domingo 19 de julio de 2009

29: Hasta que la muerte los separe

Esta foto está tomada en la calle Santa Isabel.

viernes 17 de julio de 2009

Los cadáveres del Faro de Moncloa (Madrid me mata)

Esta semana ha sido noticia la aparición de distintos restos humanos en las obras que se realizan en el Faro de Moncloa. Desde su descubrimiento la policia científica se ha puesto manos a la obra, y a día de hoy sigue investigándolos para poder averiguar de qué fecha datan.

Al leer la noticia me acordé de una historia, titulada "Madrid me mata", que me mandó hace un tiempo Pedro Escudero, escritor con un cada vez más reconocido prestigio, y autor del blog Más cuento que Calleja. Os animo a que la leáis porque es posible que en ella podamos encontrar una explicación al origen de esos cadáveres. Nunca se sabe.

Otra vez ese olor extraño golpeaba su nariz. No era la primera vez que lo percibía aquella misma semana, pero en aquella ocasión era más intenso. Raúl giró la cabeza a derecha e izquierda. Una muchedumbre se apretuja en la acera a un lado y otro del Paseo de la Castellana; saliendo unos del metro —un agujero que vomitaba auténticas hordas de adormilados trabajadores—, bajando otros a las profundidades para acudir a cualquiera de los lugares que aquella telaraña subterránea unía entre sí.

Le parecían hormigas que seguían su camino de manera automática, simples insectos sin raciocinio que no se planteaban lo miserable de sus vidas; arrastrándose un día tras otro para conseguir comida, cobijo y un poco del tipo de felicidad artificial que cada uno de ellos eligiera, y luego llamarían pasatiempo. Odiaba Madrid y cuanto representaba con todas sus fuerzas. En un primer momento le atrajo con todas sus posibilidades, luces, espectáculos y trabajos. Pero esa primera sensación duró poco. Sabía que la ciudad palpitaba con vida propia. Incluso había llegado a comentarlo con un par de amigos por chat: “Es una animal grande que necesita gente para funcionar pero les deja sin alma ni corazón”.

“Odio Madrid”, ese era su nick en tuenti, el messenger y el chat de google. En los últimos tiempos había llegado a convencer a varios conocidos —no estaba seguro del número pero no serían menos de una docena—para que no dejaran sus trabajos y acudieran a la capital en busca de mejores oportunidades.

¿Y por qué no se había ido si tanto odiaba aquel tipo de vida? Esa era la pregunta que se hacía cada mañana cuando el despertador le arrancaba del plácido sueño y le devolvía a su realidad gris. Llegó hacía casi dos años, recién acabada la carrera de ingeniería química, dispuesto a comerse el mundo y triunfar en unos meses.
Y vaya si lo había conseguido, y con creces, al menos según los parámetros que el mismo se había marcado. Era como si cada vez que ya hubiera decidido abandonarlo todo y marcharse, una nueva oportunidad le apareciera entre las manos: trabajos bien remunerados, sexo abundante con mujeres hermosas de esas que siempre le habían parecido inaccesibles, fiestas alocadas en los locales más afamados, puestos de dirección, un piso de protección oficial, coche de empresa, pareja estable…

De nuevo una vaharada de aquel olor inundó sus fosas nasales. Era un aroma extraño. Estaba fuera de lugar. Le traía recuerdos de cuanto anhelaba.
De todo aquello que Madrid no era. Una mezcla entre aire de montaña, el papel de un libro viejo, pasteles horneados en la tahona de su pueblo, y pólvora de fuegos artificiales recién quemada. Aquel olor era la quintaesencia de la felicidad. Se dejó guiar por aquel olor, siguiendo su rastro por varias callejuelas laterales.

No tuvo que andar mucho antes de encontrar su origen, una tienda de ultramarinos con aspecto anticuado y un escaparate en el que se agolpaban toda clase de especias y cachivaches, desde arpones hasta semillas de mostaza. Raúl entró en la tienda. Dos minutos más tarde una mano volteaba un cartel deslucido en la puerta de la entrada del lado que decía cerrado. Treinta minutos después el escaparate tenía los cristales pintados de blanco, como cualquier comercio en reformas.


