lunes, 30 de marzo de 2009

A vueltas con el transporte público

Siguiendo con las quejas que suelen suscitar los transportes públicos, hoy traigo hasta aquí dos cartas publicadas en el periódico gratuito 20 minutos. En ellas aparecen reflejadas quejas sobre la propuesta del Metro de Madrid para hacer dieta siguiendo sus consejos, así como el trato que algún taquillero, en este caso de la Renfe, dispensa a algunos de los usuarios del tren.

Gimnasia en el Metro
Enrique Gutiérrez Trapero (13-marzo-2009)
Agradecería que no nos tomasen el pelo con la nueva publicidad de metro de Madrid donde nos invitan a hacer uso de las escaleras para hacer ejercicio. Por suerte o por desgracia, obligados nos vemos muy a menudo. Nos falta por oír que la próxima subida de transporte público sea por el servicio de gimnasio que tenemos en las estaciones de metro. Por favor no gasten el dinero en estas cosas, que estamos en crisis.

La burla del taquillero
Alberto del Valle
(19-marzo-2009)
Al viajar en Cercanías de Villaverde Bajo a Getafe el pasado sábado no había nadie en la taquilla de Renfe. Adquirimos los billetes de adulto en la máquina automática. Esperamos a que llegase el taquillero para que nos vendiese el billete de nuestra hija de 4 años. Al llegar, el taquillero nos dijo que la niña no tenía billete de niño, por lo que adquirimos uno de adulto.

En el viaje de vuelta, el taquillero de Getafe nos informó de que los niños no pagaban hasta los 6 años. De vuelta a Villaverde Bajo, tras esperar pacientemente a que apareciera, le pedimos explicaciones al mismo taquillero de lamañana. Nos dijo que le teníamos que llevar el certificado de nacimiento de la niña, y que él estaba para vender y no para informar. Nos negó el derecho a reclamar y nos envió
a atención al cliente de Atocha. Mi opinión es que no estaba en condiciones de trabajar. Me gustaría que los sindicatos de Renfe tomasen nota de estos comportamientos.

domingo, 29 de marzo de 2009

viernes, 27 de marzo de 2009

Esto no es Bélmez

En noviembre de 1971 fue noticia en todos los periódicos del país el caso de las Caras de Bélmez. Una mujer de este pueblo de Jaén, María Gómez Cámara, aseguraba que en el suelo de su cocina aparecían manchas con forma de rostro humano. Posteriormente esas manchas fueron poblando toda la casa, y hoy día casi cuarenta años después continúan los debates entre los partidarios de que allí se producían fenómenos paranormales, y los que afirman que todo ha sido un gran fraude.

Si vas caminando por la Plaza de San Ildefonso es inevitable que te encuentres con un edificio que se encuentre en proceso de rehabilitación. Si te paras frente a él e intentas observar a través de sus ventanas semitapiadas podrás descubrir que en la pared del fondo aparece una cara humana. En este caso no hay ni poltergeist, ni engaños de ningún tipo ya que la presencia de ese rostro tiene su explicación. Se trata de un retrato de unos 10 metros, realizado a carboncillo por el artista cubano Jorge Rodríguez Gerada, en el que aparece un chaval con el pelo largo, vecino del barrio.

Sorprendentemente el proyecto ha contado con el apoyo de la inmobiliaria encargada de la obra. Con este proyecto llamado Identidad, el artista pretende reflejar de forma temporal a la gente del barrio. Lógicamente el dibujo desaparecerá cuando finalmente se construyan los pisos proyectados, y es que como el autor afirma él intenta mostrar "obras efímeras que visitan un lugar para luego marchar, pero quedándose en la memoria de las personas".

Si tenéis tiempo ya sabéis, merece la pena.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Del subsuelo al cielo

El autor de la historia que aparece en esta entrada es Manuespada: periodista, guionista de TV y autor del blog La espada oxidada. Según él mismo nos cuenta en su perfil, algunas de sus pasiones son el cine, la fotografía y la literatura. Dentro de este último campo ha ganado varios premios de cuentos, y gracias a uno de ellos ha publicado el libro de relatos "El desguace". A disfrutar con su relato:

Si tuviera que reencarnarme en una ciudad, ésta, sin duda, sería Madrid. Dicen que cada uno encuentra su lugar en el mundo, y yo me encontré aquí hace once años. El “no” madrileño más famoso que ha pasado por Madrid seguramente sea Paco Martínez Soria, a cuyo personaje de la gallina siempre se hace referencia cuando la gente “de provincias” nos acercamos por primera vez a la capital.

