los numerosos almendros en flor. Ellos son los responsables de que en estos calurosos días el parque pierda la tranquilidad que normalmente alberga, y se llene de un gran número de visitantes.
Se trata de un público muy diverso: mamás con bebé y carrito; trabajadores con traje y corbata que sentados en un banco aprovechan las horas muertas del turno partido para engullir un bocadillo; deportistas; colegiales que han visto como su recreo de patio de cemento ha cambiado por otro de césped y almendros; estudiantes enamorados que comparten caricias y besos tras "fumarse" las clases; chavales sentados en corro que deciden arreglar el mundo junto a cocacolas de dos litros y bricks de vino; ociosos jubilados que caminan por los senderos rememorando tiempos pasados.
A todos ellos hay que sumarles a los trabajadores del Ayuntamiento que adecentan las zonas más descuidadas; y advenedizos que como yo, que descubren que todavía es posible encontrar en Madrid un lugar que transmita paz y descanso.

En el año 1640 la corona cede la finca a unos monjes, a condición de reservarse el derecho a utilizar todo el agua que necesitara, ya que de ella se decía que era la de mejor calidad de la capital. Su fama llegó hasta el punto de que en algunos banquetes reales los invitados preferían beber agua de este lugar antes que los costosos vinos que se servían en estos ágapes. Quizás en esto tuviera mucho que ver la certidumbre que se tenía entonces de que este agua era curativa y sobre todo afrodisíaca.
El parque, constituido por una gran variedad de árboles, fue pasando por distintos propietarios hasta que en 1948 fue a parar a las manos del Ayuntamiento, que tras proceder a su rehabilitación decidió su apertura al público seis años más tarde.
Bajo la atenta mirada del "Pirulí" entre los árboles, las praderas y las escaleras de piedra, se encuentran diseminadas distintas estatuas, algunas de estética moderna y otras más clásicas. Entre estas últimas están las dedicadas al músico Enrique Iniesta (foto 3), al poeta ruso Alexander Pushkin (foto 5) y el conjunto escultórico dedicado a Gustavo Adolfo Bécquer (detalle en foto 1).
Aunque la construcción de la contigua M-30, además de tragarse el arroyo Abroñigal, consiguió arrebatarle al parque parte de su superficie, lo que no ha conseguido ha sido alterar la paz y tranquilidad que proporciona este oasis de silencio encallado entre el tumulto de la ciudad.
Actualmente el parque se encuentra en una etapa de rehabilitación ya que el Ayuntamiento pretende que este lugar recupere el auge que antaño tuvo, devolviéndole al agua el protagonismo. Y es que por desgracia hoy día el caudal de las aguas es escaso y nada se sabe ya de aquellas célebres propiedades excitantes que hiceron que estas aguas fueran la envidia de todo Madrid.
De nuevo llega hoy una de vuestras entradas. En este caso le toca el turno a Io, responsable del blog Reflexiones desde el Mediterráneo, que nos trae un relato del Parque de la Fuente del Berro, lugar en el que pasó buena parte de su niñez. Hoy, su día a día se encuentra en Estepona (Málaga), y allí en los ratos libres que le deja su comercio, ha sido capaz de dar vida a su primer relato: "Los gatos".
Me desvié por un sendero a la derecha y bajé unas escaleras. Como todas las del parque, había sido excavada en la misma tierra. Los escalones eran muy irregulares y estaban guarnecidos por grandes pedruscos que sobresalían de manera desigual, así que tuve cuidado para no torcerme un pié. Al llegar abajo, contemplé la explanada desierta, y finalmente posé la vista en una gran sequoya que se elevaba majestuosa hacia el cielo. Apoyado en el enorme tronco había un hombre. Tenía una mano en el bolsillo del pantalón y con la otra sujetaba un cigarrillo. Sonreía. Me sonreía a mí. La sorpresa me abrió la boca lentamente. Era mi padre. Su figura imponente se alzaba con la misma majestad que la del árbol. Eché a correr hacia él y, cuando ya estaba a punto de abrazarle, su imagen se difuminó en el aire y se desvaneció. Me quedé perpleja y triste, rodeé el formidable tronco pensando que tal vez estuviese jugando al escondite, pero no, no estaba.
