lunes, 20 de julio de 2009

Pongamos que odio Madrid. Pongamos que amo Madrid

La entrada de hoy es obra de Miguel Angel Malavia, periodista que a pesar de su juventud cuenta ya con un amplia currículum, tanto en radios como en periódicos. Le descubrí hace un tiempo gracias a diferentes relatos que pude leer de él, y puedo asegurar que se trata de un escritor que sabe describir como pocos el día a día de Madrid. Leer éste y ya me diréis.

‘Madrid me mata’, decía aquél. ¿Madrid cómo sinónimo de muerte? Imposible: Madrid es la vida; jodida, fría, aterradora, brutal, despiadada... pero la vida. Madrid es una mujer que se arrastra en el vagón del metro pidiendo misericordia; Madrid es la calle del Carmen, con sus surfistas, sus apologetas del cambio climático recaudando firmas, su iglesia humeante de incienso y fe, los peligrosos aseos masculinos en el Fnac, los mariachis, los violines, la voz a capella de un mañico calvo cantando jotas a la Pilarica...

Madrid es Argüelles, el templo del heavy convertido en reggaeton, la chupitería nauseabunda, el botellón con bocatas de panceta hechos por un chino ambulante cuando el alba ya daña la vista. Madrid es Moncloa: la sede zapateril, el templo nocturno de Lesbos al que acuden cuatro pringaos con un periódico como identificativo para que los detecten las mujeres que no son lo que decían que eran...

Madrid es la batalla de los mamelucos cuando el Real gana y la poli carga contra la masa enardecida que sólo quería darle un beso a la diosa; Madrid es un hombre sin manos y piernas que ruega caridad sosteniendo una botella con la boca; Madrid es la sonrisa de una niña vestida de chulapa; Madrid es un morreo, un portal y yo qué sé; Madrid es Callao, con los cines que ya no lo son; Madrid es la Gran Vía, el rincón en el que un travesti canta fandangos de la Pantoja mientras los ufanos buscan apagar la tentación en las cabinas que no son recreativas; Madrid es el Bernabéu, la majestuosidad, la ilusión, la historia. Y el Calderón, la plaza a conquistar.

Madrid es lo sublime del toreo, en el que Miguel Ángel Perera se cose a la Historia de oro del Cossío mientras un pitón riega de sangre la arena de Las Ventas; Madrid es la taberna cutre, el asturiano de sidra fresca, el cubano de arroz caliente, el indio que tiene un póster de la Virgen de la Soledad, el irlandés en el que la pinta negra huele a guiri... ¿A qué huele Madrid? A la bandera rojigualda de Colón, a la bota sudada de la brasileña de la Calle de las Meretrices, a la mugre del que duerme dejando sus cosas en la alcantarilla como si fuera ésta una nevera, a las rosquillas de la pradera de San Isidro, al amor.

Madrid es azufre, sal, deseo, candor, cocaína, abrazos, jazz, horizonte inmenso hacia el mar que nunca llega, oración, invierno, paz, guerra, lagarteranas, cupletistas, artistas con maletilla, ajedrecistas en el Retiro, tahúres descarados, manifas que terminan mal, el tren de Atocha que ya nunca volverá, suicidas en la M-30, esperanza, dolor, ‘Platanito’ vendiendo lotería recordando sus pases de pecho en el albero, las carcajadas en la madrugada de la Plaza Mayor, el olor a meado en los rincones ocultos de Montera, la decisión, las ovaciones de la grada, el discurso de los falsos Platones en la Carrera de San Jerónimo, la primavera, el llanto de la maltratada, la helada de los laudes, la brisa mental en los viernes de Cuaresma, los disfraces de Manolete en el entierro de la sardina, el otoño, el escote de los calores, la tentación, la ansiada luz verde de los taxis en la última hora, la agonía del moribundo, el orgasmo, las letanías de los que aún viven, la pasión, el fuego que se fue para no volver, las entrañas, las colas sin saber el porqué, la discusión, los okupas en Carabanchel, el café de Aluche servido por un hijo del conquistado por Cortés, el ángel caído, la tristeza, la última oportunidad, lo rancio, el lujo, la envidia, el azúcar, los comedores sociales, las residencias en los que los ancianos se casan, los achuchones matinales, las pintadas de los skins, los gordos de Botero, los óleos de Velázquez, la necesidad, el verano, los sueños rotos, la oscuridad en la mirada del camellito de los perdidos, el alma en carne viva de un poeta de Úbeda que inunda Tirso de Molina con su genio canalla.

Pongamos que odio Madrid. Pongamos que amo Madrid.

viernes, 17 de julio de 2009

Los cadáveres del Faro de Moncloa

Esta semana ha sido noticia la aparición de distintos restos humanos en las obras que se realizan en el Faro de Moncloa. Desde su descubrimiento la policia científica se ha puesto manos a la obra, y a día de hoy sigue investigándolos para poder averiguar de qué fecha datan.