Respecto a esta “primera vez”, las anécdotas más jugosas suelen ocurrir en el metro, ya que en nuestras ciudades no existe este medio de transporte y, por tanto, ni sabemos muy bien cómo se accede a él, ni conocemos las paradas más allá (una vez más) de la canción de Sabina (Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal).

Pocas cosas hay tan madrileñas como este Metro que inauguró en 1919 Alfonso XIII y que a día de hoy, en el Madrid de Gallardón, se expande más de 310 kilómetros. Su olor inconfundible (más o menos desagradable), incluso el tufillo que sale por las rejillas que dan a la superficie me sitúan de inmediato en Madrid tras una temporada fuera, una bienvenida sensorial que me sitúa de nuevo en casa, en la ciudad que me hace feliz.

Las bocas de las casi 300 estaciones que tiene son punto de encuentro (a las diez en Tribunal) cada día para miles de personas, y sus galerías subterráneas, con tan variopinta fauna (músicos serios, perros flauta, pedigüeños, artistas, vigilantes, lectores de vagón, bandas, tribus urbanas, etc.) albergan una vida con tiendas de ropa, kioskos, estancos y todo tipo de boutiques, de tal manera que podrías vivir casi sin salir del subsuelo, como un topo, o como el Lute cuando era el Lute e hizo del subsuelo de la capital su escondite.

La primera parada de metro en la que entré fue Usera, y allí me quedé tres años. En más de una ocasión di la vuelta completa a la línea 6 (la circular) con un libro en las manos o dormido a las cinco de la mañana, en ese momento odioso en el que los pajaritos comienzan a piar cuando sales del fondo de la tierra y la claridad del día te ciega como a un vampiro. Luego vino Quevedo y más tarde Menéndez Pelayo, mi parada habitual.

El Metro de Madrid no vuela, como dice la publicidad institucional, sino que más bien se para en los túneles durante minutos, lo que incluso ha provocado motines. Ahora veo esa otra publicidad de los otros Madrid que hay por el mundo y hacen réplicas de nuestro Metro. Esos anuncios dicen que “hay otras diez ciudades llamadas Madrid en el mundo, ¿casualidad o admiración?”, pero tampoco es cierto.

Me he podido enterar de que al menos hay 35 Madrid en el Planeta, algunas con playa, como el Madrid de la isla Filipina de Mindanao. Al menos aquí tenemos una parada de Metro llamada Islas Filipinas. Hay otra Madrid en Filipinas, once nada menos en los EEUU, nueve en Sudáfrica, cinco en Colombia, y una en Canadá, Chile, República Dominicana, Guinea Ecuatorial, México, Puerto Rico, en incluso, Suecia. Esta tarde aparcaré el coche, cogeré un libro, me montaré el metro, e iré rumbo a ninguna/todas las partes mientras Paco Martínez Soria me sonríe desde el cielo, porque ya se sabe, que “De Madrid, al cielo”, aunque sea desde “el subsuelo”.


lunes, 23 de marzo de 2009

Los fotógrafos minuteros

En las primeras décadas del siglo pasado era común encontrarse en parques, plazas o en las ferias de la ciudad, a un personaje cargado con su pesada cámara, dispuesto a retratar a todo aquel que se moviese. Era el fotógrafo minutero, llamado así por la rapidez con la que te entregaba la foto que te acababa de hacer.

Cargado con su cámara de madera, su particular laboratorio portátil, y sus variados telones para ambientar la fotografía, estos personajes recorrían la geografía española, de cabo a rabo, visitando hasta el pueblo más perdido de la mano de Dios con el objetivo de que todo aquel que lo deseara pudiera tener su propia fotografía .

En muy poco tiempo, y por un precio asequible, lograban que algo que estaba quedado limitado a la gente más acomodada que podía permitirse acudira a los fotógrafos de estudio, pudiera estar al alcance de todos. Junto a su pesado equipo fotográfico llevaban un laboratorio andante, y así conseguían que en muy pocos minutos el cliente se fuera a casa con su foto en la cartera.