A las dos horas en el lugar sólo había un muro de ladrillos. De Raúl no quedó ni rastro. Y Madrid continuó palpitando, con vida propia, atrayendo con sus oportunidades a una legión de humanos como el néctar a las abejas; librándose de los inadaptados, el más peligroso de los virus, una enfermedad letal contra la que tenía sus propias defensas.


miércoles 15 de julio de 2009

A falta de mar el azul en Madrid lo pone el cielo

Hoy contesta Miguel a las diez preguntas sobre Madrid. El, junto a su mujer Ana son los autores del blog de Ana Pedraza Crisóstomo y Miguel Angel Chico Jiménez, un lugar al que puedes acudir si quieres pasar un muy buen rato. Todos los días, y a pesar de su reciente paternidad, (un beso para Claudia) Miguel cuelga su correspondiente entrada, con la que podrás disfrutar de todo tipo de experiencias personales contadas de forma que parece que le han pasado a uno mismo.


1. ¿Qué te seduce y qué te hastía de Madrid?
Me seduce la oferta cultural.
Me hastía el intenso tráfico.


2. ¿Qué le falta y qué le sobra a Madrid?
Le falta mar.
Le sobra contaminación.


3. ¿Qué edificio, monumento, escultura es el que más te gusta de Madrid? ¿Hay alguno al que le tengas especial antipatía?
No hay ninguno que me guste de forma especial, pero la zona de Madrid que más me gusta es el Paseo de Recoletos.
Precisamente en este Paseo está el edificio al que más antipatía tengo: el Ministerio de Sanidad y Consumo, antiguo edificio del Sindicato Vertical Franquista.

4. ¿Qué medio de transporte utilizas para moverte por Madrid?
De todo: Cercanías, Metro, Autobús, incluso coche y taxi en algunas ocasiones.

5. ¿Cómo definirías el cielo de Madrid?
Uno de los mejores reclamos para el turismo, el azul es muy intenso.

6. ¿Cuál es la canción que para ti describe mejor esta ciudad?
No se me ocurre ninguna.

7. ¿Madrid, Atleti o ninguno de los dos?
Atleti, y después Rayo Vallecano.

8. ¿Gallardón, Aguirre o ninguno de los dos?
Los dos.

9. ¿Cuál es tu zona favorita para ir de cañas o vinos?. ¿Cuál es tu restaurante favorito?
Para ir de cañas la zona del Rastro.
En cuanto al restaurante me quedo con Madrid, Madrid, pero es caro de cojo... (porque he ido invitado, que si no hay que pedir un préstamo).

10. ¿Cuál es tu barrio favorito de Madrid?
Lavapiés, pero estoy indignado por el estado en el que está.

lunes 13 de julio de 2009

Enterrada viva

Nos encontramos en el Madrid de 1478, y la protagonista de esta leyenda es Doña María de Cárdenas, que vivía junto a su marido en un palacete situado junto al Monasterio de Santo Domingo el Real, en la actual cuesta de Santo Domingo, y derribado en 1869.

Es Doña María una mujer caracterizada por su deficiente salud, que le provoca padecer ocasionalmente unos ataques que la dejan en un estado similar al de la muerte. A pesar de ello nada debe temer ya que siempre junto a ella se encuentra su marido, quien siguiendo los consejos de un afamado físico de la Corte, le aplica cuando es menester los remedios necesarios para traerla de vuelta a este mundo.

La fatalidad hace que su marido tenga que ausentarse de Madrid durante un prolongado espacio de tiempo. Temeroso de que en su ausencia su mujer vuelva a tener uno de sus desdichados ataques, el marido deja dicho a sus criados que si su señora sufre alguno, ellos deben actuar como él les ha enseñado, sin alarmarse por su estado ya que en poco tiempo María volverá en sí.

Como no podía ser de otra forma, tras partir el marido, María sufre uno de sus ataques. La mala fortuna hace que María caiga en un estado de inconsciencia mayor del habitual: pálida como la luna, María no tiene pulso, sus latidos no se escuchan y tampoco se percibe su aliento. No hay duda, en esta ocasión María no ha conseguido superarlo y ha decidido pasar a mejor vida, por lo que los criados tras hacerle llegar la triste noticia a su marido, deciden darle sepultura en un panteón familiar del monasterio.

Tres meses después regresa el marido a la capital y afligido por la pena decide visitar la tumba de la mujer con la que había pasado sus mejores años. Al llegar al panteón, el marido descubre con gran estupor que el ataúd en el que descansa su amada está entreabierto. Al acercarse comprueba como una mano inerte sobresale ligeramente. Presa del pánico abre el ataúd y acongojado descubre los múltiples rasguños que "adornan" el interior de la tapa.