Al leer la noticia me acordé de una historia, titulada "Madrid me mata", que me mandó hace un tiempo Pedro Escudero, escritor con un cada vez más reconocido prestigio, y autor del blog Más cuento que Calleja. Os animo a que la leáis porque es posible que en ella podamos encontrar una explicación al origen de esos cadáveres. Nunca se sabe.

Otra vez ese olor extraño golpeaba su nariz. No era la primera vez que lo percibía aquella misma semana, pero en aquella ocasión era más intenso. Raúl giró la cabeza a derecha e izquierda. Una muchedumbre se apretuja en la acera a un lado y otro del Paseo de la Castellana; saliendo unos del metro —un agujero que vomitaba auténticas hordas de adormilados trabajadores—, bajando otros a las profundidades para acudir a cualquiera de los lugares que aquella telaraña subterránea unía entre sí.

Le parecían hormigas que seguían su camino de manera automática, simples insectos sin raciocinio que no se planteaban lo miserable de sus vidas; arrastrándose un día tras otro para conseguir comida, cobijo y un poco del tipo de felicidad artificial que cada uno de ellos eligiera, y luego llamarían pasatiempo. Odiaba Madrid y cuanto representaba con todas sus fuerzas. En un primer momento le atrajo con todas sus posibilidades, luces, espectáculos y trabajos. Pero esa primera sensación duró poco. Sabía que la ciudad palpitaba con vida propia. Incluso había llegado a comentarlo con un par de amigos por chat: “Es una animal grande que necesita gente para funcionar pero les deja sin alma ni corazón”.

“Odio Madrid”, ese era su nick en tuenti, el messenger y el chat de google. En los últimos tiempos había llegado a convencer a varios conocidos —no estaba seguro del número pero no serían menos de una docena—para que no dejaran sus trabajos y acudieran a la capital en busca de mejores oportunidades.

¿Y por qué no se había ido si tanto odiaba aquel tipo de vida? Esa era la pregunta que se hacía cada mañana cuando el despertador le arrancaba del plácido sueño y le devolvía a su realidad gris. Llegó hacía casi dos años, recién acabada la carrera de ingeniería química, dispuesto a comerse el mundo y triunfar en unos meses.
Y vaya si lo había conseguido, y con creces, al menos según los parámetros que el mismo se había marcado. Era como si cada vez que ya hubiera decidido abandonarlo todo y marcharse, una nueva oportunidad le apareciera entre las manos: trabajos bien remunerados, sexo abundante con mujeres hermosas de esas que siempre le habían parecido inaccesibles, fiestas alocadas en los locales más afamados, puestos de dirección, un piso de protección oficial, coche de empresa, pareja estable…

De nuevo una vaharada de aquel olor inundó sus fosas nasales. Era un aroma extraño. Estaba fuera de lugar. Le traía recuerdos de cuanto anhelaba.
De todo aquello que Madrid no era. Una mezcla entre aire de montaña, el papel de un libro viejo, pasteles horneados en la tahona de su pueblo, y pólvora de fuegos artificiales recién quemada. Aquel olor era la quintaesencia de la felicidad. Se dejó guiar por aquel olor, siguiendo su rastro por varias callejuelas laterales.

No tuvo que andar mucho antes de encontrar su origen, una tienda de ultramarinos con aspecto anticuado y un escaparate en el que se agolpaban toda clase de especias y cachivaches, desde arpones hasta semillas de mostaza. Raúl entró en la tienda. Dos minutos más tarde una mano volteaba un cartel deslucido en la puerta de la entrada del lado que decía cerrado. Treinta minutos después el escaparate tenía los cristales pintados de blanco, como cualquier comercio en reformas.


A las dos horas en el lugar sólo había un muro de ladrillos. De Raúl no quedó ni rastro. Y Madrid continuó palpitando, con vida propia, atrayendo con sus oportunidades a una legión de humanos como el néctar a las abejas; librándose de los inadaptados, el más peligroso de los virus, una enfermedad letal contra la que tenía sus propias defensas.


miércoles, 15 de julio de 2009

A falta de mar el azul en Madrid lo pone el cielo

Hoy contesta Miguel a las diez preguntas sobre Madrid. El, junto a su mujer Ana son los autores del blog de Ana Pedraza Crisóstomo y Miguel Angel Chico Jiménez, un lugar al que puedes acudir si quieres pasar un muy buen rato. Todos los días, y a pesar de su reciente paternidad, (un beso para Claudia) Miguel cuelga su correspondiente entrada, con la que podrás disfrutar de todo tipo de experiencias personales contadas de forma que parece que le han pasado a uno mismo.


1. ¿Qué te seduce y qué te hastía de Madrid?
Me seduce la oferta cultural.
Me hastía el intenso tráfico.


2. ¿Qué le falta y qué le sobra a Madrid?
Le falta mar.
Le sobra contaminación.