A partir de la mitad del siglo XX, el auge de estos fotógrafos se vio frenado ya que empezó a extenderse la última novedad en fotografías: el color había llegado. La mayor tecnología necesaria para las fotos en color no era compatible con las cámaras minuteras por lo que los ingresos fueron disminuyendo poco a poco ya que la gente prefería estar a la última y disfrutar de fotos en las que pudieran apreciarse todos los colores.

Todo esto fue en aumento, y ya a partir de mediados de los años setenta la demanda de fotografías en blanco y negro pasó a ser testimonial quedando el trabajo de los minuteros prácticamente en el olvido.

Por suerte aún quedan algunos nostálgicos, que en lugares turísticos como la Plaza de Oriente, nos ofrecen retroceder cien años y recuperar ese tipo de fotografía. Son inconfundibles: caja de madera cubierta por su correspondiente paño negro, unas cubetas de plástico para conseguir el revelado casi al instante, una silla de tijera, un baúl lleno de sombreros, viseras, boinas, bufandas, y todo aquello que te haga volver a principios del siglo XX.

Hace unos meses tuve la suerte de encontrarme con un minutero (la mujer de la foto) y por un precio bastante interesante pude hacerme una foto similar a las que mis abuelos y bisabuelos tenían en sus carteras. Hablando con esta mujer, nos comentó que el cajón de la cámara lo había construido ella, pero que la lente era de principios de siglo.

Todo es bastante rápido: te sientan en una silla de tijera, te buscan en una vieja maleta los complementos que mejor te vengan (en mi caso visera y bufanda, y para mi mujer sombrero y colgante), te colocan en la postura idónea para que todo salga con éxito y ¡zas!, hecha la foto. Después tras unos diez minutos de espera en los que la fotógrafa iba pasando la foto de cubeta en cubeta, ahí teníamos la fotografía. Hoy esa foto adorna una de las estanterías del salón, y quien sabe, quizás en algunas de las fotos del domingo pueda aparecer algún día.

viernes, 20 de marzo de 2009

Ladrillos en el Albéniz

El 21 de diciembre, mañana se cumplirán tres meses, se bajó por último vez el telón en el Albéniz, teatro situado en el 11 de la calle de la Paz. "La vida es sueño" de Calderón de la Barca tuvo el dudoso honor de ser la última obra que se ha representado allí. No corren buenos tiempos para los amigos de la especulación pero a pesar de ello, las risas, las lágrimas los aplausos y los "bravos" han terminado rindiéndose al poder de los billetes.

Inaugurado en el año 1945, por sus butacas han pasado cientos de miles de personas dispuestas a disfrutar de la magia de este lugar. Los primeros sintomas de flaqueza aparecieron en los ochenta, pero el capote que le echó la Comunidad de Madrid logró que su actividad continuara. Así en 1984 el teatro fue alquilado por la Comunidad que después de remodelarlo, instauró allí un programa artístico estable.

Recientemente se dio por finalizado el periodo de alquiler ya que la Comunidad decidió trasladar sus eventos teatrales a los nuevos Teatros del Canal que dirige Albert Boadella. Aunque varios artistas y colectivos culturales han luchado contra el cierre, hasta ahora todas sus iniciativas han fracasado; en 2003 una sentencia del Tribunal Superior de Justicia acordó que los propietarios no tenían ninguna obligación de mantener el uso cultural en este lugar.

Sus actuales propietarios pretenden demoler el edificio y construir viviendas de lujo, un hotel y un parking. Quizás para acallar bocas, han asegurado que entre sus objetivos también está el construir un nuevo teatro, que compense en parte esta dura pérdida. Mientras que los trabajadores del Albeniz han sido recolocados en los Teatros del Canal, la plataforma de ayuda al Albéniz continúa peleando para que los tribunales otorguen la califiación al inmueble de Bien de Interés Cultural, y evitar así su demolición.

En principio la cosa no pinta bien ya que si pasas ahora por allí verás que cualquier cosa que recuerde al teatro ha desaparecido; la fachada está tapiada con ladrillos, y sólo queda una pequeña puerta a través de la cual aún se puede vislumbrar el cartel de la última programación.

