La segunda foto está tomada en la calle Bordadores, mientras que la primera y la tercera están tomada en el barrio de la Quinta de Goya. En un caso es una bici, mientras que en el otro es una moto, lo que indica -por suerte- que aún hay más de un afilador suelto por Madrid.
Las fotos que cuelgo en este blog son sólo una excusa para mostrar todos aquellos lugares y personajes que por un motivo u otro más me atraen de esta ciudad caótica llamada Madrid. Si quieres seguir leyendo mis historias puedes hacerlo aquí: http://en99palabras.blogspot.com.es/
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viernes, 17 de agosto de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
Tú sí que chotis
Si eres de los que saben clavar bien los tacones, o de las que saben desplazar los pies apúntate esta fecha: 12 de mayo (sábado). Con motivo de las fiestas de San Isidro, el Ayuntamiento de Madrid ha organizado un certamen para descubrir a las jóvenes promesas del chotis. Se llama "Tú sí que Chotis" y se celebrará el día en Las Vistillas.
Con Olga María Ramos como maestra de ceremonias,"Tú sí que Chotis", como si fuera "Tú sí que vales", o cualquier concurso similar, contará con un jurado profesional y premios de 1.000 euros para los ganadores y 300 para los finalistas en las categorías de Interpretación Musical y Baile y Coreografías. Se valorará la calidad interpretativa y musical así como la originalidad, el vestuario o el maquillaje.
miércoles, 22 de febrero de 2012
El hotel más antiguo de Madrid
“Hotel tradicional y de ambiente familiar situado, desde su inauguración en 1886, en pleno centro de Madrid; muy próximo a la Puerta del Sol” es lo que hoy todavía se puede leer en su página web.
Pasaba desapercibido para las prisas de los madrileños, pero podía presumir de que sus rincones habían conocido tres siglos distintos. 126 años repletos de confidencias, risas, gritos, lágrimas,… 126 años uniendo a unas parejas, y separando a otras. Todo esto ya es historia.
La semana pasada cerró sus puertas -más que cerrarlas las tabicó para evitar ocupas- el Hotel Inglés, el más antiguo de los que aún funcionaban en Madrid. Este hotel de tres estrellas, inaugurado en 1886 y ubicado en el número 8 de la calle Echegaray, no ha sido capaz de resistir la guerra de precios desatada en la capital por la caída de la demanda ha sido más fuerte que toda la historia acumulada durante tantos años.
P.D. En esta ocasión las fotos no son mías, las cuatro están sacadas de la red.
jueves, 4 de junio de 2009
Vamos a cambiar cromos al Rastro
Soy de los que piensa que cuando haces una mudanza, las cajas que no desembales en la primera semana, quedan cerradas para los restos. Hace unos días abrí una de esas cajas olvidadas, y al hacerlo descubrí con alegría uno de esos álbumes de cromos de cuando era pequeño.
Al ojearlo me vinieron a la memoria un montón de recuerdos de cuando era niño, y es que el coleccionar cromos de la liga de fútbol era una de mis mayores aficiones. Recuerdo que mi padre me compraba los sobres de cromos y los acumulaba en el armario de su habitación junto a sus cartones de tabaco "Rex".
Según me los daba, iba pegando en el álbum todas las novedades. Para ello me ayudaba del engrudo que me preparaba mi madre, que salía más económico que el pegamento Imedio de entonces. Con el palo de un helado lo untaba en el cromo y así éste ocupaba su espacio correspondiente. Tras pegar decenas de cromos el engrudo se dejaba notar, y el álbum quedaba como apelmazado y con un grosor considerable.
Después de unos cuantos sobres, y unas cuantas pesetas gastadas, la colección estaba casi al completo, pero nunca la terminabas del todo. Igual que había cromos que se repetían hasta la saciedad, había otros que nunca conseguías: eran los llamados últimos fichajes.
Comprabas más y más sobres, y con decepción veías que no valía la pena seguir ya que sólo conseguías que el cromo que lo tenías repetido 20 veces pasaras a tenerlo 30 ó 40: había llegado el momento de acudir al Rastro y comprobar si allí dabas con los cromos que se resistían. Acompañado de mi padre, y con la lista en la mano, allí te juntabas con otros chavales que como tú buscaban esos cromos imposibles, o simplemente acudían allí a hacer negocio.