3. ¿Qué edificio, monumento, escultura es el que más te gusta de Madrid? ¿Hay alguno al que le tengas especial antipatía?
No hay ninguno que me guste de forma especial, pero la zona de Madrid que más me gusta es el Paseo de Recoletos.
Precisamente en este Paseo está el edificio al que más antipatía tengo: el Ministerio de Sanidad y Consumo, antiguo edificio del Sindicato Vertical Franquista.

4. ¿Qué medio de transporte utilizas para moverte por Madrid?
De todo: Cercanías, Metro, Autobús, incluso coche y taxi en algunas ocasiones.

5. ¿Cómo definirías el cielo de Madrid?
Uno de los mejores reclamos para el turismo, el azul es muy intenso.

6. ¿Cuál es la canción que para ti describe mejor esta ciudad?
No se me ocurre ninguna.

7. ¿Madrid, Atleti o ninguno de los dos?
Atleti, y después Rayo Vallecano.

8. ¿Gallardón, Aguirre o ninguno de los dos?
Los dos.

9. ¿Cuál es tu zona favorita para ir de cañas o vinos?. ¿Cuál es tu restaurante favorito?
Para ir de cañas la zona del Rastro.
En cuanto al restaurante me quedo con Madrid, Madrid, pero es caro de cojo... (porque he ido invitado, que si no hay que pedir un préstamo).

10. ¿Cuál es tu barrio favorito de Madrid?
Lavapiés, pero estoy indignado por el estado en el que está.

lunes, 13 de julio de 2009

Enterrada viva

Nos encontramos en el Madrid de 1478, y la protagonista de esta leyenda es Doña María de Cárdenas, que vivía junto a su marido en un palacete situado junto al Monasterio de Santo Domingo el Real, en la actual cuesta de Santo Domingo, y derribado en 1869.

Es Doña María una mujer caracterizada por su deficiente salud, que le provoca padecer ocasionalmente unos ataques que la dejan en un estado similar al de la muerte. A pesar de ello nada debe temer ya que siempre junto a ella se encuentra su marido, quien siguiendo los consejos de un afamado físico de la Corte, le aplica cuando es menester los remedios necesarios para traerla de vuelta a este mundo.

La fatalidad hace que su marido tenga que ausentarse de Madrid durante un prolongado espacio de tiempo. Temeroso de que en su ausencia su mujer vuelva a tener uno de sus desdichados ataques, el marido deja dicho a sus criados que si su señora sufre alguno, ellos deben actuar como él les ha enseñado, sin alarmarse por su estado ya que en poco tiempo María volverá en sí.

Como no podía ser de otra forma, tras partir el marido, María sufre uno de sus ataques. La mala fortuna hace que María caiga en un estado de inconsciencia mayor del habitual: pálida como la luna, María no tiene pulso, sus latidos no se escuchan y tampoco se percibe su aliento. No hay duda, en esta ocasión María no ha conseguido superarlo y ha decidido pasar a mejor vida, por lo que los criados tras hacerle llegar la triste noticia a su marido, deciden darle sepultura en un panteón familiar del monasterio.

Tres meses después regresa el marido a la capital y afligido por la pena decide visitar la tumba de la mujer con la que había pasado sus mejores años. Al llegar al panteón, el marido descubre con gran estupor que el ataúd en el que descansa su amada está entreabierto. Al acercarse comprueba como una mano inerte sobresale ligeramente. Presa del pánico abre el ataúd y acongojado descubre los múltiples rasguños que "adornan" el interior de la tapa.

La catalepsia fue durante siglos una enfermedad maldita que provocó que en numerosos casos personas que la padecían fueran enterradas en vida. El miedo que provocaba hizo que en algunos países se colocaran sobre las tumbas unas campanillas acordonadas a la muñeca del fallecido, para que si reviviera pudiera dar aviso. De ahí la expresión "salvados por la campana". Para la historia queda la célebre frase del político británico lord Chesterfield: “Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo”.

domingo, 12 de julio de 2009

viernes, 10 de julio de 2009

La prostituta del barranco de Lavapiés

Madrid 1620: los templos de la ciudad están siendo sistemáticamente saqueados y nadie sabe nada sobre los culpables. Superados por tan adversas circunstancias, las autoridades deciden prohibir durante ocho días la celebración de todo tipo de comedias, así como las actividades sexuales de cualquier tipo. Como vigilar lo que cada haga en su casa es harto complicado, esta última medida implica que los burdeles sean cerrados a cal y canto.

La casualidad hace que un comerciante esté esos días de paso por la capital. Tras cerrar con éxito le negocio que le trajo hasta aquí, el comerciante decide pegarse un homenaje como dios manda, por lo que tras comer y beber hasta hartarse decide finalizar la noche en compañía de una señorita. Cansado de encontrarse la puerta cerrada de todos los burdeles conocidos, decide volverse a su pensión situada en Lavapiés.

A pocos metros de su alojamiento descubre a una mujer ataviada según las normas dictadas en su momento por Alfonso XI de Castilla, que trataban de distinguir a las prostitutas de las mujeres decentes. Entonces la prostitución estaba regulada por las autoridades y las que decidieran dedicarse a tan antiguo arte debían tener más de doce años, ser huérfanas o de padres desconocidos, haber perdido la virginidad antes de iniciarse en estas labores, y no tener enfermedades venéreas.