Los tradicionales cines de la Gran Vía van cayendo uno a uno, y los teatros siguen por el mismo camino. Si nada lo remedia el avance y el progreso irán comiéndose a todos estos locales que durante muchos años nos han servido como lugar de entretenimiento, antes de que conociéramos las nuevas modas de los multicines, los vídeos e Internet.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Paseando entre molinos y almendros

Ajeno a todo lo que sucede en la interminable calle Alcalá, junto al metro de Suanzes, se encuentra la Quinta de los Molinos; un parque lleno de vida que sirve de pulmón, y como lugar de encuentro para los vecinos del Barrio del Salvador, en el distrito de San Blas.

Su aspecto actual se debe en gran medida al arquitecto César Cort, que adquirió el terreno en 1920 para vivir allí. Posteriormente compró unas fincas aledañas y poco a poco le fue dando forma llenándolo de todo tipo de árboles: almendros, pinos, olivos, eucaliptus...

En 1980, poco después de su muerte, sus herederos acordaron con el Ayuntamiento la cesión para uso público de tres cuartas partes del terreno de la Quinta (21,5 Ha) reservándose la parte restante para la edificación de viviendas.

Llama la atención la gran cantidad de agua, que brota por doquier; podrás encontrar disitintas fuentes, arroyos e incluso un pequeño estanque. De hehco el nombre del parque se debe a los dos molinos construidos para aprovechar el agua procedente de los pozos y manatiales diseminados por la Quinta.

En estas fechas destaca sobremanera el colorido que nos brindan los numerosos almendros en flor. Ellos son los responsables de que en estos calurosos días el parque pierda la tranquilidad que normalmente alberga, y se llene de un gran número de visitantes.

Se trata de un público muy diverso: mamás con bebé y carrito; trabajadores con traje y corbata que sentados en un banco aprovechan las horas muertas del turno partido para engullir un bocadillo; deportistas; colegiales que han visto como su recreo de patio de cemento ha cambiado por otro de césped y almendros; estudiantes enamorados que comparten caricias y besos tras "fumarse" las clases; chavales sentados en corro que deciden arreglar el mundo junto a cocacolas de dos litros y bricks de vino; ociosos jubilados que caminan por los senderos rememorando tiempos pasados.

A todos ellos hay que sumarles a los trabajadores del Ayuntamiento que adecentan las zonas más descuidadas; y advenedizos que como yo, que descubren que todavía es posible encontrar en Madrid un lugar que transmita paz y descanso.

lunes, 16 de marzo de 2009

Un Madrid en guerra

La entrada de hoy hay que agradecérsela a Mamen, creadora del blog Mi azul de mar, mujer que se define como perfeccionista, e interesada en aprender todo lo posible de la vida y de la gente. Según sus propias palabras su blog: "simboliza mi esencia y mi interior. El mar es lo que más me satisface observar, lo que más me libera la mente. Quizá este blog tenga el mismo fin. Es éste un blog que protesta y que piensa".

Espero que disfrutéis con la historia, basada en las vivencias de sus familiares durante la cruenta Guerra Civil.

Su propio sollozo la despertó en la noche. A su mente volvían a acudir imágenes de un Madrid en guerra.

Corría el año 1936 cuando tuvo que abandonar la casa en la que vivía con su familia para refugiarse en un sitio seguro.


Siempre contó a sus nietos que ella había salvado la vida dos veces. En una ocasión un obús cayó en la misma pantalla del cine donde habían acudido a ver una película en un intento de continuar con su vida normal. En otra, cayó en la azotea de su casa. Ninguno explotó. Así pues lo mejor era refugiarse en otro lugar. Lo encontraron en los bajos de una bodega abandonada en la Calle Huertas número catorce.


Un barrio que tenía tanta historia, y que había sido habitado por escritores tan ilustres como Lope de Vega o Cervantes, ahora les daba cobijo a ellos. ¿Qué escribirían si levantasen la cabeza y viesen un Madrid tan desolado?

Allí se desplazó con su familia y los enseres que pudo acarrear. Y allí mismo nació su primer hijo en 1937, en plena guerra, contando ella tan sólo veintiún años. Escondida y sin ningún tipo de atención médica.