Hoy todo sigue casi igual. Si pasas un domingo por la mañana por la parte baja del Rastro, verás como en la Plaza del Campillo del Nuevo Mundo, se arremolinan los compradores con sus listas y los vendedores con sus tacos de cromos:
" Me falta Sergio García del Betis. ¿Lo tienes?"
"Sí. Te lo cambio por cien cromos".
Junto a los críos, podrás ver como personas que hace tiempo que perdieron la inocencia, tienen en todo este mundillo su modo de sacarse unos euros, vendiéndote el cromo que te falta al precio que se acuerde:
"¿Tienes a Miguel de las Cuevas del Atleti?"
"Pásate en media hora que te lo busco. Son tres euros".
Lo único que ha cambiado es que ya el único producto estrella no son los cromos de fútbol. Aunque siguen teniendo mucha importancia, se han visto algo relegados por los nuevos cromos de Harry Potter, Pokémon y similares.
Espero que la tradición continúe, y dentro de unos años pueda pasarme con mis hijas por allí (la que ya está aquí, y la que viene de camino) y recordar por unos momentos toda aquella infancia que por suerte o desgracia ya quedó muy atrás.

Al ojearlo me vinieron a la memoria un montón de recuerdos de cuando era niño, y es que el coleccionar cromos de la liga de fútbol era una de mis mayores aficiones. Recuerdo que mi padre me compraba los sobres de cromos y los acumulaba en el armario de su habitación junto a sus cartones de tabaco "Rex".
Según me los daba, iba pegando en el álbum todas las novedades. Para ello me ayudaba del engrudo que me preparaba mi madre, que salía más económico que el pegamento Imedio de entonces. Con el palo de un helado lo untaba en el cromo y así éste ocupaba su espacio correspondiente. Tras pegar decenas de cromos el engrudo se dejaba notar, y el álbum quedaba como apelmazado y con un grosor considerable.Después de unos cuantos sobres, y unas cuantas pesetas gastadas, la colección estaba casi al completo, pero nunca la terminabas del todo. Igual que había cromos que se repetían hasta la saciedad, había otros que nunca conseguías: eran los llamados últimos fichajes.
Comprabas más y más sobres, y con decepción veías que no valía la pena seguir ya que sólo conseguías que el cromo que lo tenías repetido 20 veces pasaras a tenerlo 30 ó 40: había llegado el momento de acudir al Rastro y comprobar si allí dabas con los cromos que se resistían. Acompañado de mi padre, y con la lista en la mano, allí te juntabas con otros chavales que como tú buscaban esos cromos imposibles, o simplemente acudían allí a hacer negocio.
Hoy todo sigue casi igual. Si pasas un domingo por la mañana por la parte baja del Rastro, verás como en la Plaza del Campillo del Nuevo Mundo, se arremolinan los compradores con sus listas y los vendedores con sus tacos de cromos: " Me falta Sergio García del Betis. ¿Lo tienes?"
"Sí. Te lo cambio por cien cromos".
Junto a los críos, podrás ver como personas que hace tiempo que perdieron la inocencia, tienen en todo este mundillo su modo de sacarse unos euros, vendiéndote el cromo que te falta al precio que se acuerde:
"¿Tienes a Miguel de las Cuevas del Atleti?"
"Pásate en media hora que te lo busco. Son tres euros".
Lo único que ha cambiado es que ya el único producto estrella no son los cromos de fútbol. Aunque siguen teniendo mucha importancia, se han visto algo relegados por los nuevos cromos de Harry Potter, Pokémon y similares.Espero que la tradición continúe, y dentro de unos años pueda pasarme con mis hijas por allí (la que ya está aquí, y la que viene de camino) y recordar por unos momentos toda aquella infancia que por suerte o desgracia ya quedó muy atrás.

lunes, 23 de marzo de 2009
Los fotógrafos minuteros
En las primeras décadas del siglo pasado era común encontrarse en parques, plazas o en las ferias de la ciudad, a un personaje cargado con su pesada cámara, dispuesto a retratar a todo aquel que se moviese. Era el fotógrafo minutero, llamado así por la rapidez con la que te entregaba la foto que te acababa de hacer.
Cargado con su cámara de madera, su particular laboratorio portátil, y sus variados telones para ambientar la fotografía, estos personajes recorrían la geografía española, de cabo a rabo, visitando hasta el pueblo más perdido de la mano de Dios con el objetivo de que todo aquel que lo deseara pudiera tener su propia fotografía .