La prostituta no tenía muchas ganas de cháchara y el comerciante menos aún, por lo que tras un breve cruce de palabras, ambos se encaminan hacia el lugar en el que calmarán sus ansias. Al llegar a la actual calle del Olivar, el comerciante se encuentra con una especie de cueva en la que las medidas higiénicas hace tiempo que dejaron de contemplarse. Allí un mugriento camastro espera soportar los pretendidos embates del comerciante. Este sin perder un segundo. y haciendo de tripas corazón, comienza a desnudarse dispuesto a acabar cuanto antes.

Mientras tanto la prostituta se va quitando su medio manto negro bajo el cual se vislumbran unos bellos ropajes de seda blanca que hacen presagiar una noche de ensueño. El deseo va creciendo bajo el pantalón, por lo que el comerciante deseoso de satisfacer de una vez sus más bajos instintos, decide desvestir él mismo a la prostituta. ¡No puede ser! ¡Esto no me puede pasar a mí! exclama cuando tras arrancarle el camisón se lleva la sorpresa de su vida. No, no le han dado gato por liebre, peor aún, bajo las ropas no hay nada, la prostituta no tiene cuerpo.

A la vez que ríe como una posesa, poco a poco van desapareciendo los brazos, las piernas y la cara de la muchacha. El comerciante, como alma que lleva el diablo, sale medio desnudo a la calle hasta que topa con un alguacil, al que tras unos momentos en los que ni la voz le sale del cuerpo, consigue explicarle lo sucedido. Atónito comprueba como el alguacil no refleja ningún asombro, es más, le cuenta que ha sido víctima del espectro de una prostituta asesinada a manos de un cliente y arrojada a un pozo cercano tiempo atrás.

Desde entonces siempre que en la Villa se decretaba la abstinencia el espectro se paseaba por la calle del Olivar buscando a algún lascivo varón con ganas de calmar sus ansias. Todas las normas que regulaban la prostitución finalizaron pocos años después tras publicar Felipe IV varias pragmáticas en las que se prohibía tan antigua profesión. No hace falta decir que de poco sirvieron ya que lo único que consiguieron fue agravar y dificultar aún más la vida de estas profesionales de la calle.

miércoles, 8 de julio de 2009

Nos faltan carriles bici y nos sobran obras

Hoy responde Cris a las diez preguntas sobre Madrid. Ella es la autora de dos blogs: La calle de las palabras en donde recoge todos aquellos textos anónimos que están diseminados por la calle y que nos transmiten mensajes de todo tipo; así como de El estante de mis miradas en el que comparte con nosotros distintos momentos especiales captados por ella en forma de nubes, amaneceres, animales, y demás. Espero que disfrutéis con su visión de Madrid.

1. ¿Qué te seduce y qué te hastía de Madrid?
Me seduce la grandísima y variada oferta cultural, de ocio, de ambientes que tenemos a nuestra disposición.
Me hastía, a veces, las grandes acumulaciones de gente en calles, espectáculos y bares.

2. ¿Qué le falta y qué le sobra a Madrid?
Le faltan por ejemplo carriles bici en calles y carreteras.
Le sobran OBRAS, quizá no tanto las obras como su organización, muchas veces se abre y se cierra la misma zona mil veces y uno no entiende los porqués.


3. ¿Qué edificio, monumento, escultura es el que más te gusta de Madrid? ¿Hay alguno al que le tengas especial antipatía?
¿Elegir un solo edificio u obra…? Uff… qué difícil… tiene tanto… Me quedaría por ejemplo con El Monasterio del Escorial, sin despreciar al Gran Palacio Real… Al Museo del Prado.
Antipatía le tengo un poco a las nuevas edificaciones que hay en los terrenos de la antigua cárcel de Carabanchel, por la función que tienen, mejor otros recursos para el barrio, y su diseño que me parece horrible, parece un circo y no lo es para nada…o espero que a lo que se dedican (temas de inmigración sobre todo).


4. ¿Qué medio de transporte utilizas para moverte por Madrid?
El metro y el tren de cercanías. No tengo coche, debo ser de los pocos que no lo tienen y que de momento, no lo quiere.

5. ¿Cómo definirías el cielo de Madrid?
Es un cielo de verdad en cuanto de alejas de la capital. Un cielo con sus gamas de colores y formas y olores a naturaleza. Con estrellas, nubes que juegan a las mil y una formas. El cielo de la capital es un cartel publicitario, es un cielo encapotado y sucio en general (menos cuando la lluvia lo limpia por unas horas, por unos días). Es un cielo que lucha por asomar y decir: ehhh, yo también estoy aquí!!

6. ¿Cuál es la canción que para ti describe mejor esta ciudad?
“Hay un Madrid” de Alberto Cortez.