Su marido por aquel entonces estaba preso acusado de luchar contra las tropas franquistas que querían dominar Madrid. Ni siquiera había visto nacer a su primer hijo.

Su único hermano varón había desaparecido. Un día yendo a trabajar con su tartera le reclutaron para luchar. Nunca más le vieron. Ella siempre pensó que ésta era una guerra maldita. Aproximadamente cuarenta años después su nombre apareció en una lista entre los fallecidos en Barcelona.

Cuando la guerra terminó volvieron a su antigua casa, no estaba habitable. Sólo los muros en ruinas quedaban como únicos testigos de una lucha indiscriminada entre hermanos, amigos o vecinos. Lo que es siempre una guerra civil.


La maldita guerra, como ella la llamaba la estaba quitando todo lo que amaba.

La casa de su madre en la Calle Sallaberry, típico barrio madrileño de Carabanchel, estaba en pie. Toda la familia decidió meterse allí: padres, hijos, nueras, yernos, nietos. Eran más de doce, pero estaban todos juntos. La posguerra fue dura para todos pues a veces sólo tenían un trozo de pan que llevarse a la boca en todo el día.

Ya en 1939, mientras un Madrid herido de muerte intentaba recuperarse, nacía de su vientre su única niña. Madre de la que escribe hoy este relato y a la que dos años después seguiría otro hermano.


Todo este pesar se agolpaba en su cabeza mientras soñaba. Reía, lloraba y gritaba a la vez. Una cabeza ya incapaz de controlarse debido a su avanzada edad daba rienda suelta a todo el sufrimiento acumulado durante años. Muchas veces a media noche, dormida, murmuraba con lágrimas en los ojos: “La ví caer en la calle, delante de mí, ¡yo no quiero que me maten!”.

¿Qué terroríficos recuerdos tiene que tener una persona que ha vivido las dos guerras mundiales y una guerra civil en su propia carne?

Espero no saber nunca si sería tan fuerte como ella.

"Esta historia está dedicada a mi abuela que aún vive, y que me deja entrever toda esta triste etapa que vivió en la ciudad que la vio nacer cuando los recuerdos acuden a su cabeza. Pena que ya no me pueda hablar de una forma racional, pero aún así puedo adivinar las horrendas experiencias a las que se enfrentó. También es una protesta por todas las guerras que acontecen en el mundo en el día a día. Son todas horribles y jamás tendrían que existir".

jueves, 12 de marzo de 2009

Un viaje en Metro

Que el Metro de Madrid es uno de los mejores del mundo creo que es algo que está fuera de toda duda. Conozco las capitales de unos cuantos países europeos y puedo asegurar que en lo que se refiere a este medio de transporte tenemos muy poco que envidiarles. Es cierto que hay aspectos por mejorar, pero creo que las cosas buenas superan a las menos buenas. A continuación reproduzco una carta que apareció publicada en el diario gratuito ADN (edición Madrid) y que recoge algunos de los problemas que nos encontramos cuando viajamos en Metro.

En el metro de Madrid
Angel Ramón Pastor (miércoles 4-marzo-2009)
"¿Qué fuerte tía! La culpa fue del Dani. Sí, al final no fuimos, tía... Me quedé con la Bea y con la Sara, tía... pero qué fuerte es todo, tía...". No hay manera. Levanto la vista del libro y deseo que la elocuente criaturita se apee en la siguiente estación. Pero la pasajera de la rica sintaxis no tiene planes inminentes de evacuación, aunque sí experiencias que compartir a través del inalámbrico. Sopeso alejarme, pero de nada serviría, porque también hay otro elocuente pasajero, encorbatado y maletín en mano, que habla de tablas semanales, comisiones y balances.