Cargado con su cámara de madera, su particular laboratorio portátil, y sus variados telones para ambientar la fotografía, estos personajes recorrían la geografía española, de cabo a rabo, visitando hasta el pueblo más perdido de la mano de Dios con el objetivo de que todo aquel que lo deseara pudiera tener su propia fotografía .
En muy poco tiempo, y por un precio asequible, lograban que algo que estaba quedado limitado a la gente más acomodada que podía permitirse acudira a los fotógrafos de estudio, pudiera estar al alcance de todos. Junto a su pesado equipo fotográfico llevaban un laboratorio andante, y así conseguían que en muy pocos minutos el cliente se fuera a casa con su foto en la cartera.
A partir de la mitad del siglo XX, el auge de estos fotógrafos se vio frenado ya que empezó a extenderse la última novedad en fotografías: el color había llegado. La mayor tecnología necesaria para las fotos en color no era compatible con las cámaras minuteras por lo que los ingresos fueron disminuyendo poco a poco ya que la gente prefería estar a la última y disfrutar de fotos en las que pudieran apreciarse todos los colores.
Todo esto fue en aumento, y ya a partir de mediados de los años setenta la demanda de fotografías en blanco y negro pasó a ser testimonial quedando el trabajo de los minuteros prácticamente en el olvido.
Por suerte aún quedan algunos nostálgicos, que en lugares turísticos como la Plaza de Oriente, nos ofrecen retroceder cien años y recuperar ese tipo de fotografía. Son inconfundibles: caja de madera cubierta por su correspondiente paño negro, unas cubetas de plástico para conseguir el revelado casi al instante, una silla de tijera, un baúl lleno de sombreros, viseras, boinas, bufandas, y todo aquello que te haga volver a principios del siglo XX.
Hace unos meses tuve la suerte de encontrarme con un minutero (la mujer de la foto) y por un precio bastante interesante pude hacerme una foto similar a las que mis abuelos y bisabuelos tenían en sus carteras. Hablando con esta mujer, nos comentó que el cajón de la cámara lo había construido ella, pero que la lente era de principios de siglo.
Todo es bastante rápido: te sientan en una silla de tijera, te buscan en una vieja maleta los complementos que mejor te vengan (en mi caso visera y bufanda, y para mi mujer sombrero y colgante), te colocan en la postura idónea para que todo salga con éxito y ¡zas!, hecha la foto. Después tras unos diez minutos de espera en los que la fotógrafa iba pasando la foto de cubeta en cubeta, ahí teníamos la fotografía. Hoy esa foto adorna una de las estanterías del salón, y quien sabe, quizás en algunas de las fotos del domingo pueda aparecer algún día.
sábado, 17 de enero de 2009
¡Al rico barquillo!

¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena!. El barquillero, vestido de chulapo y con su inconfundible acento, vocea a los cuatro vientos las excelencias de sus barquillos: ¡Barquillos de canela y miel, que son buenos para la piel!. Esta estampa, muy popular en el siglo XIX y a comienzos del XX, ha ido desapareciendo paulatinamente de nuestras calles.
Cargados con su inseparable bombona metálica y su cesta de mimbre, los barquilleros tratan a duras penas de mantener esta tradición que nos trae recuerdos de nuestra infancia pero que a día de hoy apenas da para vivir dignamente. Si te fijas en ellos veras que la mayoría tienen una cosa en común, en su bombona pone Cañas, una saga de barquilleros que ha ido transmitiendo la venta de este producto de generación en generación.
¡Vamos, que hoy los regalo!. El barquillero empieza a girar la ruleta de la bombona e intenta captar la atención de los viandantes para que prueben suerte con el juego del clavo. La ruleta da vueltas y apunta a los distintos números, el barquillero avisa: ¡ya no va más!. Cuando en el juego hay más de un participante, el que saca el menor número paga todos los barquillos, mientras que si sólo juega uno, éste tras pagar una cantidad puede llevarse un barquillo por jugada si la suerte le sonríe.
¡Clavo! grita el barquillero. La ruleta marca clavo, es decir, se ha parado en uno de los cuatro tornillos que sujetan la ruleta por lo que el jugador pierde todos los barquillos acumulados hasta el momento. Cada vez la gente juega menos, ya que prefiere comprar los barquillos directamente, pero en su momento el juego tuvo bastante éxito. En un país en el que cuando las necesidades aprietan, la picaresca es de las primeras que hace acto de aparición, era práctica bastante extendida el que la ruleta estuviera trucada (los clavos flojos o la máquina desnivelada) para intentar timar al oponente.