7. ¿Madrid, Atleti o ninguno de los dos?
Ninguno de los dos…me quedo con el Estudiantes por cuando estudiaba cerca del Amorós donde entrenaban… pero pasiones como tal… por ninguno.

8. ¿Gallardón, Aguirre o ninguno de los dos?
No, no no, Aguirre para nada, Gallardón tampoco… Ufff… malita la cosa la veo con estos dos.

9. ¿Cuál es tu zona favorita para ir de cañas o vinos?. ¿Cuál es tu restaurante favorito?
Para ir de cañas o vinos, la zona de la Plaza Mayor, Calle Toledo, Cava Baja, Latina.
En cuanto al restaurante, ummm cualquier mesón o asador….auténtico, y de comida de calidad, con poca gente… Creo que aún lo tengo que conocer. Hoy por hoy me quedo con El Tablao, en la Navata-Galapagar, al lado de la estación del tren.

10. ¿Cuál es tu barrio favorito de Madrid?
Ufff pues depende para qué… más que barrios me quedo con calles… El Paseo del Prado… la calle Fuencarral, la calle Huertas, la Plaza Tirso de Molina… Aunque por barrios… defendería la esencia del que fue mi barrio favorito, Aluche, aunque poco queda de lo que realmente fue.

lunes, 6 de julio de 2009

Casas vacías

La entrada de hoy llega a este blog gracias a Franco di Merda, autor del blog con el mismo nombre, y que hace ya un tiempo tuvo la amabilidad de prestármela para poder publicarla aquí. Autor del blog con el mismo nombre, este limeño amante del heavy, los comics y el sexo, consigue con sus textos provocativos y directos, y con su humor corrosivo, darnos la visión del día a día de todos aquellos que tienen que ganarse los cuartos en esta jungla llamada Madrid. Me parece cien por cien recomendable. Seguro que no os dejará indiferentes.


Estoy en el metro de Madrid. Son las siete menos cuarto de la tarde de un viernes y el andén está lleno a rebosar. Existen tres clases de personas en el metro la noche de un fin de semana: Uno. Los que salen de sus trabajos. A estos los reconoces por la cara de cansancio y hastío que llevan en sus caras. Desearían estar muertos, pero el desempleo los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa formal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por obligación.

Dos. Los que se van de marcha. A estos los reconoces por la cara de alegría prestada que otorga el exceso de alcohol y porros. Desearían estar vivos, pero la falta de estimulantes artificiales los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa informal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por desorientación.

Y tres. Los que se dirigen a sus trabajos, es decir, los primos que curran mientras los demás se divierten. Estos son más difíciles de reconocer porque son más o menos una combinación de los dos anteriores. No sabes si sus rostros expresan fatiga bovina o felicidad supina. Ni tampoco si desearían estar muertos o vivos. Y mucho menos intentes reconocerlos por cómo van vestidos porque una paella combina menos ingredientes y con mejor gusto. En este último grupo me encuentro yo.

Bueno, sólo será un curro de dos días. Eso fue lo que me dijo María, la consultora de la ETT, cuando me llamó al móvil. Por eso me dirijo al centro, para firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo. Mientras espero en el andén escucho a Soziedad Alkohólika en mi MP3. Un ruido ensordecedor se adueña del recinto. El metro acaba de llegar. Subo al vagón que está lleno a rebosar. Hago el camino parado, o debiera decir, suspendido entre las espaldas y las barrigas de los pasajeros que me apretujan.

Cuando el vagón del metro se detiene en mi destino y abre las puertas, me escupe como quien expulsa una flema que se te ha quedado en la garganta. Una vez en el andén, no obstante, todavía no ha terminado la tortura. Porque ni bien mi cuerpo se está recuperando del entumecimiento que le significó viajar como sardina, cuando un gran banco de ballenas salidas de las otras puertas del metro se me aproximan y empujan desesperadas hacia la superficie exterior, como si se ahogaran y les faltara el aire para respirar. Una vez fuera, en la jungla, reviso preocupado los bolsillos de mi pantalón. Y compruebo, aliviado, que están vacíos, como siempre.

Dos minutos más tarde estoy en la ETT.
—Hola, María —saludo nomás entrar.

—¿Otra vez vienes vestido así? —me dice. No sé por qué no me sorprende.
—¿Cómo “así”? —le digo sabiendo de antemano la respuesta.
—Tú sabes a qué me refiero. La cabeza pelada, la barba roñosa, la ropa negra, la piel pálida... Pareces el papá de Nosferatu —me dice.
—Tendré en cuenta el nombre cuando tengamos un hijo.