La catalepsia fue durante siglos una enfermedad maldita que provocó que en numerosos casos personas que la padecían fueran enterradas en vida. El miedo que provocaba hizo que en algunos países se colocaran sobre las tumbas unas campanillas acordonadas a la muñeca del fallecido, para que si reviviera pudiera dar aviso. De ahí la expresión "salvados por la campana". Para la historia queda la célebre frase del político británico lord Chesterfield: “Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo”.

domingo 12 de julio de 2009

Incomunicación

Esta foto está tomada al final de la calle Atocha, junto a la estatua de Moyano.

viernes 10 de julio de 2009

La prostituta del barranco de Lavapiés

Madrid 1620: los templos de la ciudad están siendo sistemáticamente saqueados y nadie sabe nada sobre los culpables. Superados por tan adversas circunstancias, las autoridades deciden prohibir durante ocho días la celebración de todo tipo de comedias, así como las actividades sexuales de cualquier tipo. Como vigilar lo que cada haga en su casa es harto complicado, esta última medida implica que los burdeles sean cerrados a cal y canto.

La casualidad hace que un comerciante esté esos días de paso por la capital. Tras cerrar con éxito le negocio que le trajo hasta aquí, el comerciante decide pegarse un homenaje como dios manda, por lo que tras comer y beber hasta hartarse decide finalizar la noche en compañía de una señorita. Cansado de encontrarse la puerta cerrada de todos los burdeles conocidos, decide volverse a su pensión situada en Lavapiés.

A pocos metros de su alojamiento descubre a una mujer ataviada según las normas dictadas en su momento por Alfonso XI de Castilla, que trataban de distinguir a las prostitutas de las mujeres decentes. Entonces la prostitución estaba regulada por las autoridades y las que decidieran dedicarse a tan antiguo arte debían tener más de doce años, ser huérfanas o de padres desconocidos, haber perdido la virginidad antes de iniciarse en estas labores, y no tener enfermedades venéreas.

La prostituta no tenía muchas ganas de cháchara y el comerciante menos aún, por lo que tras un breve cruce de palabras, ambos se encaminan hacia el lugar en el que calmarán sus ansias. Al llegar a la actual calle del Olivar, el comerciante se encuentra con una especie de cueva en la que las medidas higiénicas hace tiempo que dejaron de contemplarse. Allí un mugriento camastro espera soportar los pretendidos embates del comerciante. Este sin perder un segundo. y haciendo de tripas corazón, comienza a desnudarse dispuesto a acabar cuanto antes.

Mientras tanto la prostituta se va quitando su medio manto negro bajo el cual se vislumbran unos bellos ropajes de seda blanca que hacen presagiar una noche de ensueño. El deseo va creciendo bajo el pantalón, por lo que el comerciante deseoso de satisfacer de una vez sus más bajos instintos, decide desvestir él mismo a la prostituta. ¡No puede ser! ¡Esto no me puede pasar a mí! exclama cuando tras arrancarle el camisón se lleva la sorpresa de su vida. No, no le han dado gato por liebre, peor aún, bajo las ropas no hay nada, la prostituta no tiene cuerpo.

A la vez que ríe como una posesa, poco a poco van desapareciendo los brazos, las piernas y la cara de la muchacha. El comerciante, como alma que lleva el diablo, sale medio desnudo a la calle hasta que topa con un alguacil, al que tras unos momentos en los que ni la voz le sale del cuerpo, consigue explicarle lo sucedido. Atónito comprueba como el alguacil no refleja ningún asombro, es más, le cuenta que ha sido víctima del espectro de una prostituta asesinada a manos de un cliente y arrojada a un pozo cercano tiempo atrás.

Desde entonces siempre que en la Villa se decretaba la abstinencia el espectro se paseaba por la calle del Olivar buscando a algún lascivo varón con ganas de calmar sus ansias. Todas las normas que regulaban la prostitución finalizaron pocos años después tras publicar Felipe IV varias pragmáticas en las que se prohibía tan antigua profesión. No hace falta decir que de poco sirvieron ya que lo único que consiguieron fue agravar y dificultar aún más la vida de estas profesionales de la calle.