Arrinconado cada vez más por la cosntante invasión de nuevos dulces, el barquillero intenta sobrevivir vendiendo, como toda la vida, sus barquillos de masa de trigo endulzada con azúcar o miel. Si eres de los que nunca has coincidido con uno de ellos lo tienes bastante fácil. A diario hay uno que se sitúa en la calle Preciados a la altura de la calle Tetuán, y si este no te viene a mano también lo puedes encontrar en sitios castizos como el Rastro, el Retiro o el Palacio de Oriente. Si te lo encuentras y eres amante del juego, ya sabes, rétale y a ver si hay suerte.

Cargados con su inseparable bombona metálica y su cesta de mimbre, los barquilleros tratan a duras penas de mantener esta tradición que nos trae recuerdos de nuestra infancia pero que a día de hoy apenas da para vivir dignamente. Si te fijas en ellos veras que la mayoría tienen una cosa en común, en su bombona pone Cañas, una saga de barquilleros que ha ido transmitiendo la venta de este producto de generación en generación.
¡Vamos, que hoy los regalo!. El barquillero empieza a girar la ruleta de la bombona e intenta captar la atención de los viandantes para que prueben suerte con el juego del clavo. La ruleta da vueltas y apunta a los distintos números, el barquillero avisa: ¡ya no va más!. Cuando en el juego hay más de un participante, el que saca el menor número paga todos los barquillos, mientras que si sólo juega uno, éste tras pagar una cantidad puede llevarse un barquillo por jugada si la suerte le sonríe.
¡Clavo! grita el barquillero. La ruleta marca clavo, es decir, se ha parado en uno de los cuatro tornillos que sujetan la ruleta por lo que el jugador pierde todos los barquillos acumulados hasta el momento. Cada vez la gente juega menos, ya que prefiere comprar los barquillos directamente, pero en su momento el juego tuvo bastante éxito. En un país en el que cuando las necesidades aprietan, la picaresca es de las primeras que hace acto de aparición, era práctica bastante extendida el que la ruleta estuviera trucada (los clavos flojos o la máquina desnivelada) para intentar timar al oponente.
Arrinconado cada vez más por la cosntante invasión de nuevos dulces, el barquillero intenta sobrevivir vendiendo, como toda la vida, sus barquillos de masa de trigo endulzada con azúcar o miel. Si eres de los que nunca has coincidido con uno de ellos lo tienes bastante fácil. A diario hay uno que se sitúa en la calle Preciados a la altura de la calle Tetuán, y si este no te viene a mano también lo puedes encontrar en sitios castizos como el Rastro, el Retiro o el Palacio de Oriente. Si te lo encuentras y eres amante del juego, ya sabes, rétale y a ver si hay suerte.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Las loteras de la Puerta del Sol
Da igual si llueve, hace frío o cae aguanieve, porque allí estarán. Todos los días al llegar estas fechas podrás encontrarlas junto a la puerta de La Mallorquina. Entre las miles de personas que como posesas circulamos por allí como si fuéramos a apagar nuestros particulares incendios, se encuentran un grupo de unas quince loteras dispuestas a vendernos la suerte.
Pertrechadas con toda la ropa de abrigo imaginable, estas mujeres aguantan en sus sillas plegables de diez de la mañana a diez de la noche. "Oye, que llevo el número para acabar con la crisis", "Guapa tengo el 69 para Navidad", "El gordo para la hipoteca". Cualquier reclamo es bueno para atraer al viandante y venderle el décimo que le puede mejorar la vida. A cambio ellas reciben su comisión de dos euros por décimo vendido y alguna propina extra si el cliente si estira.
Por su aspecto, la mayoría de ellas están rondando la edad de jubilación, incluso en algún caso seguro que esa edad ya pasó. Venden números de las administraciones más renombradas (Doña Manolita, El Doblón de Oro o La Bruja de la Suerte) y aunque según se acerca el día del sorteo van subiendo los euros que acaban en la talega, su ilusíon es dar el gordo a algún cliente con buen corazón, y que éste después se acuerde de donde le vino la suerte.