—¡Ja! Yo no estaría contigo ni así fuera una puta.
—Por eso no estás conmigo.
Hay un breve silencio. En la frente de María aparece un ceño.
—Lo lamento —me dice con voz de ultratumba—. Viniste en balde. El puesto se lo daremos a otro.
—Pero ¿por qué? —pregunto cuando en verdad quiero gritarle: ¡¡Puta vengativa!!
—Porque el puesto de Mozo de Almacén requiere disponibilidad mañana sábado y domingo en la madrugada...
—Yo tengo disponibilidad en la madrugada...
—EN LA MADRUGADA EN VALDEMORO —sentencia la puta vengativa—. Y tú vives en Barrio del Pilar, según tu currículum. Y no tienes coche, que yo sepa. Una sonrisa sarcástica se dibuja en el rostro de María.
—Sí que lo tengo —digo—. No un coche, sino un tío que vive allí. Y como solo son dos días no tendrá ningún reparo en acogerme. ¿Dónde firmo el contrato?
La sonrisa de María desaparece. En su lugar asoma la expresión de Emily Rose.

Después de firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo me dirijo raudo al metro. Tengo que llegar a casa de mi tío antes que apague las luces. Llego a Atocha y tomo el Renfe dirección Valdemoro. La gente que llena el Renfe no es distinta que la del metro: los currantes, los marchosos y yo. Cuando llego a mi destino alrededor de las ocho, me apresuro en salir a la calle. La vieja estación de Valdemoro desemboca en un gran parking y luego en una especie de descampado. No estoy en la parte antigua sino en la nueva por lo que solo hay chalets de dos plantas. A la izquierda veo lo que me interesa. Dos edificios de apartamentos color ladrillo. Me dirijo a uno de ellos.

Antes de llegar al portal veo las ventanas de los pisos superiores. Ya es noche y la mayoría de las luces de los apartamentos están encendidas. Menos siete. Uno de ellos, el de mi tío. Me cago en la leche. Cuando llego al portal aprieto en el intercomunicador el botón del piso de mi tío. Me contesta la voz de una anciana:
—¿Diga?
—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra? —pregunto.

—¿Qué cosa? ¿El perro de quién?

—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra?
—¿Con quién hablo? Oiga... —Bah. Olvídelo. Siga muriendo en donde estaba.

Me había equivocado. Aprieto otro botón. Esta vez me contesta una voz soñolienta:
—¿Quién es?
—Yo ser Boggie El Aceitosou —digo intentando imitar el castellano mal hablado de un yanqui.
—¿Quién?

—Yo ser Boggie El Aceitosou y haber venidou porque el hermanou de su amigou me envía para matarle.

—¿Pero qué...? ¿Quién habla?
—Boggie El Aceitosou, coño. ¿No escucharme? Yo ser sicariou yanqui y haber venidou a meterle una bala en el fokin culo.

—No es gracioso. Me acaba de despertar. Yo trabajo de noche ¿sabe? Ahora mismo bajo y se va a enterar.


Me había equivocado otra vez. Aprieto otro botón. Nadie responde. Aprieto el mismo botón frenéticamente. Nada. Este es el piso de mi tío. No cabe duda. Segundos después abre el portal un tipo enfundado en una bata de color mora. Tiene cara de pocos amigos y un cierto aire a Imanol Arias. Aunque más bajito.
—¿Fuiste tú? —me pregunta el pequeño Imanol.
—¿Se refiere a un chico con gorra con quien me crucé hace tan solo unos segundos y que salió corriendo hacia la estación del tren?

—Sí, ese. ¿Dónde está? —dice Imanolito furioso mientras sale hasta la calle para ver al supuesto chico de la gorra.


Aprovecho la ocasión y entro al portal. Subo corriendo las escaleras y me dirijo a la planta en donde vive mi tío. Cuando llego a la puerta, para asegurarme, toco el timbre un par de veces. No hay respuesta. Saco mi DNI y lo introduzco entre el marco y la puerta. Muevo la tarjeta buscando abrir el cerrojo y después de oír un ¡clic, clack! por fin lo logro. Entro sin hacer ruido. Es un piso como cualquier otro con muebles, cortinas, baño, camas, lavadora y la nevera a medio llenar. Mismo Ikea. Es un piso como muchos otros cuyos dueños no se encuentran en casa porque están pasando el fin de semana en alguna parte.

No es el piso de mi tío. En verdad, yo no tengo ningún tío en Valdemoro. Es solo un piso vacío en el cual dormiré los dos días que dure el curro. Luego lo dejaré tal cual y los dueños, cuando regresen, ni cuenta se darán de que hubo alguien aquí.

Muchos curros piden movilidad geográfica. Soy el candidato idóneo porque no tengo un piso propio lo cual significa que no estoy aferrado a un lugar en concreto. Así que mi movilidad es total. Mientras haya un piso vacío, y en Madrid los hay un huevo, siempre habrá un tío que me cobije.


Los trabajos de hoy en día exigen grandes sacrificios a cambio de un plato de judías. No me quejo. Yo acepto las judías. Pero los sacrificios se los dejo a los Incas.

viernes, 3 de julio de 2009

El fantasma de Atocha

Ya que esta semana ha estado marcada por la inauguración de la estación de Renfe de Sol, hoy vamos a recordar la que quizás sea la estación de tren más mítica de Madrid, la de Atocha. Para ello os dejo un relato de Ciudadana Keing, autora del blog Jungla de asfalto. En él podréis saber algo más de esas hipotéticas visiones que algunos, yo hasta ahora no, han experimentado en dicha estación.

