
Madrid 1620: los templos de la ciudad están siendo sistemáticamente saqueados y nadie sabe nada sobre los culpables. Superados por tan adversas circunstancias, las autoridades deciden prohibir durante ocho días la celebración de todo tipo de comedias, así como las actividades sexuales de cualquier tipo. Como vigilar lo que cada haga en su casa es harto complicado, esta última medida implica que los burdeles sean cerrados a cal y canto.
La casualidad hace que un comerciante esté esos días de paso por la capital. Tras cerrar con éxito le negocio que le trajo hasta aquí, el comerciante decide pegarse un homenaje como dios manda, por lo que tras comer y beber hasta hartarse decide finalizar la noche en compañía de una señorita. Cansado de encontrarse la puerta cerrada de todos los burdeles conocidos, decide volverse a su pensión situada en Lavapiés.
A pocos metros de su alojamiento descubre a una mujer ataviada según las normas dictadas en su momento por Alfonso XI de Castilla, que trataban de distinguir a las prostitutas de las mujeres decentes. Entonces la prostitución estaba regulada por las autoridades y las que decidieran dedicarse a tan antiguo arte debían tener más de doce años, ser huérfanas o de padres desconocidos, haber perdido la virginidad antes de iniciarse en estas labores, y no tener enfermedades venéreas.
La prostituta no tenía muchas ganas de cháchara y el comerciante menos aún, por lo que tras un breve cruce de palabras, ambos se encaminan hacia el lugar en el que calmarán sus ansias. Al llegar a la actual calle del Olivar, el comerciante se encuentra con una especie de cueva en la que las medidas higiénicas hace tiempo que dejaron de contemplarse. Allí un mugriento camastro espera soportar los pretendidos embates del comerciante. Este sin perder un segundo. y haciendo de tripas corazón, comienza a desnudarse dispuesto a acabar cuanto antes.
Mientras tanto la prostituta se va quitando su medio manto negro bajo el cual se vislumbran unos bellos ropajes de seda blanca que hacen presagiar una noche de ensueño. El deseo va creciendo bajo el pantalón, por lo que el comerciante deseoso de satisfacer de una vez sus más bajos instintos, decide desvestir él mismo a la prostituta.
¡No puede ser! ¡Esto no me puede pasar a mí! exclama cuando tras arrancarle el camisón se lleva la sorpresa de su vida. No, no le han dado gato por liebre, peor aún, bajo las ropas no hay nada, la prostituta no tiene cuerpo.
A la vez que ríe como una posesa, poco a poco van desapareciendo los brazos, las piernas y la cara de la muchacha. El comerciante, como alma que lleva el diablo, sale medio desnudo a la calle hasta que topa con un alguacil, al que tras unos momentos en los que ni la voz le sale del cuerpo, consigue explicarle lo sucedido. Atónito comprueba como el alguacil no refleja ningún asombro, es más, le cuenta que ha sido víctima del espectro de una prostituta asesinada a manos de un cliente y arrojada a un pozo cercano tiempo atrás.
Desde entonces siempre que en la Villa se decretaba la abstinencia el espectro se paseaba por la calle del Olivar buscando a algún lascivo varón con ganas de calmar sus ansias. Todas las normas que regulaban la prostitución finalizaron pocos años después tras publicar Felipe IV varias pragmáticas en las que se prohibía tan antigua profesión. No hace falta decir que de poco sirvieron ya que lo único que consiguieron fue agravar y dificultar aún más la vida de estas profesionales de la calle.