La Lotería Nacional procede de una tradición napolitana y llegó a España de la mano de Carlos III. Aquella "Lotería Primitiva" consistía en tachar determinados números al igual que la lotería del mismo nombre que hoy día conocemos. Su primer sorteó se realizó el 10 de diciembre de 1763, y hubo que esperar casi cincuenta años hasta que la entonces llamada "Lotería Moderna", celebrara en Cádiz su primer sorteo el 4 de marzo de 1812.
El nacimiento de la Moderna, la de los bombos y las bolas, se aprobó en las Cortes de Cádiz el 23 de noviembre de 1811. El objetivo era recaudar fondos para la Hacienda Pública, sin esquilmar al pueblo, ya que con la Guerra de la Independencia las arcas del Estado estaban tiritando. Según se iban retirando los ejércitos de Napoleón el nuevo juego se fue extendidendo por el país, y así el 28 de febrero de 1814 se celebraba el primer sorteo en Madrid.
Mañana lunes vuelve el sorteo de Navidad y a eso de la una del mediodía podremos comprobar, un año más, como España se divide en dos, por un lado los que estarán brindando con champán y por el otro los que estarán recordando que una vez más lo importante es la salud. ¡Que los niños de San Ildefonso repartan suerte!.

Pertrechadas con toda la ropa de abrigo imaginable, estas mujeres aguantan en sus sillas plegables de diez de la mañana a diez de la noche. "Oye, que llevo el número para acabar con la crisis", "Guapa tengo el 69 para Navidad", "El gordo para la hipoteca". Cualquier reclamo es bueno para atraer al viandante y venderle el décimo que le puede mejorar la vida. A cambio ellas reciben su comisión de dos euros por décimo vendido y alguna propina extra si el cliente si estira.
Por su aspecto, la mayoría de ellas están rondando la edad de jubilación, incluso en algún caso seguro que esa edad ya pasó. Venden números de las administraciones más renombradas (Doña Manolita, El Doblón de Oro o La Bruja de la Suerte) y aunque según se acerca el día del sorteo van subiendo los euros que acaban en la talega, su ilusíon es dar el gordo a algún cliente con buen corazón, y que éste después se acuerde de donde le vino la suerte.
La Lotería Nacional procede de una tradición napolitana y llegó a España de la mano de Carlos III. Aquella "Lotería Primitiva" consistía en tachar determinados números al igual que la lotería del mismo nombre que hoy día conocemos. Su primer sorteó se realizó el 10 de diciembre de 1763, y hubo que esperar casi cincuenta años hasta que la entonces llamada "Lotería Moderna", celebrara en Cádiz su primer sorteo el 4 de marzo de 1812.
El nacimiento de la Moderna, la de los bombos y las bolas, se aprobó en las Cortes de Cádiz el 23 de noviembre de 1811. El objetivo era recaudar fondos para la Hacienda Pública, sin esquilmar al pueblo, ya que con la Guerra de la Independencia las arcas del Estado estaban tiritando. Según se iban retirando los ejércitos de Napoleón el nuevo juego se fue extendidendo por el país, y así el 28 de febrero de 1814 se celebraba el primer sorteo en Madrid.
Mañana lunes vuelve el sorteo de Navidad y a eso de la una del mediodía podremos comprobar, un año más, como España se divide en dos, por un lado los que estarán brindando con champán y por el otro los que estarán recordando que una vez más lo importante es la salud. ¡Que los niños de San Ildefonso repartan suerte!.
domingo, 26 de octubre de 2008
Los pintores de la Plaza Mayor
"¡Vaya por Dios! Ahora se pone a llover". Una gota, luego otra ... Miles de gotas emborronan el dibujo tantas veces repetido de la Plaza Mayor con su famosa estatua ecuestre (que, la verdad, no sabe muy bien de quién es). A Juan le gustaría dibujar otras cosas distintas. Le gustaría dejar que su carboncillo se dejase llevar al vaivén de las caderas de esa muchacha que acaba de pasar contoneándose. O incluso dibujar los trazos grises de aquel anciano que avanza cansinamente apoyado en su bastón. Pero los turistas prefieren la estampa típica y manida, ¡qué se le va a hacer!. A fin de cuentas trabaja por dinero. Aunque eso no quiere decir que de vez en cuando no dibuje lo que le venga en gana, por supuesto. Las horas se hacen muy largas en su rincón del soportal, sobre todo los días de verano. Así que entre sus estampas aburridas siempre cuela alguna “de su cosecha”.