Meto de nuevo la nariz en el libro. Releo dos veces el último párrafo. Está cerca el desenlace. Los detalles son cruciales. Estoy visualizando al protagonista... "No me lo creo, tía. Seguro que fue el Dani..." ¡Se acabó! Cierro el libro con amargura. Sin escapatoria. Fijo la vista en túnel y pienso lo vivificante de este transporte: retrasos, precios abusivos, aglomeraciones, hurtos, olores corporales... Añado a la lista los repetidores de móviles. Ya no queda ni un sitio sin cobertura en Madrid. Todos, cada vez más sólos.

martes, 10 de marzo de 2009

Concepción Jerónima

La entrada de hoy llega hasta aquí gracias a la colaboración de Mario, autor de los blogs Pensamientos y Memorias de Africa. En esta entrada nos conduce hasta la calle Concepción Jerónima, situada a pocos pasos de la Plaza Mayor. En esta calle, acompañado noche y día por el ruido de fondo de los autobuses que por allí constantemente circulan, ha pasado gran parte de su tiempo cuando se ha escapado de su isla para dar una vuelta por Madrid.

Si quieres conocerle mejor a este gran poeta canario, te dejo estas palabras que aparecen en su blog, que creo que le definen perfectamente: "Cada uno llevamos en nuestra cabeza palabras. Jugamos de alguna manera con ellas, plasmándolas en papeles, gritándolas al mar o dejando que se las lleve el viento. Plasmarlas en un papel es abrirte demasiado al exterior, a los demás, y no siempre se está preparado para ello. Dentro de la timidez que me produce el que se conozca mi interior tan profundamente, me he atrevido a compartir por fin mis palabras. Palabras entrelazadas de mejor o peor manera… Pero son mis palabras…"

Me esperaba Madrid expectante
entre los arcos más céntricos de la ciudad
y rodeado de paradas de autobús.
¡Ay Madrid! que me llamaste
a buscar entre las sábanas,
después de diecisiete horas de amor,
el compartir tu nombre en conversaciones
y portadas del resto de mis días.
Ciudad sin dueño,
nacida en mí en Concepción Jerónima.
No recuerdo si acaso aquellos inviernos
se convirtieron en agradables primaveras,
no sé si la música que me envolvía
tal vez llegaba de los puestos que cobijaban.
Allí quedé por temporadas
para robarte finalmente un dedo de la mano,
y que te llorasen nostalgias
en un mar de desconocidos desconsuelos.

viernes, 6 de marzo de 2009

Con la soga al cuello

"Bocadillos gratis para parados". "Comedor social para desempleados". Noticias que hasta hace poco tiempo no aparecían por la Prensa, hoy comienzan a ser habituales. Morosos, ERE, acreedores, suspensión de pagos, refinanciar deudas, quiebra, ... Conceptos y situaciones que en algunos casos conocíamos sólo de oídas se están convirtiendo día a dia en parte de nuestro vocabulario, y parece que por desgracia esto no llega a su fin.

De hecho, esta semana se ha conocido que el paro en el pasado mes de febrero volvió a aumentar de forma escandalosa. Según datos gubernamentales aumentó en unas 150.000 personas respecto a enero, por lo que el total de inscritos en el INEM es ya de 3.481.859. Para rematar, a esto hay que sumarle que el número de afiliados a la Seguridad Social disminuyó en unas 69.000 personas por lo que el número total de afiliados bajó hasta 18.112.611.

En Madrid el paro subió en 18.289 personas por lo que los desempleados son ya 387.545. De seguir la tendencia de 600 desempleados más al día, podríamos plantarnos al final del año con algo más de medio millón de parados. ¡Casi nada!

El Gobierno se escuda en que el dato de febrero es menos malo que el de enero, y que los números no son del todo alarmantes ya que hay que tener en cuenta que se está produciendo una importante incorporación de gente que solicita empleo por primera vez.

Sea así o no, los datos no engañan, y actualmente el paro es hoy un 50% mayor que hace justo un año (casi 1.200.000 parados más) y de hecho estamos ante los peores números que se conocen desde el año 1996.

Hoy viernes el Consejo de Ministros va a aprobar nuevas medidas para intentar revertir todos estos datos o al menos conseguir que no vayan a más. La esperanza es lo último que se pierde, y habrá que confiar en que realmente tomen medidas que surtan efecto porque ya hay bastantes familias que están empezando a pasarlo mal.

Mientras tanto la gente no se queda quieta y cada vez más se lanza a la calle buscando la ayuda de los que aún no han sido alcanzados por esta negra situación. Se multiplican por las calles del centro las personas que piden limosna, y aparecen nuevos mimos, estatuas humanas, músicos, vendedores ambulantes, ... Esto se pone muy negro, y el final del túnel no se vislumbra.