Así que decidí buscarle por el parque. Fui hasta el final de la explanada y me adentré en el único rincón que siempre me había producido aprensión. Se trataba de un lugar solitario y silencioso, presidido por una fuente que derramaba sus aguas en un pequeño canal que surcaba el suelo. Había dos columpios que siempre se hallaban vacíos, mecidos por el aire, o tal vez por la fuerza que emanaba de aquél lugar. Allí nunca había pájaros, ni pavos reales, allí las ramas de los árboles y arbustos no se movían. El único sonido era el gorgojeo de la fuente. Divisé a lo lejos el monumento a Bécquer, representado con una ondina a sus pies. Aquello me hizo recordar que el parque era un lugar de agua, aguas a la vista y aguas ocultas bajo tierra desprendiendo su extraño magnetismo, y que se le consideraba un “centro de poder”. El lugar en el que me encontraba se me antojaba uno de esos enclaves donde las energías confluyen en el subsuelo y se perciben en el entorno, un lugar en el que sentía miedo y al mismo tiempo una irresistible atracción que me impedía salir corriendo. Un leve chirrido metálico me hizo volver la cabeza. Sentado en uno de los columpios, mi hermano Inke me sonreía y me hacía señas para que ocupase el asiento vacío a su lado. Me olvidé de mi padre y corrí hacia mi hermano, aliviada al sentirme segura con su presencia, pero, al igual que me había sucedido antes, la imagen de Inke se desvaneció poco antes de llegar a él.
Decidí salir de ahí y encaminarme hacia la salida que daba a mi barrio, convencida de que mi padre y mi hermano estaban jugando conmigo. Anduve por senderos flanqueados por aquella exuberante fauna de árboles fantásticos que parecían sacados de un bosque encantado y habitados por las hadas. Un pavo real cruzó el sendero ante mí caminando sin prisa. Varias palomas revoloteaban alrededor de un hermoso palomar de madera. Los pájaros cantaban alegres, saltando de rama en rama. Atravesé el puente sobre el estanque de los patos, un numeroso grupo de ánades que se repartían entre la superficie y el agua, y me dirigí hacia la cascada de piedra. Una preciosa mujer se hallaba sentada sobre el murete de rocas que la bordeaba. Su mano derecha jugaba con el agua. Cuando levantó la vista y me miró sonriendo mis ojos se inundaron de lágrimas. Era mi madre, y temí que pudiese suceder lo mismo, que desapareciese ante mis ojos sin remisión. Me acerqué, esta vez lentamente, y extendí una mano para poder tocarla. Pero antes de que mis dedos la rozaran, se esfumó. Me senté sobre el murete y lloré con desconsuelo, hasta que advertí mi torpeza; estaban en casa, todos ellos estaban en casa con el resto de mis hermanos, como siempre, esperándome para comer. Todo había sido producto de mi imaginación.
Bajé por una de las pequeñas escaleras que discurrían a ambos lados de la cascada. Parecían de juguete. Sus escalones eran tan estrechos y de tan escasa altura que tenía que andarme con cuidado para no pisar dos al mismo tiempo. Rodeé el estanque de los cisnes recreándome en la serena belleza de un ejemplar que se deslizaba sobre la superficie cristalina. Tres más permanecían tumbados junto a una pequeña caseta de madera. Dejé atrás el estanque y me dispuse a enfilar la salida, dejando a mi izquierda el palacete que había sido vivienda de los antiguos dueños de aquél jardín botánico convertido en parque público. Miré hacia el edificio buscando a los numerosos pavos reales que solían frecuentarlo, posándose en la gran escalinata de entrada y en las balaustradas. Pero lo que vi fue una niña, una preciosa niña de mi edad, con el cabello rubio ensortijado y una sonrisa dulce y cálida que me invitó a acercarme a ella. Yo la conocía. No sabía de qué, pero la conocía mucho. Se me ocurrió que podría ser mi mejor amiga, pues recordaba haber acudido con ella a ese mismo parque multitud de veces para jugar, echar de comer a los patos y cisnes y montar en bicicleta. A medida que me aproximaba, una apacible sensación de bienestar se fue apoderando de mí. Aún seguía sin identificarla, pero sabía que era la persona con la que más a gusto me podría sentir jamás. Cuando quedaban apenas unos metros, temí de nuevo que desapareciese, más ella rió con desenfado, vino hacia mí y me abrazó, y yo me sentí la niña más afortunada del mundo. Me di cuenta de que la quería con locura, más, incluso, que a mis padres y hermanos, pero repasaba mentalmente mi lista de amistades y no conseguía localizarla.