Juan lleva ya varios años en paro y su mujer está enferma. Por suerte no tienen hijos. Juan pinta porque no sabe hacer otra cosa. Bueno, sí sabe pero es lo que mejor se le da y además siempre quiso ser pintor. El caso es que desde que está en paro y le dio por lo de pintar en la Plaza Mayor, ya le han ofrecido trabajar varias veces de camarero en las terrazas cercanas.


Aunque algunas horillas sueltas ha ido echando sirviendo las mesas atestadas de turistas, sinceramente él prefiere venderles un dibujo o una pinturilla a pastel que servirles un café. Por eso y porque el paro aún no le ha cumplido y no es cuestión de perderlo por un contrato bastante pasable con muchas horas y poco sueldo, él siempre prefiere volver a sus pinturas, aunque su mujer no opine lo mismo.
Resulta irónico pero desde que todo se le vino abajo, Juan es más feliz que nunca. Se ha dado cuenta de que lo que él siempre quiso hacer es nada más y nada menos que lo que hace, ni contratos sustanciosos, ni pisos caros, ni vivir holgadamente. Él lo que quiere es sentarse en "su plaza" y ver pasar la vida de Madrid: ver cómo respira Madrid, cómo llora Madrid, cómo ríe Madrid y dibujarlo… Y si para eso de vez en cuando tiene que hacer dibujos de toreros o gitanas para los guiris pues los hace…
Un billete de cien euros ha caído de repente dentro de la caja de zapatos vacía que hace las veces de mostrador. Perdido en sus elucubraciones Juan ni siquiera se ha dado cuenta de que ha dejado de llover y de ese chico alto y rubio que lleva un rato rebuscando en su carpeta. Levanta la cabeza y ve un gesto confundido como queriendo decir "¿me lo vendes por cien euros?". Juan guarda rápidamente el billete en su bolsillo y mira alejarse al turista con su dibujo. Tiene gracia, no es de los típicos...
Juan lleva ya varios años en paro y su mujer está enferma. Por suerte no tienen hijos. Juan pinta porque no sabe hacer otra cosa. Bueno, sí sabe pero es lo que mejor se le da y además siempre quiso ser pintor. El caso es que desde que está en paro y le dio por lo de pintar en la Plaza Mayor, ya le han ofrecido trabajar varias veces de camarero en las terrazas cercanas.Aunque algunas horillas sueltas ha ido echando sirviendo las mesas atestadas de turistas, sinceramente él prefiere venderles un dibujo o una pinturilla a pastel que servirles un café. Por eso y porque el paro aún no le ha cumplido y no es cuestión de perderlo por un contrato bastante pasable con muchas horas y poco sueldo, él siempre prefiere volver a sus pinturas, aunque su mujer no opine lo mismo.
Esta entrada es un homenaje a todos los pintores y caricaturistas que se ganan la vida a diario en la Plaza Mayor. La historia es de Sara, mi mujer, que al fin, a pesar de sus reticencias, ha accedido a colaborar con alguna de sus historias.
lunes, 25 de agosto de 2008
El Rastro
Si te hace falta alguna cosa, estás harto de buscar en todos los sitios convencionales y sigues sin dar con ella, no desesperes aún no está todo perdido. Entre la Calle de Toledo, la Calle de Embajadores y la Ronda de Toledo puedes hacer una visita al Rastro, el mercadillo callejero más conocido de Madrid, e incluso diría que de toda España. Allí todos los domingos podrás bucear entre los numerosos puestos y podrás encontrar los objetos más inverosímiles que puedas imaginar.
El nombre de este legendario mercadillo, recomendado en todas las guías de turismo, se debe al rastro de sangre que dejaban las reses cuando eran arrastradas de un lugar a otro del matadero. Y es que en este lugar se abrió en 1497 el primer matadero muncipal, y en su entorno se encontraban las tenerías donde se aprovechaban las pieles para su curtido, de ahí el nombre de la calle de la Ribera de Curtidores, que junto a la Plaza de Cascorro es de los lugares más emblemáticos del Rastro.
A mediados del siglo XVII, aquí se mezclaban los negocios de la carnicería y curtidos de pieles con los de venta de zapatos, correajes o monturas. Un siglo después llegaron los vendedores de comestibles y herramientas. Ya en el XIX aparecen entre otros, los vendedores de libros antiguos, anticuarios, chamarileros y hasta objetos robados. Desde entonces la variedad de productos fue creciendo, hasta que a partir de 1984 el Ayuntamiento decidió iniciar una profunda regulación de este lugar.