Fantasma, alguien de otra dimensión o ¿producto de mi imaginación? No, no fue producto de mi imaginación.

Dicen los entendidos en la materia, parapsicólogos, que cuanto más cansada se encuentre la mente, más abierta está a este tipo de fenómenos. Ya he tenido algunas experiencias en ese sentido de personas que estaban conmigo, noches sin dormir, agotadas psíquicamente que han visto y/u oído a alguien o algo. Hoy me dedicaré a lo que me ocurrió a mí y, os aseguro, que ni lo he soñado, ni exagero, ni es producto de mi inventiva o subconsciente. Es una historia de lo más normalita pero eso sí, con un tinte paranormal.

Había tenido toda la semana el turno de noche, desde las 23:00 a las 07:00h. de la mañana. Ya era domingo y se notaba el cansancio, el agotamiento, y no precisamente porque durmiese poco durante el día.
Como cada mañana me dirigí al metro y después a la estación de Renfe. Allí tomé el tren hacía la estación de Atocha. Cansada, muy cansada, como ya he mencionado antes, llegué a mi destino, bajé del tren y atravesé el andén hacia las escaleras mecánicas.

Había muy poca gente, era domingo y a las 08:00h la mayoría del personal está en su casa. Pisé los escalones de la escalera mecánica y mientras me dejaba ascender por ella volví la cabeza, suelo hacerlo ya que nunca sabes quién puede venir detrás tuya. Nadie más subía en mi escalera, en el andén había escasamente cinco personas. Me fijé en un hombre de mediana edad, con un jersey de pico de color granate, pelo canoso y grandes entradas. El me miraba, apoyó su antebrazo en la cinta negra de la escalera de al lado mientras ésta le llevaba hacia arriba.

Me volví de nuevo, encendí un cigarro, como era mi costumbre, y en ese momento algo me resultó extraño. Empecé a pensar rápido: “hay solo dos escaleras, la que sube, es decir, la mía, y la que baja, es decir…, donde iba ese hombre”…
Rápidamente me giré de nuevo, ese hombre ya no estaba allí. Me fijé en las escaleras y ciertamente, esas bajaban. Me agaché y recorrí con la mirada el andén… Ni rastro de ese hombre. Solo había dos maneras de salir de allí, por las escaleras o cruzando las vías que había a ambos lados (y eso no iban a permitírselo) además, cualquier escalera te lleva a la misma planta, exceptuando otras que hay a los lados, pero no era este el caso.

La cuestión es que, ese hombre iba ascendiendo por unas escaleras que en realidad, bajaban.
En resumidas cuentas, ¿quién era ese hombre del que aún recuerdo perfectamente sus rasgos, su ropa y su postura? ¿dónde se esfumó?, y para terminar ¿qué era en realidad? ¿un espíritu? ¿alguien que se encuentra en otra dimensión? Días después, me estuve informando y, al parecer, en Atocha ni soy la única a la que le ha ocurrido algo de esto, ni son pocas las historias que se cuentan sobre este tema.

miércoles, 1 de julio de 2009

Maltratada por los tópicos, Madrid nunca se queja

Hoy responde Mercedes a las diez preguntas sobre Madrid. Ella es la autora del blog Arte en Madrid en el que nos muestra, con todo lujo de detalles, todas las obras de arte que podemos encontrarnos en la capital. Como ella misma dice, y con toda la razón del mundo, basta con mirar a nuestro alrededor para poder descubrirlas. ¿A qué esperas para levantar la cabeza?


1. ¿Qué te seduce y qué te hastía de Madrid?
Me seducen las calles y plazuelas del Madrid más antiguo. La vida de los barrios. La animación nocturna, sorprendente, aunque sea lunes. Los cafés y las tabernas. La Cibeles. Las Cuatro Torres. El Retiro, el Botánico, y los innumerables parques que hay por toda la ciudad. Los infinitos museos. Las iglesias del barroco castizo. Las tapas y la cerveza bien tirada. Los edificios de la calle de Alcalá desde Cibeles a Sol... Me seduce Madrid porque es única.
Madrid es una ciudad con personalidad, diferente, sin embargo me hastía observar cómo es a menudo víctima de absurdas comparaciones. Maltratada por los tópicos, nunca se queja; a Madrid, en general, todo y todos le parecen bien. De ahí su fama de ciudad abierta, que acoge a todo el mundo sin preguntar, pero me parece injusto el trato que a veces obtiene a cambio. Y me cansan mucho algunas personas que se pasan el día hablando mal de Madrid porque esa mañana han encontrado “un atasco”, pero en realidad no la conocen.


2. ¿Qué le falta y qué le sobra a Madrid?

Le falta tranquilidad y un poco de cariño por lo nuestro, empezando por nuestros gobernantes y continuando por todos nosotros.
Le sobran coches y ruido. Hay otros problemas importantes, pero no son exclusivos de Madrid.

3. ¿Qué edificio, monumento, escultura es el que más te gusta de Madrid? ¿Hay alguno al que le tengas especial antipatía?
Entre los que me gustan, si tengo que elegir, me quedo con la Plaza de la Villa. Una buena parte de la historia de Madrid está representada en sus edificios.
No me gustan nada un cierto tipo de edificios construidos en los años 70 tras el derribo de otros con mucho más valor artístico o histórico, como por ejemplo el de Cajamadrid en la plaza de las Descalzas. Una pena.


4. ¿Qué medio de transporte utilizas para moverte por Madrid?

El autobús sobre todo, a veces el metro, y muy a menudo el “tren de San Fernando”, la mitad a pie y la otra mitad andando.

5. ¿Cómo definirías el cielo de Madrid?
El cielo de Madrid tiene un color azul puro, precioso y limpio, a pesar de que nos empeñemos en mancharlo de humo gris y a pesar de que algunos días esté oculto por nubarrones. Incluso al anochecer, a veces sigue mostrando un bello color azul oscuro que me encanta. Debe ser por el aire de la sierra, que ya en el siglo XVII decían que podía matar una persona pero no apagaba la luz de un candil.

6. ¿Cuál es la canción que para ti describe mejor esta ciudad?

La mejor sin duda es Pongamos que hablo de Madrid, de Sabina. Pero hay una canción de Aute, Pasaba por aquí, tan cotidiana, con ese protagonista “harto de Madrid”, que siempre me la imagino como fondo de alguna historia matritense.

7. ¿Madrid, Atleti o ninguno de los dos?
Real Madrid, por supuesto.

8. ¿Gallardón, Aguirre o ninguno de los dos?
Ninguno de los dos.

9. ¿Cuál es tu zona favorita para ir de cañas o vinos?. ¿Cuál es tu restaurante favorito?
El antiguo Madrid, las viejas tabernas me encantan. Casa Revuelta, no me imagino vivir sin ella. Y el bar de mi barrio.
Por decir un restaurante con historia, Casa Alberto, en la calle Huertas, sus callos son los mejores.


10. ¿Cuál es tu barrio favorito de Madrid?
Para vivir, en el que vivo, la Fuente del Berro. Para recordar, en el que viví, y a menudo vuelvo, el de Maravillas (o Malasaña). Y para pasear y disfrutar, cualquiera.

lunes, 29 de junio de 2009

Por la visibilidad de la regla

La semana pasada andando por la zona de Malasaña, descubrí que entre la infinidad de graffitis, firmas, y demás, se encontraban desperdigadas por la calle de la Palma unas cuantas frases, escritas en rojo, que me llamaron la atención: "Me mancho y no doy asco", "Visibilizar la regla" o "No estoy mala".

Leyéndolas ya me podía imaginar de qué iba el asunto, pero desconocía el porqué estaban allí. Nada más llegar a casa busqué por Internet y descubrí que hay todo un movimiento femenino pro-menstruación, que desconocía por completo, que incluso ha publicado un manifiesto por la visibilidad de la regla.

La imagen que acompaña a ese manifiesto, y que he descargado de la red, creo que no deja lugar a dudas. Os dejo dicho manifiesto para que le echéis un vistazo, y después ya me contaréis.

MANIFIESTO POR LA VISIBILIDAD DE LA REGLA
A los que nos habéis adoctrinado en el pensamiento de usar y tirar. A todos aquellos que esperabais que rechazáramos indefinidamente nuestro propio cuerpo.

Este es el zumo de mis entrañas del que no huyo, una mancha sin límites, un rezumar que no podéis parar. Mi cuerpo se desparrama, mi pensamiento también.

Con estas bragas manchadas de sangre como bandera contra la doctrina del Poder, contra las estructuras establecidas, os hago saber que:
- En mi cuerpo decido yo y así, cada mes, me deshago del endometrio reafirmándome en mi decisión de controlar la capacidad de reproducción de mi cuerpo. En mi carne mando yo.
- Lo conseguisteis en algún momento pero, ya no me avergüenza mancharme e, incluso, decido voluntariamente hacerlo exhibiéndolo de forma pública.
- Me mancho y no me da asco. Me mancho y no me doy asco. No rechazo mi cuerpo, esta es mi naturaleza.
- Tampoco estoy enferma cuando tengo la regla, no estoy mala. Exactamente lo contrario, me reciclo con cada periodo.
- No es una maldición ni un castigo divino. Es actividad hormonal.
- Estamos hartas de los prejuicios menstruales, de la invisibilidad.
- Visibilizar la regla para visibilizar el cuerpo como espacio político.

Ya nos hemos cansado de pedir compresas entre susurros y miradas cómplices. Con este manifiesto pongo fin a la tiranía en la que me habéis educado. No hay más permisividad por mi parte, Mi regla es mía.

Mar Cejas
Valencia, marzo 2009