Así, se prohibieron puestos en algunas calles, se eliminaron otros, y se decidió cobrar a los vendedores una contribución anual. Después de todo este proceso quedaron menos de 2000 vendedores, cada uno con su puesto asignado por el Ayuntamiento. La única traba que se les pone es que no pueden vender comestibles o animales, a no ser que se trate de sitios autorizados.
Paseando por el Rastro podrás ver a la venta todo tipo de objetos, modernos y antiguos, incluso hay calles especializadas en determinados productos. Podrás encontrar zonas en las que se venden pinturas, en otras antigüedades, e incluso otra en la que podrás completar esa colección de cromos que nunca pudiste acabar. Además podrás cruzarte con todo tipo de personas, desde los Hare Krishna hasta el gitano con la cabra, sin olvidar a los amigos de lo ajeno, siempre dispuestos a actuar sobre tu bolso o cartera en cuanto tengas el menor descuido.

El nombre de este legendario mercadillo, recomendado en todas las guías de turismo, se debe al rastro de sangre que dejaban las reses cuando eran arrastradas de un lugar a otro del matadero. Y es que en este lugar se abrió en 1497 el primer matadero muncipal, y en su entorno se encontraban las tenerías donde se aprovechaban las pieles para su curtido, de ahí el nombre de la calle de la Ribera de Curtidores, que junto a la Plaza de Cascorro es de los lugares más emblemáticos del Rastro.
A mediados del siglo XVII, aquí se mezclaban los negocios de la carnicería y curtidos de pieles con los de venta de zapatos, correajes o monturas. Un siglo después llegaron los vendedores de comestibles y herramientas. Ya en el XIX aparecen entre otros, los vendedores de libros antiguos, anticuarios, chamarileros y hasta objetos robados. Desde entonces la variedad de productos fue creciendo, hasta que a partir de 1984 el Ayuntamiento decidió iniciar una profunda regulación de este lugar.Así, se prohibieron puestos en algunas calles, se eliminaron otros, y se decidió cobrar a los vendedores una contribución anual. Después de todo este proceso quedaron menos de 2000 vendedores, cada uno con su puesto asignado por el Ayuntamiento. La única traba que se les pone es que no pueden vender comestibles o animales, a no ser que se trate de sitios autorizados.
Paseando por el Rastro podrás ver a la venta todo tipo de objetos, modernos y antiguos, incluso hay calles especializadas en determinados productos. Podrás encontrar zonas en las que se venden pinturas, en otras antigüedades, e incluso otra en la que podrás completar esa colección de cromos que nunca pudiste acabar. Además podrás cruzarte con todo tipo de personas, desde los Hare Krishna hasta el gitano con la cabra, sin olvidar a los amigos de lo ajeno, siempre dispuestos a actuar sobre tu bolso o cartera en cuanto tengas el menor descuido.
domingo, 18 de mayo de 2008
Un día en la pradera
madrileños no tiene erigido en la capital ningún monumento importante que le recuerde. Las Fiestas van del 14 al 18 , y comienzan con el Pregón, al que le siguen durante esos días actuaciones musicales y culturales. De todos los actos quizás el más castizo de todos es la romería que se celebra en torno a la ermita situada en la Pradera de San Isidro junto al río Manzanares.En la pradera se disponen infinidad de puestos en los que se pueden degustar berenjenas churros, gallinejas y entresijos, rosquillas o si lo prefieres paella, pollo asado o cualquier plato típico. Otros ya se llevan la
Estas romerías se remontan a 1575, y fueron recogidas por Goya en su obra "La pradera de San Isidro" (1788) donde muestra una vista de Madrid desde la ermita el día de la romería. Desde antes de 1622, fecha en la que el labrador Isidro ascendió a la categoría de Santo, se le veneraba acercándose la Pradera junto al río Manzanares.
La iglesia que hoy existe fue reedificada en 1725 sobre las ruinas de la anterior ermita. Detrás de ella se asentó en 1811 el Cementerio Sacramental de San Isidro, y fue en las tapias de este lugar donde se produjeron numerosos fusilamientos durante la guerra Civil lo que provocó que durante años postreros esta celebración se realizara en la Casa de Campo.
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